¿Risueños en tiempos aciagos?

Antoni Puigverd

[La Vanguardia, 27 de abril de 2009]

Las portadas de los diarios del pasado sábado estallaban. ¡4.010.700 parados! Una cifra tremenda y, sin embargo, abstracta, intraducible: habría que sumar uno a uno todos los dramas personales a que hace referencia. ¡Uno por uno, empezando por el primero, hasta llegar al número 4.010.700!

Cada sumando de la inagotable lista acarrea sus propias dificultades, a cuál más insoportable. A muchos se les agotó ya el subsidio: se agarran a la familia, visitan Cáritas, se alimentan en comedores sociales. En un millón de familias ya no entra un sueldo. Se habla de nuevas formas de apoyo público: caridad política, poco más podrá hacerse. ¿Qué decir de los miles de cincuentones ya sin futuro a pesar de los años que tienen por delante? ¿Y qué, de las legiones de jóvenes inactivos? Cada generación recibe las cualidades que necesita para afrontar las dificultades de su tiempo, escribió Ernst Jünger: ¿también esta que inicia su itinerario en el preciso instante en que el sistema se hunde?

Mientras las portadas de los diarios del sábado lamentaban la tremenda cifra del paro, algunas fotografías políticas ilustraban, como es habitual, las páginas interiores. Las más reproducidas fueron las de Rosa Aguilar, comunista de toda la vida que presidía el único ayuntamiento importante controlado por Izquierda Unida. Aguilar era recibida entre aplausos por sus nuevos y endomingados compañeros del Gobierno socialista andaluz. Vestida de lila y blanco, sonreía de oreja a oreja, verdaderamente complacida, aunque cerrando los ojos con un resto de timidez. Un nuevo cambio de chaqueta. No de carácter ideológico: personal.

En aquel sábado, dominado por el drama del paro, Mariano Rajoy y Dolores de Cospedal, de gira electoral por la Mancha, se fotografiaban como dos felices turistas frente a una escultura de Don Quijote. Algunos diarios reproducían asimismo la instantánea de un melancólico presidente Francisco Camps en ajustadísimo traje gris brillante, de seda salvaje o, quizás, de alpaca. La flamante ministra de Hacienda, Elena Salgado, no aparecía en fotografía.

Pero se reproducían sus rogativas a los periodistas de no confundir la cifra de 4.010.700 con el Apocalipsis. Es de suponer que pronunció tales palabras con su característica frialdad de mujer inaccesible. La pose quizás era glacial, pero sus palabras reflejaban miedo al miedo: negó por dos veces, casi como san Pedro, la cifra de cinco millones de parados. El miércoles, en el Congreso, el ministro Corbacho había acusado a un rival de alarmista por anunciar los cuatro millones que se publicaron el sábado. Esto sí es una pandemia, y no la de México.

Un rotativo también reproducía, en este dramático sábado, el rostro del anterior alcalde de Sanlúcar. Un tipo de ojos esquivos que, según una auditoría, dejó en el ayuntamiento, sin reconocer, facturas por valor de 14 millones, después de agotar el presupuesto con sus concejales de confianza a base de mariscadas, champán, montecristos e interminables llamadas a líneas eróticas.

Más allá del drama personal de los parados, el peligro del momento es que el malestar social se asocie a los casos de corrupción política, que salpican a todos los partidos. Si tal asociación se produce y cunde, la espiral populista será difícil de contener. El populismo antidemocrático contaría, además, con un chivo expiatorio de recambio: el extranjero. Recordemos que en los barrios más diezmados por el paro, los autóctonos y los forasteros compiten por los subsidios y los escasos empleos.

En los deprimentes años treinta del pasado siglo europeo se desató un vendaval antidemocrático debido a la incapacidad de los partidos centrales para captar la verdadera naturaleza de los tiempos. Parece obvia la dificultad de los partidos y líderes de nuestra política actual para adaptarse a los cambios que la repentina crisis introduce. Con candidez pasmosa, siguen transmitiendo ante las cámaras lo mismo que transmitían en los buenos tiempos. Todavía nos cuentan, como si de un regalo para nuestros oídos se tratase, la importancia de sus listas, sus ambiciones de campaña, su interés gremial y, naturalmente, el desprecio que les merece el interés del contrario. Todavía están en manos de los publicistas que venden mensajes edulcorados, escenografías grandilocuentes y espectáculos posmodernos. ¿Qué motivos tienen para aplaudirse y felicitarse tan efusivamente en sus actos? ¿Risueños en tiempos aciagos? No basta, pues, con limpiar a fondo las vergüenzas de la corrupción.

Si de lo que se trata es de capear la pandemia del paro, porque no hay fórmulas mágicas ni antivirus para combatir la crisis, al menos deberían los partidos idear una nueva liturgia política: más austera y sobria. Acorde con los miedos y dificultades del momento. Alejada de la irritante felicidad endogámica, de los juegos tácticos y de los ataques con que, intentando aplastar al adversario, hunden la democracia en el fango.

El sistema democrático parece consolidado en España. Pero la tendencia a buscar respuestas simples a los problemas complejos lo está muchísimo más. Basta dar un vistazo al pasado. En nuestra tradición, cuando el brazo de la democracia echa un pulso difícil, siempre está en inferioridad de condiciones. Y más en un momento como el actual, en el que, por primera vez en muchas generaciones, el futuro tiene el rostro más feo que el presente.

Publicado el 28 de abril de 2009 a las 7:00 am en 'Sociedad'.

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