José María Ridao
[El País, 17 de noviembre de 2008]
No deja de resultar una extraña paradoja el que, al mismo tiempo que cualquier acontecimiento contemporáneo recibe la consideración de histórico, se experimente una acuciante necesidad de recuperar la memoria sobre los hechos más dramáticos del pasado, a los que se convierte en materia política e, incluso, judicial. Puede que la explicación de esta repentina y asfixiante omnipresencia de la historia se encuentre, simplemente, en que han coincidido en el tiempo las ínfulas con las que algunos dirigentes enjuician su tarea, convencidos de que hasta sus más intrascendentes decisiones quedarán inscritas en mármol para la posteridad, y la dificultad de los ciudadanos de los sistemas democráticos, y en particular los intelectuales, para identificar causas inatacables a las que servir. Sobre todo, después de que tantas causas que se creyeron dignas en el siglo XX se revelaran como trágicos errores, como fines tal vez nobles, aunque perseguidos a través de medios execrables. [...]
Publicado el 18 de noviembre de 2008 en la sección 'Sociedad'.