Jorge Marsá
El miércoles comenzó el curso escolar. Y no se esperan sorpresas: los niños seguirán recibiendo una mala educación. No me refiero en particular a la educación en Canarias, que ya sabemos que es de las peores del país, sino a la educación más en general, a la que se fue imponiendo a partir de las revueltas antiautoritarias de los años sesenta y setenta del pasado siglo. Hablo de la educación que siempre se tuvo y se tiene por progresista, de una educación que no puede ser buena porque se basa en premisas que la ciencia ha terminado por demostrar falsas.
La educación que conocemos, la de la LOGSE, la de los pedagogos en lugar de la de los maestros, se sostiene sobre dos ideas fundamentales. La primera es que aprender puede y debe ser divertido, que no es cierto que la letra con sangre entre, que se puede aprender sin esfuerzo si las cosas se enseñan con la manera y el ritmo apropiados. Como aprenden a hablar los niños. Y es cierto que los críos aprenden de forma sorprendente fácil y temprana algo tan complicado como construir frases con sentido de forma correcta. El ejemplo siempre fue perfecto. Lo que no se explicaba es por qué entonces no aprenden de forma igualmente fácil algo mucho más sencillo: poner por escrito el lenguaje que ya dominan.
Es cierto que hay cosas que los niños aprenden con sorprendente facilidad, que no necesitan profesor para aprender a hablar, a caminar o a interpretar las expresiones de una cara. Lo que no terminan de asumir los pedagogos de la santa LOGSE es que si existe la escuela es precisamente porque hay otras cosas que los niños no aprenden sin esfuerzo y sin ayuda, porque esas habilidades no vienen preinstaladas de fábrica.
La mente humana se desarrolló por selección natural durante milenios para adecuarse al estilo de vida que ha caracterizado a la especie durante la mayor parte del tiempo de su existencia: la vida en pequeños grupos de cazadores-recolectores generalmente nómadas. Y para ese estilo de vida, el cerebro del homo sapiens está especialmente adaptado. Sin embargo, no puede estarlo, porque apenas ha tenido tiempo para adaptarse, para dominar la lengua escrita, las matemáticas o las ciencias y, por tanto, aprender estas materias para las que los niños no tienen facilidad innata requiere de un notable esfuerzo.
Todos conocemos la importancia de un buen profesor para el aprendizaje de cualquier materia, es decir, que importa la forma en la que se enseñen las cosas. Pero las ciencias de la mente, el cerebro, los genes y la evolución nos demuestran que la pedagogía progresista estaba completamente equivocada, que está mucho más cerca de la verdad la vieja sentencia de que la letra con sangre entra que el mantra de que aprender es divertido y se puede lograr sin esfuerzo.

El otro pilar básico de la pedagogía progresista lo encontramos en la idea de que la mente infantil es de tal ductilidad que se puede enseñar todo y a todos y que, en consecuencia, no tenemos que quedarnos en la igualdad de oportunidades, sino que podemos aspirar a la igualdad de resultados: enseñanza igual y obligatoria para todos hasta edades avanzadas. El increíble fracaso escolar y las carencias de la formación profesional que sufrimos en España no han servido para terminar con el perverso igualitarismo que tanto daño hace a la enseñanza.
Los científicos nos han enseñado que las mentes no son, ni mucho menos, tan dúctiles y que tampoco son todas iguales, que la dotación genética marca, que las diferencias entre humanos explican que, frente a lo que piensan los pedagogos, resulte inútil obligar a muchos jóvenes a estudiar lo que no quieren o no pueden estudiar (amén de conseguir que no dejen aprender a los que sí quieren hacerlo). En fin, que no parece tan descabellado, más bien al contrario, que los alemanes sigan haciendo lo que a nuestros progresistas les provoca auténtico horror: separar a los alumnos en tres tipos de escuelas a partir de los once años en función de sus resultados académicos (aunque haya pasarelas para facilitar los viajes de vuelta). También allí la educación es obligatoria, pero no es igual para quienes son desiguales.
Podremos seguir años discutiendo sobre la educación, pero lo que ya no tiene sentido es continuar adjetivando como progresista a un modelo que no nos sirve para progresar. Lo progresista hoy, como siempre, es transformar lo que no funciona o funciona mal. Y la educación en España funciona mal, francamente mal. Y la principal responsabilidad por esta situación recae sobre quienes impulsaron y siguen defendiendo este tipo de educación, sobre la izquierda política y sindical.
La educación que “hemos” conocido es la de la LOGSE (PSOE), y luego la de la LOCE (PP) y posteriormente la de la LOE (PSOE), aprobada en 2006. De momento nada más.
El PP nunca se atrevió a reformar de verdad la LOGSE. En el terreno educativo la hegemonía ideológica es de la izquierda desde hace varias décadas.
Y hablando de las carencias de la Formación Profesional, reportaje en El País de hoy: “40.000 alumnos quedan cada año fuera de la FP por falta de plazas”; “España, muy lejos de Europa en titulados medios”.