Kilos y minutos

Jorge Marsá

Ayer vi una película, lo que no es nada extraño en un aficionado al cine. Tampoco me resultó extraño que, pese a gustarme, volviera a encontrarme en la película con el defecto y el exceso que me molestan de buena parte del cine actual: los kilos que les faltan a las actrices y los minutos que les sobran a las películas.

No soy de los que piensan que cualquier tiempo pasado fue mejor en Hollywood (ni en otras cinematografías). Cuando era un adolescente, en la década de los setenta, leía sobre la decadencia de Hollywood, que ya no era capaz de hacer un cine de la calidad del que hacía antes. Hoy sigo leyendo lo mismo de tanto en tanto, pero ahora lo que añoran es el cine que se hacía en Hollywood en los setenta, en la época en la que dicen que Coppola, Spielberg, Lucas, Scorsese y compañía transformaron la industria cinematográfica.

En cualquier caso, hay una idea que se mantiene constante en la mayoría de quienes se dedican a escribir sobre el cine: la visión negativa que tienen de los productores cinematográficos. Crecí leyendo de todo, y poco bueno, sobre aquellos desalmados productores de la época clásica de Hollywood que metían la tijera de forma inmisericorde en las creaciones de los directores, sobre aquellos mercenarios que mutilaban las obras de los artistas.

Sin embargo, el mayor poder que tienen los artistas desde hace tiempo en la industria cinematográfica me ha llevado a echar en falta a aquellos malvados productores. Son bastantes las veces en las que salgo del cine diciendo: “La película me ha parecido buena, pero me hubiera parecido mucho mejor si le hubieran cortado unos cuantos minutos, si el montaje me hubiera ahorrado los excesos artísticos del director”.

Los directores son una de las dos principales razones que me impulsan a ir a ver una película, la otra es, desde luego, el nombre de la actriz que la protagoniza. Y la verdad es que cada vez entiendo menos que las actrices se parezcan cada vez más a las modelos, a esas mujeres que eligen hombres a los que les gusta más la ropa que llevan las mujeres que las propias mujeres. Al final, termina uno por repetirse cuando sale del cine: “Me ha parecido que la mujer está buena, pero me hubiera parecido mucho mejor si tuviera los kilos que le faltan”. ¿Cuestión de gustos? Pues no, porque los estudios de los antropólogos demuestran que el mío es de lo más normal, que a los hombres nos gustan más, mucho más, las mujeres con curvas que las flacas en prácticamente todas las culturas estudiadas. Y aunque los antropólogos no hayan dicho ni palabra sobre la cuestión, estoy convencido de que a la mayoría de los espectadores tampoco les gusta, por decirlo con palabras de Woody Allen, “ese cine donde se ve crecer la hierba”.

En fin, que voy a terminar yo también añorando el viejo Hollywood, aunque para mí los viejos tiempos serán aquellos en los que los productores eran los dueños de la fiesta, los que cortaban lo que sobraba en la película, y en los que no se tenía por gordas a mujeres como Marilyn Monroe.

Publicado el 18 de diciembre de 2009 a las 11:00 am en 'Cultura'.

1 Comentario

  1. 23:00 | 18 diciembre 2009 | Permalink

    Que bien, es verdad