Herman Tertsch
[ABC, 26 de abril de 2009]
La batalla ideológica por la posesión de las palabras no es nueva. Supongo, sin ninguna certeza, que se entabla de la forma en que hoy la conocemos con la Revolución Francesa. Supongo, insisto, en que es entonces cuando no sólo se inventan nuevos palabros y se asigna a ciertas palabras un significado distinto al que portaban antes de la caída del viejo régimen. Desde entonces siempre ha habido ofensivas ideológicas para dominar o secuestrar el lenguaje y proscribir la semántica no deseada. Lo sabemos por George Orwell, lo sabemos por Víctor Klemperer con su LTI (Lengua del Tercer Imperio) y lo sabemos por toda la deriva grotesca de movimientos ideológicos surgidos del sesentaiochismo, con vocación tan totalitaria como el comunismo, el nazismo y el fascismo clásicos.
Uno de los frentes de esta batalla se ha librado en el desprestigio por manipulación de ciertos términos. Entre ellos están por supuesto «elitismo» y «discriminación», pero también «prejuicio». Podría casi decirse que con la criminalización del contenido real de estos términos comienza una larga agonía del vigor y rigor en la voluntad de formación de los individuos que acaba desembocando ahora en una sociedad desvertebrada y hundida en la ciénaga de ese sentimentalismo intolerante, hostil al pensamiento racional, cuyos máximos representantes en España, o quizás en la tierra, podrían ser el presidente Zapatero y su ministra Aído. [...]
Publicado el 27 de marzo de 2009 en la sección 'Sociedad'.