[El Mundo, 26 de noviembre de 2008]
A mí me sucede lo mismo que al Papa de Roma: no soy relativista. De ahí que considere que la explicación del mundo que ofrece la religión tiene mucho menos valor que la que ofrece la ciencia. Esta conclusión no es en absoluto sofisticada, y está al alcance de cualquiera capaz de reconocer lo que ha aprendido rezando y lo que ha aprendido fijándose. A diferencia de las personas religiosas, yo estoy siempre dispuesto a revisar mis convicciones; y las revisaré en cuanto un avión logre elevarse mediante el rezo y excluyendo la aplicación simultánea de determinadas fórmulas matemáticas. Hasta tal punto no soy relativista que considero que el cristianismo es superior a cualquiera otra variante de la religión o la superstición. Por cierto: que tengo que distinguir entre una y otra obligado por el diccionario de la Real Academia, tan escandalosamente relativista que define la superstición como «creencia extraña a la fe religiosa y contraria a la razón» (como si razón y fe fueran dos paradigmas en igualdad de condiciones, frente a los que la superstición se define) y que en su segunda acepción, la de «fe desmedida» (gracioso pleonasmo), tiene la caradura de proponer el ejemplo «superstición de la ciencia».
Es obvio para cualquiera dotado de ¡buena fe! que el espacio público de las democracias no es la suma de las creencias de sus individuos, sino el resultado de su ausencia. Algunos derechos elementales del hombre, como el derecho a la salud y a la educación, se gestionan ahí. El espacio público, además, no sólo es el que se gestiona con dinero público. Cualquier colegio es un lugar sujeto al consenso social: y su expresión es la inevitable homologación de las titulaciones: la sociedad exige pilotos que no suban los aviones con avemarías. Ningún colegio (privado o público) puede organizar su proyecto en torno a los paradigmas de que Cartago venció a Roma o que dos y dos depende. Del mismo modo es incomprensible que la religión sea una asignatura cuyo máximo objetivo pedagógico es oponer el Arca de Noé a Darwin. Estoy de acuerdo con los teístas más apasionados: la fe sólo puede sentirse, no enseñarse.
La ministra de Educación declaró anteayer que cada colegio puede hacer lo que le parezca con los crucifijos. Que depende del público. También en el sistema de convicciones socialista la verdad es un cálculo de probabilidades. Sólo que electorales.
(Coda: «¿Está el lado oscuro hablándonos? Una concatenación de sorprendentes resultados de la sopa de letras de los satélites y de experimentos diversos ha dado lugar a que un número creciente de astrónomos y físicos sospechen que están llegando señales de la materia oscura, que alcanza un cuarto del Universo y que hasta ahora ha eludido la detección». Herald Tribune, 25 de noviembre.)
Estando de acuerdo con buena parte del artículo, hay un punto en el que discrepo profundamente. Y es cuando dice:
Porque se me ocurren muchísimas religiones, sectas e incluso supersticiones que han hecho menos daño y han sido menos perjudiciales para la humanidad, en todos los sentidos.
Tal vez respecto al islamismo o al judaísmo, el cristianismo salga ganando… pero poco más. Los valores inculcados por la iglesia cristiana, en sus diversas variantes, siguen hoy muy en boga, incluso entre quienes se declaran profundamente ateos. Son esos valores los que nos han convertido en una especie egoísta, insolidaria, redomadamente hipócrita y tendente a hacer el bien sólo cuando intuímos algún premio personal con ello (llámese cielo o cualquier otra cosa). Es posible que el cristianismo, en sus orígenes, promoviera enseñanzas positivas… pero la iglesia, con su ejemplo y con su actitud, constantemente cercana a los poderosos y haciendo gala de su nauseabunda doble moral, contribuyó a hacer del mundo un lugar mucho peor de lo que sin ella pudo ser.
Me parece un ejercicio de extrema soberbia, pensar que somos el cenit de la vida.
…detrás de un “liberal” subvencionado siempre hay un frustrado soberbio…