¡Es la economía, estúpido! Se dice que partiendo de esa frase alcanzó Bill Clinton la presidencia de Estados Unidos. Y en las mismas seguimos, porque hoy se dice que Barack Obama debe su reciente victoria electoral al hecho de que la economía volviera a ocupar el primer plano de la actualidad. Puede ser; pero yo me pregunto si en algún momento había dejado de ser la economía el principal motivo de nuestros desvelos.
Parece que la preocupación por la economía esté hoy más justificada que en otras ocasiones: hay acuerdo general en que estamos sufriendo la más grave crisis económica desde la Gran Depresión, desde el crack del 29. Una crisis “de proporciones históricas”, dice Obama. ¿Constituye realmente una crisis “de proporciones históricas el que economías tan ricas como las nuestras estén un par de años sin crecer? En Japón se han pasado así más de una década y, la verdad, no da la impresión de que haya sido una catástrofe: la japonesa continúa siendo una de las sociedades más ricas y más avanzadas tecnológicamente del mundo.
Se me dirá que no es baladí que no crezca la economía, que hay muchas personas que van a sufrir las consecuencias de la crisis. Es cierto, pero también lo es que la cantidad de quienes lo van a pasar a mal en los países ricos no depende fundamentalmente de la riqueza de la sociedad, sino de cómo se redistribuye. Por ese motivo será mucho mayor el porcentaje de los damnificados por la crisis en EE. UU. que en países europeos bastante menos ricos. Porque ya es hora de aceptar que el crecimiento económico no elimina automáticamente la pobreza ni las desigualdades. España es una buena prueba de ello: hemos estado doce años creciendo por encima del tres por ciento, y la desigualdad entre los que más tienen y los que menos se ha incrementado en lugar de disminuir. Tres legislaturas de fuerte crecimiento económico –dos del PP y una del PSOE– no han servido para disminuir la desigualdad entre los más favorecidos y los más necesitados. Han sido doce años felicitándonos por lo mucho que crecía nuestra economía, y sin que apenas nadie se preocupara por lo poco que se redistribuía la riqueza generada.
El caso es que la riqueza de las sociedades europeas y norteamericanas resulta más que suficiente para eliminar de una vez por todas la pobreza. Si no se ha logrado, ni se pretende, es porque la mayoría no está por la labor de asumir el coste para su bolsillo. Por lo tanto, resulta ridículo sostener que la causa de que muchos ciudadanos lo vayan a pasar mal reside en que la riqueza no aumente durante uno o dos años.
No, el problema es otro. Si la crisis se tiene por tan grave no es por lo mal que le vaya a ir a la minoría más necesitada de la sociedad. Porque nuestra sociedad se rige también en esto por la regla de la mayoría, por esa mayoría que poco sufrirá durante la crisis, pero cuyo principal objetivo en la vida parece ser comprar algo más que ayer, pero algo menos que mañana. Y es cierto que para buena parte de esa mayoría se terminó la fiesta, aunque no se terminaron las deudas contraídas en el festín, así que algo habrá que apretarse el cinturón. No será mucho, pero al pueril consumidor occidental se le antoja una crisis “de proporciones históricas”. Porque apenas nada sabe de historia; porque si supiera, tendría que aceptar que lo suyo es puro lloriqueo, que para crisis las de antaño, cuando no sólo había que apretarse mucho más el cinturón, sino que estaba en peligro hasta la supervivencia. La mayoría acomodada de las sociedades occidentales se ha acomodado de tal manera que cualquier contratiempo que afecte a su bolsillo le resulta insoportable.
¡Es la economía, estúpido! Pero no sabe uno si el factor determinante en la ecuación es la economía o la estupidez. Aunque sí sepa que en verdad hay una minoría que lo pasará mal, y que a la mayoría poco le importará, que seguiremos hablando del crecimiento de la economía, pero seguiremos callando sobre la redistribución de la riqueza.