Sobre el proyecto de ciudad

Adrián E. Cabrera

Escribía recientemente Jorge Marsá un artículo sobre los proyectos de ciudad, lo cual da pié para plantear algunas cuestiones que surgen de su lectura.Es indudable que cuando se habla de proyecto de ciudad, nadie piensa en la fundación de un emplazamiento urbano al estilo de Dubai, aunque se haya realizado ésta y otras experiencias como la de Brasilia, sino de las acciones encaminadas a la mejora de la calidad de la urbe por las diferentes vías conocidas tales que el urbanismo y la arquitectura. Dudo que nunca el colectivo Ciudadanos por Arrecife, al que menciona, pretendiera elaborar ese proyecto, dado que siempre manifestaron la necesidad de que se trabajara en ese objetivo a partir de unas premisas básicas que realmente era de lo que se hablaba, de criterios para construir una ciudad, por lo cual parece fuera de lugar, tacharlos de grandilocuentes por carecer de proyecto.

De los ejemplos manifestados referentes a las intervenciones de París o Madrid, por las cuales heredamos unos espacios urbanos de notable calidad, al menos en el caso de la primera de las ciudades, tras la demolición de lo que “hoy denominamos patrimonio histórico” diría que la forma de expresarlo, tal y como lo hace el autor, resulta precisa puesto que el concepto de patrimonio ha evolucionado, y lo ha hecho con singular velocidad en la segunda mitad del siglo XX. La consideración de elementos susceptibles de integrar un eventual listado de bienes patrimoniales, lo que apenas unas décadas atrás era impensable, es parte de la evolución de ese concepto. Es a finales del siglo XIX, cuando el término adquiere la dimensión de propiedad colectiva, tal y como hoy lo conocemos.

Por hacer mención a la Gran Vía, hay que indicar que también el Paseo de La Castellana de Madrid es parte de un proyecto de ciudad, porque aunque no suponga la apertura o ensanchamiento de vías ni la remodelación de manzanas de inmuebles, el otorgamiento, en el marco de un plan general, de edificabilidad a las parcelas que ocupaban los palacetes que se alineaban en los bordes del paseo, son proyectos para una nueva ciudad, entendiendo que la reurbanización de la misma alcanza a entrar en ése cajón. En contraposición, sobre los buenos resultados que provocó en muchas ciudades europeas la sustitución de la ciudad vieja, la nueva ciudad vertical, en algunos casos, no da resultados tan plenamente satisfactorios que nos permita olvidar la pérdida de los exponentes anteriores.

Son proyecto de ciudad la reconstrucción del desaparecido palacio real de Berlín, la demolición de las casonas del barrio de San Telmo en Buenos Aires, y lo fue la voracidad destructora de la Rumanía de Ceaucescu que sustituye parte de lo preexistente sin el éxito de las intervenciones que hoy podemos contemplar en otras ciudades europeas. Lo hizo la antigua Unión Soviética, y Shanghai hace lo propio siguiendo el ejemplo del Pekín posterior a 2001, que deja en el camino ya no una comunidad rural asentada en las ruinas de la ciudad antigua, sino un lenguaje que dota de personalidad los lugares, perdiendo las señas que distinguen unos paisajes urbanos de otros, homogeneizando las urbes de todo el planeta, amparado todo ello en un proyecto de ciudad que no es más que el mismo estereotipo trasladado por todo el globo. La nueva imagen resultante, aunque no suponga la modificación de calles, es proyecto de una nueva urbe. Una conclusión precipitada iría en la línea de afirmar que en muchas ocasiones el afán renovador justificado en los proyectos de las nuevas ciudades sobre las ciudades anteriores no garantiza el éxito de los resultados y resulta imposible de rectificar.

Arrecife, minucia en este asunto, tiene proyecto de ciudad cuando un plan general, otorga al suelo que ocupan sus casas históricas una edificabilidad de siete plantas, y si ello no supone que, a priori, nada tenga que ser derribado, es una mera cuestión de tiempo que la expectativa de tan suculento negocio dé al traste, como así viene siendo, con los bienes que deberían conformar el patrimonio histórico de la ciudad. A diferencia de actuaciones de similar tono en otras partes del mundo, nada de lo que sustituye aquello deviene en una ciudad que admirar, porque como señala Marsá, faltan buenos proyectos, impensables con los tan malos arquitectos que se significan en el espacio urbano –digo yo– y se echan en falta intervenciones en lugares puntuales de la ciudad. Añadiría que, en este sentido de lo puntual, se demandan también pequeños tratamientos necesarios que acometer a nivel de acera, lo que supondrían un revulsivo en la contemplación de nuestro espacio vital en tanto continuamos a la espera de no se sabe bien qué.

Lo que Marsá denomina como exacerbado conservadurismo de las sociedades actuales, cuando menciona la conservación de lo antiguo, me parece, por un lado, una apreciación optimista, y por otro, una valoración personal derivada de sus preferencias estéticas y el nivel de las mismas, lo cual no resulta nada censurable. Discrepo de su afirmación de la existencia de una masiva demanda de conservación de lo antiguo, y me remito a la realidad insular, como discrepo de si, de existir esa voluntad, vistos los antecedentes, resulte un exceso. Como señalaba anteriormente, el concepto de patrimonio ha variado, y la realidad que impone un proceso de pérdidas da como resultado que las muestras que quedan, en ruinas, todo hay que decirlo, sean aún más relevantes, pues son los testimonios que permanecen de la evolución de una sociedad.

Si nos ceñimos a la realidad de Arrecife, es la administración municipal la principal responsable del despropositado panorama urbano, incluido el patrimonio, y digo esto con la certeza de que no conozco una sola medida instada a ricos o a pobres, empresas o particulares, que obligue a ningún propietario al ejercicio del obligado deber de mantenimiento. Digo más cuando afirmo que algún vecino que ha intentado ejercerlo, previa solicitud de autorización municipal, ha sido reiteradamente desoído durante años, hasta el día de hoy. La coctelera municipal admite, además, un ingrediente relacionado con los instrumentos de protección y cómo se diseñan para lograr el efecto contrario, léase el catalogo arquitectónico municipal, que aunque ni debe ni puede, se transmuta en un instrumento de ordenación y de aprovechamiento urbanístico, y ahí, puestos a contarlo todo, hay una papa caliente que en algún momento tendrá alguien que coger para enfriar, ya sea con un nuevo plan general, ya como instrumento vinculado al actual, como ya se hizo en 2008, aunque de manera perversa, que es tal y como venía desde años atrás y que es como se aprobó.

Sobre si tenemos proyecto de ciudad en Arrecife, en éste 2010, añadiría que no, que lo que hay no son más que pretensiones, avaricia, muy poca imaginación, y menor observación de otras realidades de las que extraer alguna enseñanza.

Publicado el 11 de febrero de 2010 a las 8:00 am en 'Arrecife'.

3 Comentarios

  1. 10:25 | 11 febrero 2010 | Permalink

    Me parece un buen artículo. Y me parece también que algunas de las puntualizaciones que hace al mío son atinadas. Como siempre, es un placer discrepar con usted. Y comprobar que con una buena discrepancia se perfeccionan las ideas.

  2. 21:40 | 12 febrero 2010 | Permalink

    Interesante artículo donde en mi opinión subyace las ya viejas polémicas modernidad-tradición, política-arte; sugiero la lectura de un libro de Marshall Berman “Todo lo sólido se desvanece en el aire. La experiencia de la modernidad”; sobre todo a los insensibles representantes públicos, más que nada por aquello de que dejen de hacer cuentas sobre lo que les puede tocar si se realiza esto o lo otro y piensen más en profundidad sobre la realidad de las acciones que finalmente nos terminan afectando a todos los ciudadanos de una manera directa.

  3. 1:01 | 13 febrero 2010 | Permalink

    ¡Qué bueno tu artículo! Lo he publicado en Facebook, en Lanzarote al Descubierto.