La Organización Mundial de la Salud lo tiene claro desde hace años, “la salud es el estado de completo bienestar físico, mental y social y no sólo la ausencia de enfermedades”. La cuestión es que si uno tiene una gripe, sabe que puede acudir al ambulatorio, pero quien padezca una necesidad del alma, ¿dónde va? Que yo sepa, en todos los papeles pone que es deber de las administraciones públicas velar por la salud de los ciudadanos, con todas las letras y en todas las vertientes, y que en ninguno de ellos (al menos en nuestro país) se diferencia entre las paperas y la melancolía.
Respecto a esto, parece lógico que el papel protagonista que cumplen los ambulatorios para la salud física, lo interpreten los centros socioculturales para la salud mental (expresión más acertada entre los que creemos que en realidad somos todos unos desalmados). ¿Y qué curas podrían ofrecer estos recursos? Pues purita medicina natural: posibilidad de socializarse, de aumentar los conocimientos o de tener experiencias que concedan a uno la sensación de estar construyéndose una historia propia, con algo de sentido.
Respecto a esto último, nunca se ha llegado a hablar suficientemente de una epidemia que afecta a enormes cantidades de jóvenes: el tedio. Cada vez es mayor el número de ellos que difícilmente pueden diferenciar al cabo del tiempo un día de otro, porque todos los días son prácticamente iguales… de fofos. Y, a pesar de que alguien reivindicó una vez el derecho al desorden en la vida de cada cual, no deja de ser obligación de las instituciones poner todo de su mano para evitar el caos que se produce en la vida de estos chicos y chicas cuando “pierden el hilo” de sus vidas, porque no encuentran nada significativo que merezca ser atado. “Antes no había nada, pero éramos felices”, dicen algunos. Pero antes tampoco existían Internet o las revistas juveniles para recordarte cada día todo lo que te perdías…
Pero lo peor del tedio no es el mal rato que en sí…. sino las posibles consecuencias del mismo, consecuencias que por otra parte no se reparten por igual entre unos chicos y otros. Los que a consecuencia de él caen en el uso descontrolado de drogas, suelen hacer recorridos diferentes en función de que pertenezcan a una u otra clase social. Hoy en día no creo que existan enormes diferencias, entre la totalidad de los chicos y chicas, en lo que respecta al paseíto por las drogas de la adolescencia: lo realizan muchos, y con experiencias parecidas, independientemente de su familia, formación o nivel económico.
Pero, por supuesto, al cabo de un par de años, la realidad impone sus reglas: lo que para uno no pasa de ser un año sabático en medio de broncas familiares para coger tino y centrarse antes de encauzar sus estudios, para otros se convierte en una entrada prematura y definitiva en el mercado laboral, en empleos no deseados y para el resto de los días. La falta de opciones y el aburrimiento es una bomba a largo plazo que sabe diferenciar entre sus víctimas, a unos de otros, y demasiadas pocas veces se equivoca.
Cuando hablamos de desarrollo personal y social, el quid del asunto está, al igual que con la salud física, en la prevención. En el caso de esta última, el asunto se ha entendido perfectamente y por eso existen los centros y medidas sanitarias de base que evitan que gran número de ciudadanos acaben en el quirófano o en algún lugar peor. En cambio, en el ámbito social, ese abanico de acción que podría ir desde el centro sociocultural hasta los servicios sociales de emergencia, parece que nunca se acaba de tener del todo claro en la práctica. A pesar de que los manuales llevan insistiendo en el asunto ya unas cuantas décadas.