Gemma Griera
El próximo sábado 6 de febrero se celebra el Día Mundial de Tolerancia Cero contra la Mutilación Genital Femenina, uno de esos días mundiales que todos soñaríamos en no tener que celebrar porque esta práctica finalmente hubiera desaparecido. Según datos de UNICEF, se calcula que entre 100 y 140 millones de mujeres y niñas sufren sus consecuencias, y que cada año, en África, 3 millones están en riesgo de padecerla; también se han dado casos en países de Oriente Medio (Emiratos Árabes Unidos, Israel e Irak) y en Asia (India, Indonesia y Malasia). Esta práctica tradicional y perjudicial constituye una de las violaciones de los derechos humanos que, bajo el paraguas de la identidad cultural, continúa perdurando y se practica tras un silencio tolerado tanto en África como en los países de acogida de inmigrantes por todo el mundo.
Aunque a cualquier mujer occidental nos produzca terror y rechazo inmediato el imaginarnos esta mutilación, en los países donde se practica las mujeres carecen de la percepción del riesgo para la salud que comporta y el trato de inferioridad con respecto hombre. La MGF forma parte de un ritual de iniciación donde las mujeres se preparan para la pubertad social y se les asegura el acceso a la sociedad secreta de las mujeres, donde además se les educa en los valores de la comunidad y de su sabiduría ancestral.
Solamente con la comprensión de este aspecto sociocultural del ritual y la reforma de los códigos penales, tanto de los países africanos como de los de acogida, será posible la total erradicación de esta práctica nefasta.
Cuando uno ha tenido la oportunidad de trabajar en África e introducirse en su sociedad, entiende el porqué la total eliminación de esta práctica resulta tan complicada y que no se llegará a nada con programas de erradicación hechos desde la imposición absoluta y la invasión de sus culturas. Durante mi estancia, pude asistir a ceremonias de iniciación a la pubertad social de los hombres –aunque como mujer no pude participar– y comprobar su carácter de transmisión de la cultura de mayores a pequeños y cómo los iniciados se introducen en las obligaciones que tienen con su comunidad. Del ritual de las ceremonias femeninas –todos saben cuando se realizan, pero mantienen el silencio para no llamar la atención– se está eliminando su carácter festivo en la comunidad en vez de eliminar el daño físico que sufren las niñas. Con las campañas de sensibilización promovidas por la propia comunidad, muchas mujeres empiezan a ser conscientes del riesgo para la salud y se lamentan de porqué su ritual debe ser silenciado. Todo por los mensajes de repulsa directa que transmite Occidente (no confundamos: trabajar con tolerancia cero a la MGF también es posible desde el respeto).
Simplemente con tener una charla serena con una mujer africana que ha padecido mutilación, uno capta cómo la posibilidad del ritual sin la mutilación es una alternativa real.
Es por ello que las iniciativas promovidas por diferentes comités de países africanos e instituciones para promover la iniciación sin mutilación empiezan a tener resultados positivos y el sábado deberíamos darle voz al silencio de las mujeres.
En nuestro país, esta práctica esta considerada violencia de género y no hay un consenso estable en la Justicia sobre cómo abordar esta problemática, como ilustra el reciente caso de una familia gambiana en Girona, donde un juez permitió el viaje a una niña de una familia con antecedentes de mutilación y ahora otro juez lo impide a su hermana. Debemos desarrollar una buena estrategia de prevención multidisciplinar involucrando a centros de salud, servicios sociales, escuelas, asociaciones de inmigrantes, policía y Justicia.