Jorge Marsá
La semana pasada, los socialistas de Arrecife denunciaban que “el PP no tiene proyecto de ciudad” (Canarias7 4-2-10). Pura obviedad. Porque es obvio que “el PP no tiene un proyecto de ciudad” para Arrecife. Igual de obvio es que tampoco lo tiene el PSOE, y bastaría con releer el programa electoral con el que los socialistas se presentaron en Arrecife para comprobarlo, o con ver lo que han hecho respecto al Plan General de la ciudad en dos años y medio de gobierno. No creo que merezca la pena insistir en hasta qué punto la deshonestidad intelectual se ha convertido en un componente habitual de la clase política, es la idea del “proyecto de ciudad” lo que me interesa.
Fue desde el desaparecido colectivo Ciudadanos por Arrecife donde con más fuerza se reivindicó la necesidad de tener un proyecto de ciudad para transformar el pobre y castigado espacio urbano de Arrecife. Se pecaba de grandilocuencia, porque tampoco tenían un proyecto de ciudad. Lo que tenía Ciudadanos por Arrecife era la ilusión de tener un proyecto un ciudad, la vieja ilusión ilustrada de una élite que utiliza sus saberes para proyectar el futuro de la sociedad, o de la ciudad, en beneficio de todos.
Han existido muchos proyectos de ciudad, pero apenas ninguna ciudad que sea el resultado de un proyecto de ciudad. Que yo sepa, solamente dos importantes: Brasilia y Chandigarh. Malas ciudades, pese a ser proyectadas por dos de los arquitectos más afamados del siglo pasado: Niemeyer y Le Corbusier. Las ciudades no se proyectan. Las ciudades son caóticas: el resultado no buscado de una acumulación no programada de intervenciones. Así son las ciudades, las más bellas y las menos, las más habitables y las menos. Y por eso los urbanistas acuden a la teoría del caos y a los fractales, a lo aleatorio, para explicar el desarrollo de una ciudad, porque saben que no hay proyecto de ciudad donde buscar.
Otra cosa es que haya proyectos para intervenir en la ciudad, proyectos para transformar una zona de la ciudad o para crear una nueva. Se ha llegado a transformar de forma radical el centro de una gran ciudad mediante un proyecto: para ejemplo el de Haussmann en París en el siglo XIX, que demolió buena parte de la ciudad antigua y medieval para dejarnos el París que admiramos. Lo mismo ocurrió en Madrid, a menor escala, con la Gran Vía a comienzos del siglo XX. No obstante, proyectos de modernización del centro urbano de esa envergadura resultan hoy impracticables, porque los damnificados tienen ya derecho al voto y por la fuerza que ha cobrado en las sociedades actuales la conservación de lo antiguo. Por fortuna, este exacerbado conservadurismo es reciente, porque de haber sido tradición no solamente no existiría el París que conocemos, tampoco las ciudades más bellas de la vieja Europa, todas construidas destruyendo lo que hoy llamamos patrimonio histórico.
Las grandes intervenciones urbanísticas son en su mayoría proyectos “de barrio”. Se proyecta la expansión de la ciudad. Quizá el ejemplo más citado y celebrado en este país sea el Ensanche de Barcelona de Ildefonso Cerdá que acaba de cumplir siglo y medio. En Arrecife también hubo proyectos de barrio, y dieron lo que dieron aquellos proyectos de ayuntamiento socialista. Que Arrecife sea una ciudad horrible no es el resultado de unos gestores públicos sin proyecto de ciudad, sino de la incapacidad de esos gestores unida a la de los arquitectos que diseñan los edificios, a la de los dueños de esos edificios y al poco aprecio de la sociedad en general por la ciudad.
Lo que falta en Arrecife no es un proyecto de ciudad, sino buenos proyectos para intervenir en lugares puntuales de la ciudad. La ciudad habrá que ir haciéndola a trozos. Y como el alcalde no tiene ni idea, pues tira de lo que ve en los medios, un “icono” para la ciudad, y se lo encarga al propietario. Ahora bien, no parece lógico esperar excelencia arquitectónica de quien propuso aquella horterada de centro comercial de Miami, ni grandes beneficios para los ciudadanos de quien se ve en mejor posición negociadora por su cercanía con el concejal de urbanismo. Sin embargo, tampoco podemos descartar que el proyecto terminara en manos de un arquitecto que planteara una buena solución en el Islote del Francés. Habrá que esperar a ver cuál es el “icono” que proponen y cuál es el beneficio que el Ayuntamiento concede al propietario por su parque urbano.
No entiendo el segundo párrafo, pues si dices que CpA reivindicaba un proyecto de ciudad (no que lo tenía), no sé por qué manifiestas que pecaban de grandilocuencia. Si la memoria no me traiciona, nunca presentaron nada parecido a un proyecto ni hablaron de cómo tenía que ser la ciudad ni las alturas, ni dónde los parques. Sí tengo claro que pelearon por los criterios que deberían regir las intervenciones en la ciudad, y explicitaron, eso sí, qué aspectos había que considerar para intervenir en la ciudad, como es el de la comuniucación de las aguas del litoral…
Ni tenían proyecto de ciudad ni lo pretendían pues eso les habría dejado en cuestión en un proceso en el que se pretendía participación y reflexión. Tengo claro que tal y como planteaban sus ideas, dejaba porco marco a la contestación.
[...] recientemente Jorge Marsá un artículo sobre los proyectos de ciudad, lo cual da pié para plantear algunas cuestiones que surgen de su [...]