De entrada descartamos lo de que no existirían los frescos de la Capilla Sixtina si un papa no hubiera realizado tal encargo, ya porque se sintiera conmovido por las guerras, por la hambruna, o la peste que asolara Europa.
No siendo la Iglesia la autora del encargo de la ONU a Miquel Barceló, y sí habiéndolo efectuado para la catedral de Palma de Mallorca, pues a lo mejor toca en esta última alguna responsabilidad. El actual contexto social, la figura de la Iglesia en el siglo XXI, y algunos hechos más, me hacen pensar que lo de Palma no resulta muy católico, siempre que por ello se haya pagado dinero a un artista, y mucho menos es comparable al momento histórico del autor de la obra vaticana. Ni siquiera el resultado estético resulta comparable, ni el de las emociones que transmiten, ni el del entendimiento de las claves.
Si quien paga es la ONU, y lo hace con partidas de ayudas al desarrollo, igual no es censurable que le paguen a Barceló, ni que éste lo acepte. Lo que se pone en cuestión es la legitimidad de que quien paga deba seguir siendo responsable de gestionar los fondos de ayuda al desarrollo de los países, pueblos y personas que carecen de techo alguno, y que ni mucho menos tienen a alguien que se los pinte.
En el fondo, también cuestiono al autor, porque su contribución a la historia del arte, en lo que a este tema se refiere, quedará preñada de un enorme agujero en el estómago de ¿miles? de personas. Cadáveres que irán al idealizado cielo de Barceló, chorreteado en el Palacio de las Naciones de Ginebra.