Sobre las palabras con que designamos la violencia

Roberto Blanco Valdés

[La Voz de Galicia, 1 de marzo de 2009]

No hay que ser un semiólogo para saber que los nombres de las cosas no solo las describen sino que suelen connotarlas. Por eso, acertar con los nombres es mucho más que una cuestión terminológica: el nombre correcto ayuda a comprender mientras que el erróneo siembra confusión.

Afirmar, por ejemplo, que Emilio Gutiérrez -el joven que, fuera de sí, la emprendió a mazazos con uno de esos lúgubres chigres donde se brinda con chacolí cuando ETA atenta contra alguien- quizá deba dejar el País Vasco no es lo mismo que decir que quizá tenga que exiliarse. Pues quien se marcha de un sitio para vivir en libertad no se va sino que se exilia. Después de convivir con el terrorismo durante cuatro décadas sabemos que no es igual decir conflicto que violencia terrorista; y que una cosa es hablar de paz y otra muy distinta hacerlo de cese de los crímenes.

Aunque la violencia doméstica nada tiene que ver con la violencia terrorista, también aquí los nombres pueden servir como tapaderas de lo que con ellos se describe. Así, se habla cada vez más de violencia machista para describir el horror del número de mujeres (¡75 en el 2008!) asesinadas por sus parejas o ex parejas cada año. El Consejo General del Poder Judicial acaba de publicar un informe que contiene datos muy reveladores para radiografiar esa tragedia. Entre ellos uno induce a seria reflexión: que el 40% de las víctimas de violencia y de sus agresores durante el 2008 tenían menos de 36 años.

Aun descontando de ese porcentaje a los varones y los casos en que el agresor era extranjero, es fácil concluir que buena parte de las mujeres asesinadas lo han sido por españoles socializados en los valores de una sociedad igualitaria. De hecho, la dura verdad es que las cifras de mujeres muertas por violencia de género no han hecho más que crecer en una sociedad que es cada vez menos machista (si por machismo se entiende lo que dice el diccionario: «Actitud de prepotencia de los varones respecto de las mujeres»), de modo que no parece que hablar de violencia machista sea la mejor forma de comprender el problema al que nos enfrentamos y de buscar su solución.

Todo hace pensar, por el contrario, que la violencia doméstica (también la que, en menor medida, pero en una medida nada irrelevante –31 casos en el 2008– padecen los varones) es la peor, pero no la única, cara de una abierta crisis de valores, que ha determinado que la ética del respeto, la solidaridad, el trabajo y la responsabilidad hayan sido sustituida, en amplias capas de la población, por la brutalidad, el individualismo, la búsqueda del dinero fácil y la falta de decencia. Ya sé que está más de moda hablar de machismo que de crisis de valores, pero eso es también, sin duda, parte del problema.

Publicado el 2 de marzo de 2009 a las 7:00 am en 'Sociedad'.

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