Adrián E. Cabrera
A mí nadie me dice qué es lo que tengo que proteger
(Empresario local anónimo)
La protección
El efectivo ejercicio de la protección corresponde a los poderes públicos, siendo un mandato de la Ley la obligación de que éstos procedan a la tarea con los distintos medios a su alcance. Ello, con independencia de las demandas de la sociedad sobre el asunto. Los catálogos municipales e insulares, así como la incoación y declaración de bienes de interés cultural deben dar respuesta a tal obligación, resultando indudable que el papel de esos poderes ha sido relevante para materializar la protección de los bienes, como lo es el articular cuantas acciones conduzcan a su mantenimiento.
No cabe duda que también son los poderes públicos quienes han jugado el papel contrario, poniendo todo el empeño en la atención a los intereses particulares, condicionados por cuestiones tan peregrinas como el enriquecimiento ilícito, o la creación de estrechas alianzas con la vecindad para eludir el deber de protección de los bienes que corresponde tutelar, generándose un mercadeo de favores por votos. El otorgamiento de autorizaciones verbales sobre bienes protegidos ha generado en algunos lugares más de una relación de complicidad con los vecinos, en la creencia de que se les ha realizado un favor eludiendo la acción de otras administraciones con competencia, como son los Cabildos, de los que se ha afirmado que “no te dejan mover una piedra”. La mentira sustenta cargos públicos y el pulso se realiza a los bienes. Los resultados quedan a la vista, con la pérdida, a veces irreversible, de los valores que motivan la protección. Los efectos colaterales de estas acciones, no son algo de lo que parece que quieran percatarse, que van desde la efectiva perdida de valores a la desaparición de la memoria colectiva, o la disminución de la calidad y singularidad del patrimonio considerado también en su dimensión turística.
La herencia
Desconozco qué es lo que les vamos a legar a quienes se ha de pasar el testigo de nuestra vida, qué recuerdos les quedarán, ni si sabrán en qué marco se produjeron las anécdotas que forman parte de la pequeña intrahistoria de una comunidad. No sé que paisaje les regalaremos a quienes nos visiten, ni cómo le vamos a enganchar para entender dónde estuvieron, con el fin de que tengan más razones para volver.
Ignoro cómo se va a desenvolver la población con sus señas de identidad cuando se encuentre carente de una historia intermedia, esa que hemos borrado a golpe de piqueta, y que llena el aire de penetrante olor a tea quebrada, ni si las iglesias y los castillos les parecerán patrimonio suficiente como para sentir que se debe sumar quinientos años de cultura occidental a las centurias anteriores, que nos sitúan en el neolítico en el mismo instante en que Europa se despereza en el lujo de la civilización.
¿Les parecerá suficiente para sentirse colmados la visión de los edificios que ahora construimos o se lamentarán porque una enorme brecha se abra en su comprensión del territorio cuando les salten viejas fotos en sepia?
No sé si les cabrá en la cabeza que entre los vestigios arqueológicos y el presente que les toque, hay una multitud de vidas que encontraron sustento en lo que les fue legado, y que contribuyeron a construir el escenario que explica el devenir de un pueblo. Realmente no creo que aquellas fotos colmen sus expectativas, ni que no vayan a echar de menos arrimarse a la misma pared en las que antes lo hicieran su abuelo u otros más viejos cuya memoria se diluye en el tiempo. Transitar bajo el mismo dintel de las viejas casas que un día fueron aspiración en alguna cabeza y de las que habrían deseado que perduraran, sin ser conscientes de que, en algún momento, una decisión política acabaría con la pretensión de eternidad.
Cada generación ocupó un espacio libre, o borró algo para protagonizar su tiempo, y entre pérdidas, reconstrucciones, y supervivencias se definió un paisaje en medida convivencia. Y convivieron. La mirada sobre esa superposición de estilos y tiempos, realizada con la perspectiva de los años transcurridos, establece una mirada protectora sobre todo lo anterior, con lo que procede actuar con criterios diferentes. Los nuevos materiales, la revolución tecnológica, y las actuaciones con criterios alejados de lo tradicional, así como la imposibilidad de actuar del mismo modo que en las centurias anteriores nos dirige a considerar la extraordinaria fragilidad de todo lo heredado, y el fin de un tiempo del que debe quedar todo lo necesario para su comprensión.
Cómo hemos llegado hasta aquí
En el caso de Arrecife, la explicación de tanta pérdida de bienes, de tanta ausencia, se mueve entre la necesidad, o la avaricia, de quien vende el hogar familiar, y de la oportunidad de negocio del aspirante a nuevo propietario, y todo ello lo posibilita un marco singular. Cuando un regidor municipal estima que el suelo más valioso es aquel sobre el que se asienta la historia edificada de un pueblo, es en ese momento en que se enciende la mecha que nos conduce hasta hoy, donde cada casa que cae es una bomba que estalla, y que fue encendida cuando una ordenación del suelo, allá por los años sesenta, decide cómo ha de desarrollarse la ciudad, si en convivencia con lo heredado, o prescindiendo de todo ello.
Fue, la segunda, la opción elegida, de la que posteriormente nadie se ha apeado, pues el tiempo ha logrado construir una nueva ciudad, sólo que lejos de cualquier utopía y que en nada supera a la ciudad anterior más que en la altura. Distante de todos los parámetros deseables, ajena a conceptos antiguos nunca agotados (amabilidad, belleza…), así como deficitaria de hermosura y bienestar, cuya impronta acaso sea parecer periferia toda ella. La nueva ciudad se asentaría entre su marina y la primera arteria de la ciudad, justo encima del emplazamiento preexistente.
La expectativa edificatoria del suelo, hasta ése momento ocupado por las construcciones históricas heredadas, con un nuevo aprovechamiento que multiplica por siete la edificabilidad, no era superada, ni siquiera, por ninguna de las parcelas por donde debiera desarrollarse la capital, lo cual focalizó la atención de los propietarios y de la casta empresarial, tan poderosa como poco instruida y menos ilustrada, y a la que se le había facilitado las condiciones para el comienzo de una destrucción que, a día de hoy, aún no ha llegado a culminarse totalmente.
La necesidad de unos, y la oportunidad de los otros, relegó el tradicional paisaje urbano a la foto borrosa. La ciudad tardó en extenderse, reconcentrada como estaba en los suelos más valiosos, esperando la apretura económica de múltiples herederos, y la oportunidad de una ausencia de protección extendida hasta el día de hoy. ¿Para qué apostar por las grandes parcelas dispersas si su expectativa de altura no era mayor de tres plantas, incluso si en la actualidad la gran artería que conforma la vía medular es absurdamente chata, tan poco rentable económicamente y menos aprovechable en espacio?
Las medidas de protección, retrasadas durante largo tiempo, no han sido eficaces, pues determinadas relaciones tejidas con el mundo empresarial, así como el azuzamiento de los vecinos para oponerse a cualquier medida de protección son la realidad actual. Detrás, la especulación urbanística presente en la toma de decisiones.
Se toleró y auspició el deterioro, dando razones para los derribos. Las casas ocupadas, los riesgos para las personas, o el progreso, son las armas utilizadas, pero antes, el deterioro alcanzó su máxima cota, logrado con la dejación municipal de exigencia del obligado deber de mantenimiento de los inmuebles y negando castigo alguno a los infractores. Eso sí, se fue extraordinariamente diligente para hilvanar los expedientes de derribo aunque alguno no tuviera la mínima justificación, ni llegará a culminarse procedimentalmente ninguno de ellos.
Determinada prensa jugó, y juega, su papel, la clase política gobernante o en la oposición miró a otro lado y se concertó desde el ayuntamiento cómo burlar la protección desde la propia herramienta de protección. Paradójico.
El Catálogo Municipal de Arrecife
El equipo de gobierno entrante en el convulso Ayuntamiento de Arrecife debería ser consciente de qué es lo que se va encontrarse en el asunto de la protección. Unos, porque pudieron participar de la elaboración del catálogo, aunque quepa también el hecho de que las aparentes manipulaciones de éste, iniciado en gobiernos anteriores, sólo haya tenido continuidad por el interés demostrado desde instancias técnicas y jurídicas. Ello significaría que prosperó, forzado por la cobertura otorgada desde estos ámbitos, aunque el catálogo se hubiera convertido en un manual de la chapuza. Otros de los que ahora entran al gobierno municipal, porque votaron a favor de su aprobación estando en la oposición, aunque dudo mucho que supieran lo que tenían entre manos. O sí.
La obligatoriedad de cumplimiento de algunas condiciones (nunca tenidas en cuenta) para poder continuar adelante con un proceso farragoso de aprobación del catálogo, y que en el camino iba recibiendo aportaciones convenientes a intereses diferentes a los de la protección, siempre anónimos, culmina en un documento carente de autoría aunque con responsabilidad, porque acaso de un informe técnico, favorable al documento que había que aprobar, al que debería realizársele más de un matiz, más de una observación, y de algunas llamadas de atención, se tiene que desprender algún género de responsabilidad.
Setenta bienes reales, memoria del Puerto, de los cuales varios de ellos han pasado al archivo fotográfico sin culminación de los expedientes de ruina y con algún informe que ruborizaría a cualquier estudiante de arquitectura. Setenta inmuebles en que las “particulares” condiciones de protección harían efectiva una transformación tal del objeto protegido que podría llegarse a la demolición total de muchos de esos bienes. Una capacidad de transformación de tal calibre que alguno de esos inmuebles con protección integral puede ser intervenido para dotarlo de cuatro plantas sobre las existentes…
La protección en el resto del territorio
El caso de Lanzarote, tratándose de una isla con unas condiciones excepcionales, por haber sido un lugar ejemplar en la forma de intervenir, que no ha sido posible alargar en el tiempo, resulta, por todo ello más dramático en el marco de la protección. Tías culminó la tarea demoledora tiempo atrás y los resultados son apreciables; San Bartolomé no se detiene en su desarrollo, acaso entendido contra su patrimonio; Yaiza ha concentrado su tarea demoledora en Uga; Haría descuida hasta límites insospechados sus bienes, y en su permisividad está su pérdida; se conservan en Tinajo grandes exponentes no exentos de riesgo. Teguise parece mantener unas condiciones relativamente correctas aunque en ocasiones se intente eludir la acción de otras instancias en lo relativo a las medidas de protección y las intervenciones sobre esos bienes. También, con los vecinos, como en otros municipios, en algunos momentos se han establecido relaciones de complicidad para eludir la acción de otras administraciones con competencias.
No está en la tarea demoledora el único riesgo para los inmuebles históricos, pues la mala fortuna de las pocas intervenciones que se realizan, tanto por falta de profesionalidad y conocimientos, como por la de especialización de cuantos intervienen en el proceso, es otro modo de destrucción, auque en su torpeza, algunos lo justifiquen con sonoras palabras y frases hechas.
De la labor de los arquitectos especialistas en la intervención en bienes arquitectónicos, ni una palabra. Por aquí no parece haberlos.
Del colegio de arquitectos, no conozco manifestación alguna que no sea la del tono corporativista en defensa de su autonomía creadora, y de feroces críticas a las instancias que intervienen en los procedimientos relativos a las intervenciones en el patrimonio, ello auspiciado y jaleado por personajes apostados en instancias públicas que medran permanentemente para el logro de determinados propósitos. De su escandaloso silencio, histórico, por otra parte, sobre el resto de los asuntos referidos a la protección de los inmuebles, a los deficientes catálogos, o al estado de los bienes protegidos, habría que señalar que, al callar, un colegio profesional se convierte en un doble aliado de la tarea destructiva, la referida a la desaparición del patrimonio arquitectónico, y la que tiene que ver con la consolidación de los horrores de muchas nuevas arquitecturas. Ante ello, silencio sepulcral.
A modo de conclusión
La valoración final es ingrata, y no hace justicia a quienes andan peleados en revertir los procesos de destrucción de aquello que es más evidente para la reivindicación de su memoria y de su identidad, ni para quienes, aunque sin manifestarse, lamentan cada día su sensación de sentirse restados. Ni para los que se esfuerzan en el mantenimiento de su casa, por la que transitaron tantos antes que ellos, todo lo cual le otorga un valor añadido a sus sentimientos de arraigo. No se hace justicia tampoco con los tímidos intentos de unos pocos, cuyas buenas actuaciones sólo pueden ser entendidas en la clave de los afectos y del respeto a lo que se ha convertido en el patrimonio más frágil.
La obligación de los poderes públicos, con independencia de la existencia de demanda ciudadana, es la de la protección, pero también la de la transmisión a las generaciones futuras del patrimonio histórico de Canarias. Ésta última tarea, aunque se mantenga el inmueble, no siempre se cumple cuando el bien es despojado de la mayor parte de los elementos que lo significan, y la tarea del reconocimiento del bien y del tiempo histórico se torna imposible. Ni todo merece ser conservado, ni todo vale en la intervención sobre lo protegido, aunque muy poco justificable es la falta de límites que algunos pretenden, hipotecando la identidad de lo que se contempla, mermando o anulando su reconocimiento como elemento del pasado con todo lo que lo conforma, lo explica, y le da sentido.
En algún punto intermedio, o quizás en el otro lado, estará la cuestionada virtud, porque para qué ser políticamente correcto a la vista de esas borracheras creativas que se vienen practicando sobre inmuebles protegidos en todas las islas. Esto es Lanzarote, aún es 2009, y los acontecimientos parecen señalar que deambulamos extraviados coqueteando, con pasmosa naturalidad, por la excitante línea que separa formas opuestas de ir por la vida, y hablamos de leyes, normas, principios, historia…
Que bien contado
VERDADES COMO PUÑOS. EN ESTA ISLA PARECE QUE NO EXISTE OTRA COSA QUE EL DINERO Y LAS ESPECULACIONES. TODOS SOMOS CULPABLES, DESDE EL QUE VENDE LA CASITA DONDE HAN RESIDIDO SUS PARIENTES DURANTE GENERACIONES SABIENDO QUE LO PRIMERO QUE VA A HACER EL COMPRADOR ES CARGÁRSELA HASTA LOS EMPRESARIOS. HEMOS PASADO EN MUY POCO TIEMPO DE NO TENER NADA, MÁS QUE UNOS TROZOS DE TIERRA QUE MALAMENTE PRODUCÍAN BATATAS Y MILLO, A MANEJAR MILLONES COMO AGUA Y ESO, AL FINAL, HACE MELLA. DEMASIADA PASTA Y POCA CULTURA! ¿DÓNDE ESTA LA SOCIEDAD CRÍTICA DE LANZAROTE? ¿PORQUÉ NO SALIMOS A LA CALLE A DENUNCIAR QUE NO QUEREMOS QUE NOS GOBIERNEN LOS GOLFOS QUE NOS GOBIERNAN?¿ES QUE NO NOS IMPORTA? AL FINAL TODO SE RESUME EN LA PRETENSIÓN DE TENER PARTICIPACIONES DE ESTA TARTA EN LA QUE SE HA CONVERTIDO ESTA ISLA. SOLO FALTA VER SI NOS ATRAGANTAMOS CON ELLA…