No fue el calentamiento global, ni tampoco una nueva era glaciar. No fue la tercera guerra mundial, ni tampoco un asteroide que chocase contra el planeta. No fue la superpoblación, ni tampoco una invasión extraterrestre. Ni un virus mortífero, ni un tsunami devastador, ni terremotos, ni volcanes. No, no fue nada de eso. Lo que acabó con el mundo tal y como lo habíamos conocido hasta entonces no fue ninguna de esas catástrofes profetizadas por escritores y guionistas de ciencia ficción. En realidad fue algo mucho menos espectacular, aunque igualmente devastador. Lo que acabó con todas las civilizaciones, transformando drásticamente al ser humano, –no sin antes llevarse por delante a cientos de millones de víctimas– fue algo tan aparentemente ridículo, y por ello tan inimaginable, como el fin del dinero. El colapso y brutal devaluación de todas y cada una de las divisas.
Todo empezó de la forma más inocente. En el año 2008, y en el mismo centro financiero del mundo, ubicado en la nación que por aquel entonces sojuzgaba al planeta con su incontestable poder –recordemos que por aquel entonces los seres humanos vivíamos divididos y separados por naciones estanco independientes entre sí– los primeros síntomas de lo que luego sucedería empezaron a dejarse notar en forma de bruscas devaluaciones de algunos valores bursátiles. Al principio nadie se alarmó demasiado. Este tipo de cosas, sin ser habituales, tampoco eran rarezas. La fe depositada en el capitalismo por los gobiernos y economistas era inquebrantable. Aquellas cosas se tomaban como ligeros resfriados del sistema, desajustes normales provocados por las fricciones económicas naturales, que por sí solas alcanzaban un nuevo equilibrio.
Sin embargo, en aquella ocasión el equilibrio jamás llegó. En los parques de las bolsas del mundo la única palabra que se oía era “vendo”, y en los sucesivos meses todo fue terriblemente a peor, llevándose por delante entidades financieras otrora intocables, además de provocando la quiebra de la primera de las naciones en peso, Islandia. Un crack en toda regla. Fue entonces cuando los gobiernos de la mayoría de naciones empezaron a tomarse aquello verdaderamente en serio. Pero era demasiado tarde. Inyectando liquidez en el sistema, a través de bancos y cajas, pensaron que la cosa acabaría resolviéndose. Ignoraban que aquella liquidez no valía nada. El valor del dinero ya había caído en picado, aunque todavía no lo reflejara ningún gráfico. Esto quería decir que comprar acciones bancarias con los fondos públicos de cualquier Estado por valor de 50.000 millones de euros en la práctica equivalía a comprar un montón de nada con otro montón de nada. La intentona no podía ser más inútil.
Después del primer crack vino otro, y luego otro, y otro más. A finales del 2010 cualquier economista mínimamente avezado era consciente de que aquello no tenía remedio. El valor del dinero depende de la fe depositada por la gente a la hora de creer que ese dinero vale lo que se supone que vale. Y esa fe se había desvanecido como por arte de magia.
Lo curioso era que en teoría todo seguía funcionando igual que antes. Los mismos sistemas de producción, las mismas industrias, los mismos productos y los mismos potenciales clientes. Sin embargo, faltaba el elemento que hasta entonces había servido para coordinar y engrasar todo aquel gigantesco engranaje. Sin dinero los humanos no éramos capaces de llevar a cabo las más elementales relaciones contractuales o comerciales, así que el sistema se desmoronó.
Por supuesto, la catástrofe fue monumental. En el 2012 ningún Estado del mundo seguía funcionando como tal, y los seres humanos hubimos de encontrar nuevas formas de convivir entre nosotros. El cultivo de la tierra y la capacidad de acceder directamente a los alimentos, terrestres o marinos, se convirtió en la preocupación fundamental, así como la búsqueda de sistemas energéticos que permitieran, cuanto menos, potabilizar agua salada en las islas y zonas costeras. Pero claro, todas aquellas gigantescas ciudades con cientos de miles o incluso millones de habitantes estaban adaptadas para otro tipo de vida. Allí no había comida para tanta gente y en medio de aquel caos el transporte de los alimentos se tornó bastante deficitario, a pesar de los esfuerzos de muchos por organizar nuevos órdenes que permitieran la subsistencia como fuera.
Cientos, miles de millones murieron. Innumerables ciudades quedaron abandonadas, propagándose terribles epidemias que empeoraron aún más la situación. Durante algún tiempo pareció que el destino de la raza humana no podía ser otro que el retorno a las cavernas, la involución hacia eras ya olvidadas.
Sin embargo no fue así. De algún modo conseguimos superarlo. Con el trueque como sistema económico universal –el término dinero se convirtió en tabú– poco a poco conseguimos acceder y restablecer, aquí y allá, tecnologías que nos ayudaron a comunicarnos y sobreponernos. Empezó una nueva era, una era de prosperidad en la que el valor de las cosas se mide según criterios racionales, no en función de lo que unos cuantos especuladores convienen. Aprendimos la lección, y ahora, sin el dinero a nuestro alrededor socavando constantemente nuestras voluntades, somos capaces de entender y percibir el coste real de los productos que producimos. Estamos más cerca del planeta tal cual es, más cerca de nosotros en cuanto a especie, más cerca de muchas cosas que antes ni siquiera sabíamos que existieran. Ahora, por fin, no hay nadie en ningún lugar fantaseando que algún día sea el fin del mundo conocido. Porque no lo necesitamos.