Mariluz Fajardo
En Gran Canaria, algunas quejas referidas al ámbito cultural, hacen mención a la escasa oferta que justifica la razón de ser de salas y teatros. Quienes nos acercamos a la capital, valoramos la existencia de una más que razonable cartelera de espectáculos y convocatorias que hacen atractivo el paseo, el médico, y la vida cotidiana de la ciudad, cuando la comparamos con la parca actividad en Lanzarote. Significaría que las dos visiones opuestas del panorama cultural, no tienen a nadie satisfecho con las actividades que se realizan en el lugar en que desarrolla su vida.
Para un lanzaroteño, además, la comparación le conduce a la constatación de la inexistencia de manifestaciones, actividades e iniciativas culturales que debieran protagonizar parte de la vida pública de la isla, con lo cual, parece que si un gran canario se acercara a Lanzarote, lo más inmediato que se le pasaría por la cabeza sería que se encuentra ante un pueblo sumido en la brutalidad, en lo referido a la capacidad de sus gestores públicos, así como ante una ciudadanía distraída y conforme con el diario circo de la actividad, también pública, que no política, que eso es cosa diferente a lo que se cocina en casa.
Parte del turismo que se genera diariamente en el mundo busca nuevos estímulos en sus estancias vacacionales, diseñando a su medida los paquetes, buscando tarifas aéreas de bajo coste, al tiempo que selecciona los mejores y más singulares establecimientos alojativos, los itinerarios gastronómicos, y los lugares con encanto, término frecuentemente asociado a valores patrimoniales, monumentales y medio ambientales. La búsqueda de la cartelera de los actos culturales coincidentes con el periodo de estancia, es otra de las actitudes del nuevo turista. El de sol y playa sigue existiendo, por supuesto, y ya sabemos lo que gasta, cómo, y dónde efectúa el pago de sus vacaciones.
La orfandad cultural insular no es algo que sea objeto de discusión, como tampoco la escasa calidad de la oferta que se genera, muchas veces ligada a que los espacios culturales dispersos por la isla no reúnen las condiciones mínimas para determinados espectáculos.
Arrecife no cuenta con infraestructura cultural y el debate más próximo se centra en la construcción de algún hito y en el fenómeno de los arquitectos estrellas para los continentes culturales (palacio de congresos) en el marco de la potencialidad turística del emplazamiento.
Por aquí, tenemos la pueblerina idea de que un palacio de congresos debe ser el hito arquitectónico de la ciudad, y el elemento suficiente del paisaje urbano que atraiga la atención de imaginarios visitantes. No cabe duda de que la creencia, no considera que los primeros depositarios de determinadas infraestructuras son sus los residentes insulares, y que las mismas deberán ofrecer un servicio (cultural) en primera instancia, y la versatilidad del edificio para usos diversos ligados a la vertiente turística (congresos). Al mismo tiempo, la actuación en el resto de la ciudad es condición para generar un todo con el atractivo suficiente. Ni un palacio de congresos, tal y como su propia denominación pone en evidencia, resuelve el problema de la nula oferta cultural, ni el supuesto hito arquitectónico solventa el caos urbanístico de la ciudad. No da respuestas a un turismo de mayor registro, que asiste a conciertos y espectáculos y, solo, no hace hermoso el destino, ni lo cualifica.
Como cultura es término amplio y susceptible de mayor crecimiento, a éste panorama desolador se le suma otras carencias y pérdidas culturales como las del territorio, las relacionadas con el patrimonio arquitectónico y etnográfico, su demolición y la transformación del existente.
Publicitaba recientemente el Ayuntamiento de Arrecife, en un medio de comunicación, que Arrecife te enamorará. A tamaña afirmación optimista, por decir algo amable, le acompañaban dos imágenes. La primera, del Charco de San Ginés vista desde Ginori, y de noche, con lo cual la imagen, bastante correcta, destacaba la lámina de agua, la ribera, la iglesia de San Ginés y poco más, es decir un espacio cultural, la parte menos intervenida y con menor presencia de las barbaridades que se realizan en una zona histórica y protegida, y con la trampa de ocultar las partes abominables. La segunda de las escenas, desde la avenida, abarcaba el Ayuntamiento, la casa de Cáritas, arquitectura igualmente de baja altura y vinculada a la zona histórica de la ciudad, contrapuestas al hito que supone la torre de la iglesia, de nuevo, un referente cultural. Si éstas son imágenes que sabemos que venden, otorgan identidad y es lo que se reclama por parte del nuevo turista, temo que algo falla en el discurso, y tiene que ver con lo que realmente necesita y se demanda de la ciudad, y lo que otros quieren para la misma. Si lo que algunos pretenden, lo vinculan a sus intereses particulares o de sus afines, deberíamos estar muy atentos. Una mera cuestión de supervivencia está en juego, el interés de una comunidad que proyecta su espacio para el futuro, para sí mismos y para sus visitantes, con los valores asociados a su territorio, o el que anhelan algunos especuladores infiltrados en las tareas políticas, que pudiera ser la de poner la guinda a sus negocios urbanísticos, y para ello no reparan en toda suerte de subterfugios, tópicos, mentiras y descalificaciones. No resulta elegante dar nombres ni cargos.
De los turistas espectadores de la realidad de la capital, ni les cuento el sufrimiento de verlos deambular con cara de desconcierto. Seguro que nunca volverán a la ciudad, dado que yo tampoco volvería y, además, la pondría a parir, que es lo mismo que poner a sus gobernantes a caer de un burro.