Haber conseguido gran parte de las metas vitales y ser infeliz es ya un clásico. El siguiente paso es despotricar de la psicología y luego de la psiquiatría. Para al menos para aspirar a combatir este mal, La Tentación de la Inocencia, de Pascal Bruckner, debería ser libro de referencia en la enseñanza secundaria. En él, el ensayista francés pone a caldo a toda esta parte de la humanidad que se regodea en su papel de víctima lacrimógena ante los avatares de la vida, en un viaje a toda pastilla de vuelta a la infancia.
Las ventajas de autoproclamarse víctima son evidentes. Como de mis males la culpa siempre la tienen otros, yo puedo actuar irresponsablemente y aun así conservar mi dignidad y mi derecho a la pataleta intactos. Ejemplos hay probablemente cientos: fumadores que culpan a las tabacaleras de su vicio, hipotecados que chillan contra sus bancos por haber cedido a sus peticiones, etc.
Por otra parte, en algunos pasajes el texto de Bruckner produce algo así como un vértigo placentero. Es cuando nos pone en las narices lo que siempre nos empeñamos en ocultarnos: somos libres, ergo tenemos un problema. Y sólo comportarnos como niños engreídos que nunca son responsables de lo que hacen nos alivia el peso de tener que elegir entre infinidad de dilemas, cada uno con sus imprevisibles consecuencias. Es un alivio en la lectura comprender las raíces de ciertos dolores de fondo, pero los dolores siguen ahí, al fin y al cabo. “¡Es la libertad, estúpidos!”, se podría decir.
Resulta cómico, además, cómo la realidad parece empeñada en darle ejemplos al francés. Durante buen número de páginas, nos explica cómo, en un mundo en el que todos estamos empeñados en asignarnos el papel en combatir en victimismo, el genocidio judío se ha convertido en la vara de referencia para medir el dolor. Así, cada dos por tres, mandatarios de todo el mundo que quieren justificar tropelías, alegan ser víctimas –o protectores de otras víctimas- de un genocidio.
Así lo hizo Putin para justificar su bestial reacción a la metedura de pata del presidente georgiano. Cuando el mandatario ruso calificó la primera ofensiva de su rival de genocidio, lo que quería decir era algo así como: “tenemos el carnet de víctimas debidamente cumplimentado, por lo cual estamos legitimados a actuar como nos plazca”
Días después, creo que fue Evo Morales el que calificó de genocida a un gobernador rival por haber estado supuestamente detrás de la matanza de doce personas. Al fin y al cabo, ¿qué son doce asesinatos?… nada al lado de un flamante genocidio.
[...] escribía Luis Arencibia sobre el victimismo en este blog. Y ayer escribía Almudena Grandes sobre víctimas en su columna de El País: “¿Nos [...]