Matar al padre (y a la madre)

Gabriel Lavado

En la novela Nada, de Carmen Laforet, un grupo de bohemios adolescentes de la posguerra se reúnen en un estudio presidido por la siguiente cita de Homero: “Demos gracias al cielo que valemos infinitamente más que nuestros antepasados”. Como era de prever, y siguiendo con el aire verosímil de la historia escrita, la conversación de los púberes es bastante insoportable: el aire está demasiado cargado de demagogia grandilocuente. Si estos personajes hubieran adquirido vida, es razonable suponer que a las primeras de cambio se convertirían en algo igual o peor a sus progenitores, por los fofos argumentos que manejan contra ellos.

Cioran decía que daba gracias por haber sido un adolescente retraído, quizás para que la posibilidad de pavonearse no hubiera estado disponible como vía de huida en el momento en que debía dejar atrás la niñez y decidir qué quería ser como hombre. Y parece que le resultó, aunque muchos le pudieran suponer un final trágico, a razón de lo que escribía.

A día de hoy, no es fácil distinguir el momento en que a los niños les toca decidir, ya que desde los primeros balbuceos a los padres les da por suponer que ese niño, de un modo u otro, ya es, ya sabe lo que quiere. Tratándolo prácticamente a partir de entonces como un igual. Luego, paradójicamente, es perfectamente posible que los mismos progenitores tengan sobre el aparador la foto de una niña guatemalteca a la que apadrinan, para que pueda disfrutar de una infancia como dios manda.

Un psicólogo me dijo una vez que desde el momento en que los padres tenemos hijos debemos estar preparados para dejarlos marchar. De entre todas las gilipolleces new age que me contó, quizás fuese esa la más salvable. No porque sea razonable que uno tenga que pensar en la despedida cuando recoge a su bebé aún sangriento y apestando, pero sí porque la posibilidad de la partida, de verdad, del hijo o hija, parece que ha sido descartada de entre las opciones por gran número de eternos papis.

Las consecuencias de eso son variadas, dependiendo entre otras cosas de la condición social de cada cual. Pero quizás hay un popular adjetivo que sirve bien para resumir a grandes rasgos el resultado: toletes. Y, ¡uy perdón!, toletas.

Cuando alguien me dice que muchos toletes están encantados de la vida tras, por ejemplo, haber sido enchufados por sus papis en cualquier ayuntamiento de esta isla, yo me consuelo pensando que casi ninguno es tan tolete como para no ir dándose cuenta del precio que tendrá que pagar por su dependencia: todo un laberinto de apestosillos sentimientos de rencor por no haber podido llegar a ser todo lo que cada uno pudo ser.

En ese punto, uno puede dejar que la sabia naturaleza vaya convirtiendo el miedo en vacío o, bueno, podría intentar desenredar el ovillo escribiendo como Kafka una Carta al padre, empezándola, como él, de esta manera:

“Querido padre: Hace poco, una vez, me preguntaste por qué decía yo que te temía. Como es usual, no supe contestarte, en parte justamente por el miedo que me inspiras, y en parte porque los detalles que fundamentan ese miedo son demasiados, muchos más de los que podría hilar medianamente mientras hablo”.

Publicado el 28 de noviembre de 2008 a las 9:00 am en 'Sociedad'.

1 Comentario

  1. 19:49 | 30 noviembre 2008 | Permalink

    Interesante reflexión, esta del señor Lavado.