Pedro San Ginés se quejaba la semana pasada –en los comentarios de la entrada “Las luces se encienden”– de una frase de Fernando Marcet que interpretaba como la usual descalificación de la clase política: “las golfadas y las situaciones esperpénticas a las que ustedes, los políticos, nos tienen tan acostumbrados”. En efecto, la generalización existe, y es habitual. Razón por la cual parecería pertinente la crítica realizada por San Ginés:
Si probase a escribir “las golfadas de ustedes los ciudadanos”, ustedes los charcuteros, informáticos, abogados, arquitectos, y no le digo “ las golfadas de ustedes los periodistas”, que haberlos haylos como en todo, comprobaría inmediatamente como mi molestia es la que tendría cualquiera de los periodistas, abogados o ciudadanos no chanchulleros, aunque ya sé que es común la autolicencia –y no precisamente retórica– que en general se toma todo el mundo para disparar a discreción contra toda la “clase política”. Vale, esto es voluntario y hay que asumirlo, pero permítame que me revele contra ello cuando tenga ocasión y el foro se preste, porque no es ni justo, ni bueno para que la gente con valores le de una oportunidad necesaria a “la política”.
Estoy de acuerdo en que no es “justo, ni bueno” que se descalifique de un plumazo a toda la “clase política”. Sin embargo, no es extraño que suceda. Es verdad que no suele admitirse este comportamiento con charcuteros, informáticos, abogados, arquitectos y periodistas, pero es que tampoco la mitad de los charcuteros o de los informáticos dedican sus mayores esfuerzos a desacreditar rotundamente a la otra mitad del gremio.
No generaliza Pedro San Ginés cuando se refiere en esos comentarios a su adversario, pero la descalificación de Carlos Espino resulta obvia: “Gracias por concederme el beneficio de la duda cuando me añade al señor Espino entre los que considera políticos muy capaces, pero le aseguro que en alguno de los dos se equivoca de pleno porque las dos cosas no pueden ser verdad”; “contra Espino –la persona– no tengo nada, contra el político prácticamente todo”. No hay resquicio: “contra el político prácticamente todo”.
Cierto que la rotunda descalificación que San Ginés hace de Espino no llama la atención, porque de él se han dicho cosas peores desde la otra orilla, y porque estamos acostumbrados a que así se las gaste la mayoría de los políticos. Es el lógico resultado de la crispación en la esfera política, que alcanza en España un nivel desconocido en países con mayores y mejores tradiciones democráticas.
El principal objetivo de los partidos o de quienes los dirigen ha dejado de ser ofrecer un proyecto político diferenciado –porque se diferencian ya en poco–. En realidad, el objetivo ha dejado de ser ganar las elecciones: se trata de que las pierda el adversario. En consecuencia, todos los esfuerzos, los adjetivos y los escándalos son pocos para descalificar ante los ciudadanos al adversario político. Y la descalificación es casi siempre radical: “Váyase, Sr. González”. “Aznar, asesino”. “Zapatero, España no está en venta”. Y si hay que descalificar a las instituciones democráticas para atacar al adversario, pues se hace, como lo ha hecho José Manuel Soria con la Justicia y la Policía para desacreditar a Juan Fernando López Aguilar. Y si hay que condenar al infierno político a los adversarios porque son todos, sin excepción, unos corruptos y unos golfos, pues ahí está López Aguilar para que a nadie le falte un ejemplo.
Se descalifica al adversario político de manera tan radical que se le termina considerando un peligro público del que hay que guardarse. Por eso es ya tan corriente que se pida más el voto para expulsar al enemigo público o para evitar que vuelva que para el proyecto político propio. Porque para alimentar el miedo a Aznar o a Zapatero, al PP o al PSOE, maldita la falta que hace el proyecto propio.
Y al final se termina en el frente –“frentismo”, dicen–. Acaban por creerse que esto es una guerra y que, por lo tanto, hay frente de batalla: a un lado están los buenos, y al otro, claro está, los malos. Y crispar y descalificar es lo menos que pueden hacer para evitar la victoria de los malos. El problema es que, como la gran mayoría de los ciudadanos no ve la guerra ni el peligro por ningún lado, los políticos terminan desacreditados por completo a sus ojos, como terminaría cualquier adulto que se tomara en serio los juegos de guerra que practica y se postulara como nuestro salvador.
No será “justo, ni bueno” descalificar al conjunto de la clase política, pero entre que parecen dedicarse más a una guerra imaginaria que a resolver los problemas que afectan a la ciudadanía y las lindezas que dicen los unos a los otros, pues no puede sorprender la generalización. Al fin y al cabo, no se dice de ellos más que lo que ellos se dicen a diario: “contra el político prácticamente todo”
Dejando a un lado que creo que el sr. San Ginés lleva razón cuando dice que el matiz del “ustedes” que yo utilicé se puede interpretar como personalmente ofensivo (me vuelvo a disculpar, y esta vez sin peros), en mi opinión el artículo es impecable. Creo que sí, que los mismos políticos se han encargado de desprestigiar su profesión utlizando un lenguaje frentista y radical para atacarse mutuamente.
Un buen ejemplo lo tenemos con la interpretación que los dos principales partidos hacen respecto a las últimas cifras del paro. Desde el PSOE dicen que las cifras invitan al optimismo y que las acertadas medidas aprobadas por el gobierno están funcionando. Desde el PP dicen que no hay peor ciego que el que no quiere ver y que el PSOE es un peligro en potencia porque ni siquiera es capaz de darse cuenta de lo mal que van las cosas.
Discursos simplistas ambos, casi infantiles, que ofrecen a la gente la sensación de estar asistiendo a un espectáculo lamentable, mucho más cuando los problemas reales y cotidianos arrecian.
Hombre Jorge ( dejaré atrás lo de Sr. Marcet, que es my ceremonial y al menos nos conocemos ), decir que pareciera que es pertinente mi queja, supongo que es tanto como decir que pareciera pero no lo es, aunque por parte comparta que “no es justo ni bueno” aquello de lo que me quejo.
No es que me apetezca redundar, pero aunque usted no se detuvo en ello, veo que el Sr. Marcet – a quien replicaba – si ha entendido que no es igual de generalista escribir “ las golfadas de los políticos” , “ que las golfadas de ustedes los políticos ”. Me quedo con el reconocimiento al segundo cpor sus disculpas que sin duda acepto- faltaría más – y el respeto a su reflexión no compartida.
Claro que “no es extraño que suceda” , ni “ debe sorprender la generalización”, como usted dice. Precisamente eso lo que vine a decir tras la queja, “ que hay que asumirlo….” y que “ todo el mundo se cree con licencia…”… o algo así, por tanto ni me sorprende, ni me resulta extraño. Hasta ahí de acuerdo y sin novedades que menoscaben mi queja…. Pero es que, por una parte no hablábamos de cuanto tiempo dedican los abogados, periodistas etc. a desacreditarse unos a otros en comparación con los políticos, sino de si éstos se ofenderían como yo ( político) , si alguien les dijeran “ las golfadas de ustedes los periodistas”. Vaya, que no entiendo la rebuscada justificación para legitimar que se nos llame golfos que usted fuerza con ese símil, a no ser que con “las golfadas”, el Sr.Marcet se refiriera a lo mucho que nos metemos unos con otros, pero me temo que no era a eso.., o al menos no sólo a eso.
Por otra parte, me resulta curioso que le parezca tan “obvia y rotunda mi descalificación a Espino”, cuando no le he dedicado ni un solo calificativo o adjetivo, al menos no en esta ocasión. Cuando dije que “no tengo nada contra la persona pero contra el político prácticamente todo”, obviamente – supuse- me estoy refiriendo a la gestión en el desempeño de sus responsabilidades políticas ( Territorio, Deslealtad total a un pacto, Centros Turísticos, defensa a ultranza del Plan de INALSA, y un largo etc. El sabe lo que pienso y por eso lo escribo aquí), con la que no comparto prácticamente nada, y me reafirmo en que supone un auténtico peligro por el poder que acapara y ejerce transversalmente en el escenario actual de la política conejera. ( Máximo dirigente del partido con más poder)
Cambiando el tercio, muy probablemente tenga usted razón, y seguramente la gente no perciba la guerra ni el peligro por ningún lado – aunque yo matizaría eso, otro día – como algunos que estamos a lo nuestro nos creemos. Algo o mucho de eso hay. Como, por suerte o desgracia, serán todavía muchísimos menos los que perciben lo que se debate en este tipo de blogs, y sin embargo algunos – unos más que otros – pareciera que pretendemos cambiar el mundo con ello. En fin, debe ser parte de la condición humana, la permanente pérdida y búsqueda de perspectiva.
Por último, en lo siguiente también tiene usted mucha razón, y es que en general casi todos los partidos tenemos un acentuado déficit de “ Proyecto Propio” más allá de la crítica fácil al adversario, aunque algunos presentan más déficit que otros, algunos tienen mas obligación que otros de ejecutar su proyecto por cuanto gobiernan, algunos han demostrado tener más limitaciones que otros en su cuadro humano cuando hemos tenido oportunidad de gobernar, y a algunos le avalan los resultados más que a otros….. Le soltaría un mitin más amplio sobre todo eso y los proyectos que estamos trabajando, pero de momento le voy a ahorrar la penitencia que el caminar se demuestra andando, aunque algunos sólo caminan para atrás mientras se consuelan susurrándose autoconvencidos: “Ladran chacho… luego cabalgamos”. Y lo peor es que igual tienen razón, cabalgan desbocados sin mirar alrededor diría yo, pero arrastrándonos directos al precipicio.
Agradezco tu respuesta, Pedro. Y puesto que ya nos hemos explicado, que cada cual saque sus conclusiones.
Y ya que estamos, aprovecho para introducir el editorial de El Mundo de hoy:
Cataluña impone su ‘Plan Ibarretxe’ en la Educación
LA COMISIÓN de Educación del Parlamento catalán aprobó ayer el proyecto de nueva Ley de Educación, último trámite antes de que el Pleno de la Cámara autonómica lo ratifique. Esta iniciativa supone un desafío al Estado de magnitud equivalente a la del inconstitucional Plan Ibarretxe, puesto que supone de hecho una declaración unilateral de independencia en materia educativa.
La norma desprecia las leyes del Estado, las sentencias judiciales y hasta el nuevo Estatuto y la propia Constitución, en lo que supone un paso decidido hacia el monolingüismo. De entrada, niega -ahora ya por ley y no sólo por la vía de los hechos consumados, como ha venido sucediendo- el derecho de los padres a elegir la lengua en la que quieren escolarizar a sus hijos, e impone el catalán incluso en el recreo y en las actividades escolares que se desarrollan fuera del aula.
La nueva norma sustituirá a la ya cicatera Ley de Política Lingüística catalana de 1998 que garantizaba el derecho de los padres -en la práctica incumplido sistemáticamente- a escolarizar a los niños en castellano hasta los ocho años. Más aún, ignora la obligación de garantizar un mínimo de tres horas de clase a la semana de castellano, precepto incluido en la Ley de Educación aprobada por el Gobierno central en 2006. De esta forma, la lengua que comparten todos los españoles pasará a tener en Cataluña una consideración inferior a la lengua extranjera, ya que tendrá menor uso lectivo que el inglés.
Además, la nueva ley catalana incumple la sentencia del Supremo que obliga a la Generalitat a ofrecer la opción de estudiar en español. El Alto Tribunal falló en 2008 que la Administración tiene que ofrecer formularios para que los padres elijan en qué lengua quieren escolarizar a sus hijos y velar para que esos derechos «no sean meramente teóricos o ilusorios sino reales y efectivos». Más aún, pese a que el Estatuto establece como «compartida» la competencia en esta materia, los diputados han pasado a considerarla como exclusiva a la hora de legislar. Y todo ello aun cuando -parece una broma recordarlo a estas alturas- la enseñanza en castellano es un derecho básico reconocido en la Constitución.
Las manifestaciones de ayer del diputado de ERC Freixanet tras aprobarse el texto en comisión, en el sentido de que la ley «servirá para la construcción nacional del país», revela hasta qué punto se utiliza la educación como instrumento al servicio de objetivos políticos y no al servicio de los ciudadanos de una sociedad que es bilingüe. Es este mismo proyecto de ley el que incluye entre sus principios, tal y como revelamos hace un mes, que entre el alumnado «se cultivará el sentimiento de pertenencia como miembros de la nación catalana».
Es inconcebible que el Tribunal Constitucional siga sin confirmar, tres años después, que el Estatuto se aparta de la Carta Magna, como resulta obvio en este punto. La negligente, irresponsable e inmoral demora de los jueces a la hora de resolver un asunto capital para el modelo de Estado, de convivencia y de garantía de derechos y libertades, ha sido aprovechada por los nacionalistas para radicalizar la política educativa.
Lo grave es que el mismo PSOE que defiende el bilingüismo en el País Vasco se propone convertir Cataluña en monolingüe. Es inconcebible que Montilla impulse tal persecución del castellano con una política que sirve a los intereses de los sectores independentistas, que no ocultan su intención de caminar hacia el soberanismo a partir del control de la educación. Y qué decir de la histórica torpeza de la necia frivolidad de Zapatero, que dio alas a esta deriva desde el mismo momento en que aceptó que el Estatuto consagrara el catalán como única lengua «vehicular».