Alma artificial

Mare Cabrera

Con la llegada de las fiestas navideñas y sus consecuentes anuncios televisivos, donde se nos publicitan los mil y un detalles que podemos tener con nuestros seres queridos, también apreciamos (y esto sería una buena base donde contrastar los cambios sociales, costumbres y preferencias que vamos adquiriendo) el devenir de las modas e imposiciones del mercado puramente consumista.

Recuerdo de mi infancia los anuncios de muñecas, peluches y cocinitas. Y, en el caso de los dirigidos puramente a niños, aunque luego una le robara al primo las pistolas, entretenimientos más agresivos, entre los que podíamos encontrar las mencionadas pistolas, escopetas (de plástico, pero escopetas), muñecos casi diabólicos de grandes manos y uniformes militares, coches, motos y tractores.

También tenían debilidad los Reyes Magos de entonces por el equipamiento deportivo: balones, raquetas, uniformes homologados de tal o cual equipo, que nos invitaban a practicar una vida activa y sudorosa en compañía de los amigos, aunque al final termináramos con un palo y una piedra organizando alguna trastada, a la que seguía una buena reprimenda paterna.

El otro día me llamó la atención comprobar cómo, sin que hayan desaparecido los anuncios de muñecas (hoy mucho más estilizadas, eso sí), se hacen un importante hueco los productos virtuales. Algunos están relacionados también con el deporte, sí, pero no me deja de resultar curioso cómo te pintan tan maravilloso el hecho de pasar una tarde practicando deporte en el salón de tu casa, con la babuchas puestas y agitando las manos, en aspaviento apurado intentando darle a una pelota con un mando que hace de raqueta imaginaria que aparece en la intocable pantalla dibujada de amarillito, en una cancha de tenis diseñada por genios que se han fijado con todo detalle en las reales para hacerla creíble. Diseñan, crean espacios inexistentes para que disfrutes de ellos sin moverte de casa, para que sudes como una mula sin quitarte el pijama, para que no tengas que mover tu culo del sillón, ni tengas que sacar a los niños a coger aire, y para que interactúes con la pantalla en lugar de hacerlo con el vecino. Incluso puedes mantener una conversación con una amiga (cada una desde su casa, no sea que te pegue algo) que, si se dilata en su llegada, te pide disculpas y, como excusa, te dice que estaba diseñando el traje de la muñequita que la representa en el juego de la vida real que plasma su habitación, llena de complementos que te has sacado de los previamente estipulados por los ingeniosos diseñadores de los que hablábamos antes.

Si echas de menos la brisa del mar mientras navegas en el yate improvisado en el que se ha convertido tu sillón, te pones delante un ventilador. Y si extrañas que no te salpiquen las olas espumosas, que tu madre te tire un balde de agua de vez en cuando. Y listo. Porque es una pena salir a la calle, caminar o coger la guagua, acercarte al mar y mojarte de veras. Es una lata vestirte y quedar con tus amigos; si llegas tarde no podrás ponerles la excusa de que estabas diseñando tu traje para la estelar aparición.

A mí la Navidad no me pone melancólica, pero sí me trae recuerdos de infancia. Una infancia activa, divertida, en la calle, en los enarenados de mi pueblo, subida a los árboles, rodeada de cabras, gatos y perros llenos de pulgas. De esas pulgas reales que un diseñador no podría emular. De esas pulgas que no hace falta diseñar porque ya las hay, igual que existen canchas de tenis, porterías de fútbol y brisa marina.

Publicado el 18 de diciembre de 2008 a las 9:00 am en 'Sociedad'.

4 Comentarios

  1. 16:19 | 18 diciembre 2008 | Permalink

    Es un toque distinto a la tónica habitual de esta página tan politizada y partidista. ¡Me supo!

  2. 17:31 | 18 diciembre 2008 | Permalink

    En cambio los comentarios, según veo, siguen en la misma tónica de cutrez y sectarismo. No se puede tener todo.

  3. 20:05 | 18 diciembre 2008 | Permalink

    Es que los chinijos ya no saben jugar, sólo matan el tiempo!

  4. 23:57 | 18 diciembre 2008 | Permalink

    Felicidades Mare por tu escrito