Politización

Luis Arencibia Verdú

Hace unos días discutía con una amiga posibles vías para solucionar un problema de gestión padecido por un ayuntamiento de la isla. En realidad, por varios. Ella se posicionó de una manera bienintencionada, pero algo tópica a estas alturas: “Es que ese tema está politizado, y se debería cerrar un pacto al respecto”.

Obviamente, cuando mi amiga calificaba de esta manera el asunto en cuestión, lo que quería decir es que alrededor de él predominaban los intereses particulares, en este caso de los representantes políticos. Por lo tanto, quizás resultara más apropiado hablar de despolitización, si se coincide en que la política tiene que ver con lo público o lo común. Y que, en todo caso, la acción política de los electos debiera girar en torno a ese ámbito.

Más allá de onanismos semánticos, detrás de las socorridas acusaciones de politización se suelen esconder dos falacias. La primera es que para cada problema público existen siempre una serie de soluciones objetivamente mejores que otras, que en muchas ocasiones no se imponen por motivos políticos. Se trataría de que los políticos abandonaran la politización y reconociesen lo que es de sentido común. Si seguimos a pies juntillas este razonamiento, cualquier ayuntamiento estaría muchísimo mejor gobernado por técnicos cualificados y responsables que siguieran los manuales, de los cuales podrían extraer estas soluciones, sin mucho más que discutir.

Por supuesto que los intereses políticos personales dificultan en gran cantidad de ocasiones el tránsito por caminos prometedores, pero esto no quita para que sea imprescindible casi siempre una voluntad política por encima del criterio técnico. Quien tenga dudas al respecto, que asista a un juicio en el que comparezcan peritos por ambas partes en litigio, para que se convenza de lo flexible que puede ser lo razonable, e incluso lo verdadero.

La otra falacia que se suele esconder detrás de las acusaciones de politización es aquella según la cual los representantes públicos no pueden tener intereses propios, más allá del interés de los ciudadanos. En caso contrario, estarían politizados. Se exigiría entonces a la clase dirigente no hacer aquello que todos hacemos constantemente: poner en marcha estrategias para perpetuarnos en nuestros empeños, en el trabajo, o en cualquier otro asunto. La cuestión es que el sistema ya contempla desde hace tiempo la vanidad personal, y tal como está planteado, uno puede perfectamente nadar y guardar la ropa a ratos, y realizar además una buena gestión política.

La inacción para no cometer errores, la hiperactividad para ocultar carencias, o la gestión de cortas miras no son elecciones más politizadas que otras. Serían simplemente malas políticas.

Publicado el 17 de abril de 2009 a las 9:00 am en 'Política'.

1 Comentario

  1. 20:47 | 17 abril 2009 | Permalink

    la gestión inhibida también oculta carencias y rumia balazos