Después del pronunciamiento del Parlamento de Canarias sobre los desatinos del periódico El Día, lo que más me llamó la atención fue el titular del editorial que al día siguiente, jueves, publicó La Provincia: “Ha hablado el pueblo soberano”. Grandilocuentes palabras. Lástima que se compadezcan tan mal con la realidad. Porque la realidad es que el pueblo soberano no ha dicho ni pío.
Parece que son muchos los que acabaron por creerse aquello de que la democracia que tenemos es “el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”. Cuesta imaginar que se lo creyera el propio Abraham Lincoln, quien de todas formas tuvo mucho cuidado en no utilizar el término “democracia” en su breve y famoso Discurso de Gettysburg. Seguro que no lo hizo porque conocía la opinión que de la democracia tenían los Founding Fathers –Padres Fundadores– de los Estados Unidos: “Las democracias siempre han ofrecido el espectáculo de la turbulencia y de la discordia; se han mostrado siempre enemigas de cualquier forma de garantía a favor de las personas o de las cosas” (James Madison en El Federalista).
En efecto, los federalistas norteamericanos fueron también muy cuidadosos para evitar que el “pueblo soberano” pudiera gobernar. Y tuvieron un notable éxito en su empeño, que se plasmó en el que probablemente sea el documento político más importante de los últimos siglos: la Constitución de los Estados Unidos de 1787.
No es que por aquel entonces fueran tampoco muy optimistas sobre las posibilidades de la democracia los demócratas más radicales: “No ha existido nunca verdadera democracia, y no existirá jamás. Si hubiese un pueblo de dioses, se gobernaría democráticamente. Mas un gobierno tan perfecto no es propio para los hombres” (Jean Jacques Rousseau).
El gobierno del pueblo, que no otra cosa significa el término “democracia” en la lengua griega de la que procede, no era, según las opiniones, posible o deseable. Y a lo que parece, sigue sin serlo. Sin embargo, con el tiempo acabamos conviniendo en denominar democracia a un sistema de representación política en el que unos pocos gobiernan sobre los muchos. Es cierto que el “pueblo” condiciona la acción política con sus votos y, lo que es más importante, que con ellos puede acabar con el gobierno, pero de ahí a decir que el pueblo gobierna va un buen trecho: el que separa la realidad de la fantasía.
La democracia representativa en la que vivimos no es, ni de lejos, un sistema que se caracterice por ser “el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”, que decía Lincoln –tampoco lo era en el momento en que lo dijo–. No obstante, parece que continúa existiendo esa mala conciencia con una democracia que se distingue por no ser democracia. Dicho de otra forma, parece que la democracia representativa sigue llevando el estigma de su comparación con la democracia ateniense, como ejemplo habitual de lo que se tenía por democracia directa –aunque resulte cuando menos discutible que en el Ática de la época gobernara el pueblo–.
El caso es que pese a los éxitos de la democracia representativa durante los dos últimos siglos, pese a que todos los intentos de instaurar una democracia directa hayan terminado en sonoros fracasos y que, por lo tanto, sepamos que la democracia directa resulta de imposible aplicación en sociedades del tamaño de las actuales, lo cierto es que el sistema parece no librarse del “pecado original”. Y para ocultarlo, más que para purgarlo, pues nos damos a fórmulas rituales que, claro está, desvirtúan la realidad: “Ha hablado el pueblo soberano”, porque estamos en una democracia, y una democracia es “el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”.
Las piadosas plegarias de la religión civil a fin de evitar el reconocimiento de lo que sabían perfectamente tanto Madison como Lincoln, y que hoy sabemos la mayoría, aunque también sabemos que está feo decirlo: aviados estaríamos si gobernara el pueblo.
Lo más claro que está es que el pueblo no gobierna, pero no entiendo por que estaríamos mal si gobernara el pueblo, estaríamos en una democracia de verdad y para mi sería bueno.
Para saber que pasaría si fuese el pueblo el que gobernara, tan solo hay que ir a una reunión de vecinos de cualquier comunidad o edificio. El egosismo, el barrer para casa, el quejarme por quejarme, etc produciría que hacer funcionar el sistema sería una empresa imposible. Como decía Maki navaja: “la masa (es decir, el pueblo) es un ser sin mente que necesita que alguien le diga lo que tiene que hacer”
Yo lo que creo es que en tiempos de Rosseau o de Lincoln era tan absurdo pensar en un verdadero gobierno del pueblo, como imaginar que alguna vez la alfabetización superaría el 20 por ciento. O que alguna vez existiría algo llamado internet que nos permitiria comunicarnos instantáneamente por lejos que estuviéramos los unos de los otros. La humanidad evoluciona, y lo seguirá haciendo si no acabamos con el planeta antes. Esa mentalidad de que es contraproducente ceder el gobierno al pueblo, que entiendo desde un punto de vista histórico, quedará completamente obsoleta cuando se demuestre que es mucho más ineficaz y traumático para una sociedad vivir pastoreada por unos pocos — traumas que sufrimos todos los días, aunque los hayamos normalizado, imaginándolos males menores– antes que repartir responsabilidades políticas entre muchos. Algún día el gobierno de las ciudades dejará de entenderse como una forma de poder y, en cambio, se asumirá como la necesidad de convivir de la mejor manera posible. Desde ese punto de vista eminentemente funcional, será inevitable convenir que las decisiones que atañen a cuantos componen una sociedad, siempre y cuando se trate de una sociedad compuesta por personas educadas (en el amplio sentido del término), deben tomarse entre todos sus miembros. El condicionante educativo es importante, porque para mí marca la diferencia entre ese “aviados estaríamos si gobernara el pueblo” y un mucho más esperanzador “el pueblo gobernará el día que no exista como pueblo, sino como una suma de individuos no alienados y plenamente conscientes de su condición en tanto seres libres y capaces”.
Fernando, yo creo que el ejemplo de la comunidad de propietarios que pone Revolussion está bastante bien traído, porque es el ejemplo de democracia directa más evidente y generalizado que tenemos. Y como él deja claro, funcionan como funcionan las reuniones de esos vecinos. En la mayor parte de los casos, funcionan delegando el funcionamiento en un profesional al que pagan, en el administrador de fincas, para evitarse el trabajo que la participación en los asuntos colectivos supone.
La democracia directa y la visión republicana de la democracia tienen ese problema: necesitan ciudadanos virtuosos para funcionar. Por lo tanto, son fórmulas de imposible implementación cuando la mayoría de los ciudadanos no está por la labor de participar. ¿Cuántos ciudadanos en nuestras sociedades están dispuestos a tomarse el trabajo de participar? Pues depende de las sociedades, pero imagino que convendremos en que en las más participativas difícilmente sobrepasan el diez por ciento y que en las menos, como la española, ese diez por ciento parece un sueño.
Para mí, el ideal republicano de la democracia resulta claramente más deseable que el liberal, pero ¿cómo lo ponemos en marcha si el noventa por ciento de los ciudadanos prefiere dejar las cosas en manos del administrador, esto es, de los políticos profesionales? Pues aceptando la realidad de que lo que nos gustaría que ocurriera no ocurre y que, en consecuencia, la visión liberal de la democracia, la democracia representativa que tenemos, se demuestra bastante más realista que la utópica visión republicana. Por lo que a la democracia directa se refiere, simplemente diría que si difícil resulta hacer funcionar una comunidad de vecinos, prácticamente imposible es que participen directamente la mayoría de los ciudadanos en la toma de decisiones cuando la comunidad se convierte en una sociedad de cientos de miles o de millones de personas.
¿Que todo esto es un problema de educación? Pues ojalá. Pero, francamente, lo dudo. Vivimos en las sociedades más educadas que ha conocido la Historia, y no parece que al personal le esté dando por participar mucho en la cosa pública. Para mí, como decía, es cuestión de aceptar la realidad, de aceptar que la mayoría de los ciudadanos prefiere dejar en manos de los profesionales la gestión pública. Y, desde luego, están en su derecho. Y eso no significa, ni mucho menos, que todos esos ciudadanos estén “alienados” o no sean “conscientes de su condición”, sino simplemente que prefieren dedicar su tiempo a otros asuntos, entre otros el de despellejar al político al que pagan. El caso es que mientras eso no cambie, y no tiene pinta de cambiar, para mí que te puedes ir olvidando de la democracia directa más allá de los buenos deseos.
alguien está viendo, ahora, a las 22:20 el programa de tve2 Canarias “59 segundos”…
..pos- eso pepito
yo a esa hora estaba viendo en tele local a Nuria con Manolo pepsicola rajando contra Espino, los asesores, Manuela y toda la basca. Al final Manolo dijo que la mejor alcaldesa que ha tenido Arrecife en toda la historia fue la Peluda, me parto.