Escribí hace casi un mes sobre las Jornadas de Legalidad Territorial y Ambiental que se celebraron la semana pasada: “Da que pensar que el “plato fuerte” de unas jornadas sobre la legalidad sea la intervención de un ciudadano que no destaca por ningún conocimiento relevante sobre la materia, sino por su fama como novelista” (“Perdón imposible”). Y ahora añadiría: da que pensar que las jornadas se clausuraran con los asistentes puestos en pie ovacionando un discurso como el pronunciado por José Saramago.
Y da que pensar porque resultaría lógico suponer que unas jornadas sobre el cumplimiento de la normativa urbanística en Lanzarote versarían sobre un conflicto político y jurídico en una sociedad desarrollada. Sin embargo, y como era de esperar, Saramago nada tuvo que decir sobre un problema que no puede resolverse con trazo grueso; así que obvió el conflicto político y jurídico, y lanzó un llamamiento a la regeneración moral. Porque el problema, a lo que parece, es moral: “una parte de la sociedad de Lanzarote se ha dejado corromper”.
Y como los puritanos de cualquier época, Saramago achaca esa corrupción a los nuevos tiempos y condena de forma radical a la sociedad que los vive o, como prefiere decir, al sistema: “Muchos se volvieron cómplices de un sistema que ensucia a quien se beneficia de él y acaba por ensuciar a toda la sociedad”. La sociedad ha sido corrompida por el dinero de los mercaderes del templo: “ahora los conejeros son ricos… o por lo menos tienen la mentalidad del rico, que es peor que ser rico”. Palabra de Dios: “Entonces dijo Jesús a sus discípulos: en verdad os digo que difícilmente entra un rico en el Reino de los Cielos”.
En efecto, da que pensar que juristas y profesionales de la sostenibilidad se levanten todos a una a aplaudir semejante discurso. Y da que pensar que entre un público que de seguro se tenía mayoritariamente por progresista se vitoree una disertación tan reaccionaria como la de Saramago, que acabó por convocarnos al regreso: “quizás hay tiempo de volver a atrás”. Tan atrás lo ve el escritor, y tan visto está el asunto, que nos propone el retorno al mito del buen salvaje, la recuperación de la supuesta esencia bondadosa del hombre antes de que fuera pervertida por la sociedad moderna. Y el escritor nos pone como ejemplo a los indios de la reserva de Raposa Serra do Sol en Brasil: “Mientras los indios lucharon hasta la extenuación para recuperar sus derechos sobre la tierra, aquí no”. “No se dejaron corromper”. “Recuperaron las tierras, pero no su dignidad, porque nunca la perdieron”. “Hubiera sido fácil comprarlos, corromperlos, porque no tenían nada y sin embargo resistieron”.
Como se ve, pasando de la política, de la búsqueda de soluciones concretas a los problemas y conflictos sociales. “Aquí no”. Aquí la cuestión es que nos dejamos corromper y perdimos la dignidad: “los conejeros han construido sus vidas sobre la ilegalidad y la corrupción”. Por lo tanto, parece que la solución reside en la regeneración moral que nos permita recuperar las viejas esencias, “volver a atrás”. Y da la impresión de que Saramago señaló a los elegidos para esta misión espiritual, porque se dirigió a los presentes en el acto –a los políticos, funcionarios, juristas, profesionales de la sostenibilidad…–, y les dijo: “Vosotros sois los indios de Brasil”. Y ellos se pusieron en pie, y aplaudieron con fervor al Maestro.
Solo soy laboral,no llego a funcionario y no soy profesional de la sostenibilidad,
entiendo que se pueden apoyar ideas sin ser profesional de ellas de la misma manera que algunos se convierten en “profesionales”sin cobrar en plata por ello.
Estuve de pie aplaudiendo a Saramago,y no por primera vez llore en esas jornadas
aplaudi y llore por que me salio por decirlo de alguna manera de los mismisimos cojones del alma.
La facilidad con que simplifica la cuestion y de paso llama gilipoyas a tanta gente,
que por supuesto no esta a la altura politica suya,mas aun que segun usted no le interesa la politica como via de solucion a los conflictos sino mas bien el animismo religioso,es alucinante.
Señor creo que se esta pasando,empiezo a detectar el regustillo del poder,que este estupendo balcon le concede,por mas humilde y despublicitado que lo presente.
Pero parece ser que a los vicios de esta tierra no escapa ni el que mas lejos se postula de ella.
Pero si esas son las mañas que le vamos a jace,reirce del otro,degradarlo,humillarlo todo esto no es nuevo el miedo al vocero no es nuevo
y por supuesto inmensa plaza vacante queda libre estos dias.
es lo que hay
Hace aproximadamente un año abandoné el equipo que elabora La Opinión de Lanzarote, y en todo este tiempo he evitado introducir cualquier tipo de comentario en los debates, por el deseo de no interferir en su evolución. Y en algún caso he tenido que morderme la lengua con firmeza, como ocurrió con el texto al que Jorge Marsá alude en su escrito (“Perdón imposible”), en el que impartía doctrina sobre “donde poner la coma” en el proceso de ejecución de las sentencias sobre los complejos turísticos ilegales.
Pero ahora, venciendo la tenaz resistencia de varios amigos, que me recuerdan que “no hay mayor desprecio que el de no hacer aprecio”, no me voy a callar, aunque la aportación de Jorge Marsá sea perfectamente prescindible, y aún a riesgo de que, como advierten los amigos, ello sirva como recompensa a un enfermizo afán de notoriedad o ánimo polemista. A mí me resultan irrelevantes cuales sean sus motivaciones, lo cierto es que se ha excedido, y que se lo quiero decir aquí, alto y claro, con mi nombre y apellidos.
Empezó Marsá por decir que desconocía lo que se iba a discutir en las Jornadas de Legalidad Territorial y Ambiental, no obstante lo cual se permitió el lujo de impartir doctrina sobre el asunto. Y ahora vuelve a impartir doctrina tras su clausura, aunque no se molestó en acudir a las Jornadas para adquirir algo del conocimiento que decía que le faltaba.
Y es que Marsá va sobrado. A las Jornadas asistieron cerca de trescientas personas, lógicamente de las más variadas profesiones y ocupaciones, que acudieron a las Jornadas movidas por las más variadas motivaciones. Obviando ahora a los ponentes, muchos de los asistentes vinieron de otras islas, algunos de ellos profesionales de altísima capacitación profesional, que dejaron sus ocupaciones durante dos o tres días por el interés de lo que allí se expuso.
Respecto de los ponentes, había magistrados del Tribunal Supremo y de varios Tribunales Superiores de Justicia, cargos públicos, abogados, fiscales, etc. Al lado de toda esta gente, yo, que también fui ponente en las Jornadas, soy un simple aficionado. Y yo, desde luego, no me siento inferior a Marsá, sea cual sea el terreno en el que se establezca la comparación, de donde se sigue llanamente que, por importante que haya sido el devenir profesional de Jorge Marsá, carece de autoridad intelectual, profesional o moral para descalificar rotundamente a tanta gente que le supera con creces. Pero, en fin, estoy dispuesto a discutirlo si Jorge Marsá pone sobre la mesa su currículo, para compararlo objetivamente con el de cualquiera de los ponentes.
Con todo, ni la más excelsa cualificación intelectual o profesional autorizarían a Jorge Marsá a descalificar tan rotundamente a quienes estuvimos allí, y aplaudimos sin reservas a don José Saramago, basándose además en un conjunto de simplificaciones y mixtificaciones cuya ínfima calidad intelectual y bajeza moral producen sonrojo y náuseas.
Me produce honda tristeza, porque Jorge Marsá siempre ha participado activamente en esta clase de encuentros, y ha hecho aportaciones indudables al debate público. Y porque conozco y aprecio su calidad intelectual, me produce aún mayor tristeza esta preocupante deriva hacia la nada, porque sus obsesiones le impiden ver lo que está pasando o entender lo que dijo (e hizo) Saramago.
Reducir las palabras de Saramago a un “llamamiento a la regeneración moral”, convertirlo en un “discurso puritano”, tildarlo de “disertación reaccionaria”, y convertir a una audiencia altamente cualificada en un rebaño de aborregados “juristas y profesionales de la sostenibilidad” que se levanta a aplaudir fervorosamente al maestro, imbuidos por una “misión espiritual”, es un ejercicio cínico de manipulación tosca y burda, una perversión infantil que causa sonrojo.
Quienes se levantaron a aplaudir, lo hicieron movidos por las más diversas motivaciones, pero Marsá lo reduce todo al impulso adocenado de una audiencia abducida, solo porque él no estaba allí para marcarnos el camino. Confieso que yo aplaudí sentado, porque me emocionó profundamente el coraje político y moral de Saramago, y tardé en coger resuello (por esa y por otras razones, que no vienen al caso).
Y esto es lo que más me apena, que Jorge Marsá, con su reconocida inteligencia, con su proclamado progresismo, con su acreditada sensibilidad, no solo no haya sido capaz de comprenderlo, sino que haya incurrido en la torpeza y en la bajeza de pretender encharcarlo, emporcarlo y reducirlo a la nada.
¿Atenuantes? Ninguna ¿Agravantes? Muchas. La primera, que Marsá es una persona habitualmente rigurosa en su quehacer, de donde se sigue que leyó detenidamente el texto del discurso de Saramago, y elaboró el suyo con el calculado primor que conocemos. La segunda, que sabe de qué se discutió allí, y sabe que allí se hicieron aportaciones importantes, aunque faltara la suya. La tercera, que Marsá sabe bien de qué se discute, y tiene información privilegiada (mucha de ella almacenada en este blog) sobre todo lo que está pasando; y si no sabe más sobre el asunto, es porque no ha querido.
Y la cuarta, de momento, es que allí se discutió precisamente sobre un “conflicto político y jurídico en una sociedad desarrollada”, y de la “búsqueda de soluciones concretas a los problemas y conflictos sociales”, y que las opiniones que Marsá viene vertiendo sobre este asunto constituyen una inequívoca toma de posición sobre el “conflicto social” más importante que ha vivido Lanzarote en los últimos años. Y esto sí que da que pensar. Y si además se une a su falta de comprensión de que la intervención de Saramago tiene un evidente contenido político, no solo da para pensar …
Termino: Saramago hizo un esfuerzo casi sobrehumano para estar allí, porque estaba enfermo. Mientras hablaba, tuvo varios accesos de tos verdaderamente sobrecogedores, pero allí siguió, hasta el final, dando un ejemplo de lucidez intelectual, de coraje cívico y de dignidad moral (sí, dignidad moral) que explica el prolongado aplauso que recibió. Yo lamento mucho que haya quienes carecen de la finura intelectual, la estatura moral y el instinto político para entenderlo, pero sobre todo lamento el significado político que tiene una determinada toma de posición que, a estas alturas de la película, empieza a chirriar demasiado. De manera que no estaría yo tan seguro de quien está haciendo el indio …
Al ver la respuesta de Javier Díaz Reixa, y puesto que le conozco, pensé que tendría que ponerme a escribir para participar en un debate sobre la idea de la que escribí ayer. Sin embargo, el debate que se plantea es otro. En realidad, estamos probablemente ante la forma más típicamente española de abordar los debates: no se contesta lo que se dice, sino a quien lo dice. No se discute sobre las ideas u opiniones, sino que se descalifica a quien las ha expresado. Así que obligado estoy a aceptar, una vez más, que no habrá debate.
Porque, como comprenderán, no tengo ningún interés en escribir sobre si lo mío es “un enfermizo afán de notoriedad o ánimo polemista”, o voy sobrado. No considero necesario acreditar mi “autoridad intelectual, profesional o moral” para ejercer la crítica, y menos aún que alguien tenga que “poner sobre la mesa su currículo” para dar su opinión sobre determinada cuestión de las que acontecen en el espacio público. Además, si de discutir de ideas se tratara, me parece irrelevante si las mías “constituyen una inequívoca toma de posición” y “el significado político” de ésta. Entiendo que también resulta habitual resolver los debates tratando de adjudicar bando político –siempre el “malo”, claro está– a quien se discute, pero eso no es debatir, es otra cosa.
En fin, que no me parece oportuno ponerme a discutir sobre lo que yo sea o deje ser. Y como Javier Díaz Reixa se ha limitado a eso, y a defender la dignidad personal de José Saramago –que nadie ha puesto en cuestión, porque lo que discuto es la idea expresada en su discurso–, pues difícil lo tengo. Porque no puedo contestar a lo que no se ha dicho: ¿piensa Díaz Reixa que la clave es que somos una sociedad corrompida por el dinero y que la solución es actuar como los indios de Brasil? Podría ser que lo pensara, pero puesto que nada dice sobre la cuestión, y puesto que yo no tengo nada que decir sobre él que no sean halagos a su persona, a su comportamiento y a su curriculum, pues nos quedamos sin debate.
Como me entran con aires de verónica, me limitaré a esbozar una leve y escueta chicuelina. La pirueta dialéctica es verdaderamente notable, pero basta cotejar los textos para comprobar que no fui yo quien puso sobre la mesa los argumentos ad hominem (que versan sobre la persona y no sobre las ideas que se debaten). Marsá podría haber expresado las ideas que pretende transmitir sin necesidad de haber cargado contra Saramago, mediante un cúmulo de simplificaciones y tergiversaciones tan toscas y burdas que me ahorran el comentario de texto.
Durante la clausura de las Jornadas hubo pronunciamientos políticos muy visibles (para el que los quiso ver y oír) y, en general, hay fallos e insuficiencias evidentes en la conducción política del asunto de marras, sobre los que podría (y quizá debería) haber versado la propuesta de Marsá sobre la “búsqueda de soluciones concretas a los problemas y conflictos sociales” que hoy vive Lanzarote.
De modo que si Marsá hubiera arremetido contra Manuela de Armas, contra el secretario general del PSC o contra el famoso “ideólogo de cabecera” del PIL, yo me habría abstenido de intervenir, aunque discrepara de los argumentos de Marsá (esto es casi seguro). Pero las evidencias son incontestables, de modo que este pretexto no cuela.
Y sostiene Marsá que en el artículo de cabecera defiende una idea o discute sobre una idea, y se hace una pregunta sobre lo que pienso.
Separando toda la hojarasca, se alcanza efectivamente a percibir una idea, aunque expresada de modo harto confuso: en opinión de Marsá, hay que centrarse en la “búsqueda de soluciones concretas a los problemas y conflictos sociales”, y no en “llamamientos a la regeneración moral”. O, si se quiere, Marsá propone una solución política, y no ética, para los problemas de que se discute.
Si es eso, podemos estar de acuerdo, e incluso hacerlo compatible con esa otra propuesta de que sean los jueces los que decidan, con lo que también estamos de acuerdo. Pero si era eso, con lo listo y explicado que es Marsá, podría haberlo expresado sin recaer en los argumentos ad hominem o, en su caso, dirigir sus invectivas contra los responsables de las decisiones (o las omisiones) políticas, que son los que tienen la capacidad de decisión para articular la “solución política”. Que alguno de los muchos energúmenos que circulan por la blogosfera arremeta contra Saramago me parece repudiable, pero comprensible; esa benevolencia la pierdo en el caso de Marsá, por ser quien es. De modo que lo dicho, dicho queda, y sobre esto, efectivamente, no puede haber debate.
Y se pregunta Marsá: “¿piensa Díaz Reixa que la clave es que somos una sociedad corrompida por el dinero y que la solución es actuar como los indios de Brasil?”. Respondería a la pregunta si fuera razonable y plausible tener alguna duda al respecto. Pero a Marsá no puede caberle ninguna duda, porque sabe bien lo que pienso, sobre eso y sobre muchas otras cosas. Respecto de la, por lo que veo, escasa concurrencia restante, y el resto del mundo mundial, no creo que tampoco puedan tenerla, y si la tuvieran hay un buscador en este medio que les permite conocer mis aportaciones a ese debate, y a ellas me remito. Y cuando tenga algo que añadir, ya lo haré en el momento y lugar que estime convenientes, porque ahora los ritmos y los tiempos se deciden en otro lugar.
De modo que mi intervención era por una simple cuestión de orden, que Marsá sabe que es una de mis obsesiones. Y es que hay modos y formas (ese coger los rábanos por las hojas) que deben quedar al margen del debate que se propone. No tengo el menor interés en fajarme en él, porque el partido se juega ahora en otros ámbitos, y esto no es más que un mero escarceo marginal en un espacio marginal. Y no es en los espacios marginales donde se toman las decisiones.
De modo que disculpe la concurrencia que me despida, pues debo compartir mi tiempo entre mis múltiples ocupaciones, siempre tras la pieza, y la ininterrumpida celebración de los espléndidos regalos recibidos con ocasión de mi último cumpleaños.
Pues vaya debate de morandanga, donde dos se han dejado de querer.
Como el titular indica o señala “Hacer el Indio” es lo que hacemos todos, el articulo no lo he leído ni lo pienso leer. Pero voy a dar mi opinión, bastante resumida y en pocas frases y con pocas letras para no aburrir a los internautas.
¿Quien hace el indio? El mismo premio Nobel, ¡Si! esa persona que se ha afincado en Lanzarote, que nos quiere dar clase de moralidad y de etica. Primero practica con el ejemplo y despues hablamos, aunque por suerte de usted su palabrerio simpre estará en primera linea o en portada de algunos medios que no tienen nada que decir.
Por favor, si usted tiene o ha conseguido un premio de reconocido prestigio Universal, pongase de SALVADOR de su TIERRA, ese país que se llama PORTUGAL, porque corruptelas las ay en todos los sectores.
Como decia un gran sabio: “yo se, que no se nada, pero lo veo todo, o mejor dicho, veo lo que mis ojos ven y no lo que me cuentan”
Si me responden a este mensaje, responda con datos objetivos y no con simplezas y bulgaridades.
Yo respondería tu comentario, Séneca. Pero es que no me lo he leído, ni me lo pienso leer.