Impresiones de andar por casa

Mare Cabrera

Hay hombres cuya conducta es una mentira continua. Barón de Holbach

Si las impresiones, opiniones, comentarios, debates o monólogos que estamos teniendo los ciudadanos en Lanzarote a raíz de los sonados acontecimientos que se han producido en las últimas fechas en nuestra isla y sus principales instituciones públicas son de andar por casa se deben, además de al desconocimiento general por parte de todos sobre temas jurídicos, también al corriente y constante chorro de novedades y noticias que nos despertaron del letargo convertido en desidia y, por qué no decirlo, en asqueo.

Aquel lunes mañanero en el que nos pillaron aún con legañas, y a otros con las bragas por los tobillos, todavía tiene a más de uno hablando solo. El Ayuntamiento de la capital lanzaroteña sitiado y precintado. Hombres musculosos a sus puertas e investigadores bien informados tras ellas, ordenando a los funcionarios que no tocaran nada, haciendo gala de un profundo conocimiento de las instalaciones y del propio personal. No muy lejos de allí ya tenían lugar las primeras detenciones, que se sucedieron cual cascada, magno chorro que esperaba ser destupido para fluir.

Aún hoy, con unas elecciones europeas y la rutina laboral y personal haciendo mella en el ánimo, enfriados los primeros sustos y casi disgustos, me sorprendo escribiendo estas líneas espantada, asombrada, patidifusa, indignada, ninguneada como ciudadana, cabreada, sorprendida, exaltada… No pocas veces la risa nerviosa surge en una de tantas y tan variadas conversaciones al respecto del temita o temazo, las bromas, el chiste fácil sobre la posibilidad de que una partida de aquellos hombres musculosos aparezca por las puertas de otro ayuntamiento o en nuestra propia casa si por un casual uno hubiera mantenido conversaciones con alguno de los imputados, y la voz de una, risueña y pueril, hubiera quedado grabada en una de esas horas parlanchinas que en buena custodia tendrán los investigadores. No pocos dicen que ellos, los que se encargan de tirar de la manta, se habrán quedado tan patidifusos como uno cuando al levantar la alfombra, por eso de mirar la porquería que se esconde bajo ésta, por eso de limpiar sólo lo que la suegra ve, dieron cuenta de que para dar una mano de higiene a lo que se cocía iban a hacer falta hasta máquinas de sulfatar. ¡Menuda manta de la que hay que tirar!

No se nos puede culpar, a los poco entendidos en la materia, que opinemos, que supongamos y que metamos la pata incluso, por supuesto manteniendo un orden, sin acusar ni suponer más de lo que nos permite la presunción de inocencia ajena y propia. Es demasiado, es un “basta ya” a pleno pulmón. Ustedes, ellos, nosotros, han/hemos colocado a Lanzarote en una situación más que incómoda, han/hemos conseguido que nuestra isla pase de ser publicitada por su playas y demás oferta turística a aparecer en las portadas de medios regionales y nacionales como la cueva de Alí Babá, como una maraña de despropósitos de moralidad liviana, como un pase y sírvase que la cuenta la paga otro. Y no, ya estuvo bueno. Ya está bien.

Lo peor, o casi: el silencio, el oscurantismo, las miradas cegadas por la avaricia, las conductas decayendo por cuatro perras, la soberbia, la injusticia, la desidia generalizada que permitió tanto atropello, el vox populi acallado por interés, o vaya usted a saber si por ignorancia. Por lo que sea, pero ya está bien. Las manos cagadas, ya ni manchadas, porque aquí hasta el cuñado quiso afanar y coger cacho de tarta. Cuando uno toma de ejemplo al maestro malo en la materia, no podemos pretender que el alumnado salga derecho. Pero es que es cosa mala que uno piense en sí mismo como en un cónsul o diplomático intocable con vía libre para hacer y deshacer, con inmunidad e impunidad, y debió pasarle a más de uno que ahora duerme frío por haber comido caliente y a costa ajena. Y aquí, de la tarta ya no quedan ni las migajas de las que se alimenta el que viene detrás. La manta empequeñecida, el asombro maximizado, la sorpresa haciendo horas extras y los teléfonos cual coladores, las labores de limpieza a pleno rendimiento y la esperanza, reverdecida y primaveral en pleno verano, de que por fin, de que ya, de que a partir de ahora, las instituciones de nuestra isla se deshagan de ese sospechoso olor, de ese tufillo al que por desgracia ya nos estábamos acostumbrando. Porque, señores, ya estuvo bueno. Ya está bien.

Publicado el 19 de junio de 2009 a las 9:00 am en 'Sociedad'.

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