Uno lee los debates de los expertos en las páginas económicas de los periódicos, y cuando recuerda la frase de Aznar -“yo tengo la solución a la crisis”- no puede evitar una sonrisa. No hace falta que el ex presidente se explique para saber que lo que tiene en su cabeza se compone de recetas con tres cuartos de ideología y un cuarto de economía. Los que no hacen tanta gracia –por descarados– son quienes aprovechan para presumir de extremo opuesto al defender, por ejemplo, la titularidad pública de Inalsa.
Los dogmas, como cualquier otra idea, tienen resistencia frente a la realidad. Pero, a diferencia de otras ideas, mirados por dentro, pierden gran parte de su interés. Al fin y al cabo, suelen acabar siendo garabatos de mocoso frente a la complejidad del paisaje, de verdad, que se pretende abarcar.
Por otra parte, su éxito radica en bases de peso: la mayoritaria pereza mental, la amplia distribución del cinismo, o la respuesta cansada que me daba un amigo cuando le soltaba aquella muletilla sobre la virtud y el término medio: “Si, ¡el puto término medio!”