Mala vida

José Trujillo

Dakar, 18 de febrero de 2009.

No lo dejarán de intentar. Ni las políticas de inmigración, ni el rechazo frontal de una parte de la sociedad de los países receptores, ni tragedias como la ocurrida el pasado domingo en la costa de Lanzarote evitarán que sigan saliendo pateras y cayucos. A los que les ha tocado una frustrante mala vida, se la seguirán jugando por una mejor.

Ayer, en Lanzarote, me pedían amigos y familiares que les contara a los de aquí la tragedia del domingo, que les hablara de los centros de internamiento, de las repatriaciones, ¡de la crisis! Hoy, en Senegal, también costa de tragedia en la que han muerto muchos inmigrantes, mientras observo las proas de los cayucos que apuntan a las poderosas olas que vienen de esa costa, o de cualquier parte, cumplo esas peticiones y le muestro a Mamadu la foto de portada de El País de ayer. La imagen del buzo en la neumática izando el cadáver de un niño del mar habla sin palabras más que cualquier idioma, incluido su wolof, mi español y el inglés chapurreado de ambos. Aún así, le traduzco el pie de foto: “La tragedia de la inmigración se cobra otras 21 vidas, 16 de menores” y le hablo de lo que ya sé que sabe, de las repatriaciones y demás. Me deja la cerveza en la mesa y ahora es él quien mira a la playa y a las proas de los cayucos varados, y a los enérgicos hombres que los arreglan, y a las ajetreadas mujeres que acarrean el pescado, y a los niños flacos que incansablemente corretean. Y a muchos más que ni corren, ni acarrean, ni arreglan. Son abrumadora mayoría y sentados en la playa dirigen sus miradas al cayuco que peligrosamente embiste a la mar en su partida, y al que angustiosamente se desliza por las olas en su llegada después de una jornada de pesca.

Llega un pequeño grupo de blancos a la playa y Mamadu me pregunta si no he hablado con los amigos y familiares de lo que he visto por África en los cuatro últimos meses. La pregunta va con segundas o cierto toque de ironía, pues sabe perfectamente que no se trata de desconocimiento y que las antenas que les permiten a ellos ver cómo vivimos nosotros, son iguales o parecidas a las que nos muestran a nosotros cómo intentan sobrevivir ellos. Mamadu trabaja de camarero en un albergue de Dakar y de momento no se ha planteado emigrar. Pese a que ha conocido no pocos casos de los que se quedaron en el intento –más acá o más allá- no lo descarta para el futuro y me habla de los que sí lo consiguieron y de la importancia de las remesas para los familiares que se quedaron. A diferencia de otras conversaciones sobre inmigración que he tenido con amigos y conocidos en esa otra costa, con Mamadu no hay puntos de vista opuestos defendidos con cierto acaloramiento porque además de respetar su punto de vista, lo comparto. Y él comparte mi punto de vista, de que los males que padece África no sólo vienen del blanco egoísta y explotador y de las condiciones climáticas adversas con sus mosquitos y malarias. Los dos sabemos que hay muchos problemas de África que se solucionarían sin demasiada dificultad si los países ricos realmente quisieran, pero que también hay males que se extienden por todo el continente que sólo los pueden resolver los africanos.

Por mi parte, todo claro, y no precisamente porque lleve unos meses viviendo por esta costa, es que no me cabe en la cabeza otra forma de ver el tema. Mamadu me deja con la cerveza para seguir con su trabajo y yo me quedo pensando en una imagen que no pude fotografiar en mi anterior paso por Dakar, hace unas tres semanas. Desde una minúscula ventana de lo que ahora es un museo en la isla de Goree y hace unos siglos fue una cárcel para los esclavos, pude ver una enorme patrullera de la guardia civil. Las vueltas del mundo y las de la vida con él. Hace unos siglos vinieron barcos desde Europa a estas costas para llevarse por la fuerza a millones de africanos y ahora vienen para evitar que se vayan al mismo sitio por propia voluntad. Eso sí, antes y ahora, los muertos son los mismos, los de la mala vida.

Publicado el 20 de febrero de 2009 a las 10:00 am en 'Sociedad'.

1 Comentario

  1. 19:32 | 21 febrero 2009 | Permalink

    Esta claro que nuestras economías sacaron beneficios de la esclavitud, no hay que olvidar que eran otros africanos los que hacían prisioneros para llenar esas cárceles. ¿hubiera sido diferente si los guerreros bantúes fueran los que en esa época hubieran inventado los barcos que les permitieran llegar al nuevo mundo? ¿no hubieran sido ellos los que habrían esclavizado a los blancos para que trabajaran para ellos? Hay que tener en cuenta que la esclavitud no se consideraba moralmente inaceptable entonces.

    Me parece que desterrar la idea de que los culpables de los males de África son los “malvados occidentales” nos vendría muy bien a todos. Así dejaríamos de aplazar los verdaderos problemas y en el caso de los africanos dejarían de justificarse con ese chivo expiatorio, después de cuarenta años de independencia, alcanzar su mayoría de edad política y pedir cuentas a sus propios gobernantes. Y en nuestros caso nos pondríamos a ver como debemos ayudar a los países más pobres, que necesitan de la Ayuda Internacional para salir de la pobreza, como nos pasó a todos los países que antes éramos pobres. Desde luego una de las formas sería permitirles que puedan emigrar legalmente.