Érase una vez una cinta métrica que aspiraba a medir algo más que bajos de pantalón y mangas de camisa. Agobiada por colgar a diario del cuello del modisto y reducir su existencia a la medición de patrones, se animó a buscar un empleo más valorado. Una amiga de la corsetería de al lado le dijo que pidiera trabajo en la Dirección General de Costas, porque desde que se aprobara la nueva ley de deslinde marítimo-terrestre las cintas métricas estaban muy demandadas. Según le confío, era un trabajo bien pagado, sencillo y muy gratificante. Escribió las tres líneas de su experiencia laboral en un papel y se dirigió a la entrevista personal.
Con los milímetros repasados con tinta y estirada hasta el dolor, nuestra cinta métrica cruzó la puerta de la habitación, donde la esperaba un hombre de mediana edad que enseguida se dio cuenta de que estaba frente a una cinta métrica de estilo clásico. Pronto se quedaría prendado de la claridad y la sencillez de sus líneas.
La cinta métrica respondió con soltura a todas las preguntas, aunque hubo una que le sorprendió: “¿Tiene usted problemas de conciencia?”. Ella, por su puesto, dijo que no. A las dos semanas, la llamaron para la primera prueba, que consistió en medir la distancia que separaba el mar de un lujoso chalet de dos plantas. La primera jornada fue agotadora, porque se extendió unas 88 veces y quedó en varias ocasiones atrapada bajo la arena.
Pronto le cogió el tranquillo al asunto, pero al igual que se encontraba cómoda en su trabajo, tenía la sensación de que no era bien recibida allí donde la mandaban extenderse. Sobre ella caían miradas impacientes y llenas de incertidumbre, y cuando rozaba el frío cemento de una construcción tras metros de arenosa calidez y resultaba que sólo se había extendido 100 veces, alguien la menospreciaba, ponía en duda su honradez y hasta en varias ocasiones la zarandearon y tiraron al suelo con infinito odio.
Tras dos meses enteros de intenso trabajo por el litoral este de Lanzarote, la cinta métrica no podía quitarse de la mente los ojos enrojecidos de un pescador que oyó que le preguntaba a sus jefes: “¿Mide esa cinta los años que llevamos viviendo aquí? ¡Esta casa la levantó mi bisabuelo hace cien años!”.
Nuestra protagonista comenzó a preguntar a algunas de sus compañeras detalles de su trabajo, porque ante todo necesitaba saber para qué servían sus mediciones. Ninguna de las compañeras supo contestarla con exactitud y todas daban versiones dispares: “Creo que es para saber si la playa está perdiendo arena…”. “Me parece que quieren saber si se puede ampliar un camino…”.
Al final se rindió y decidió seguir con su rutina sin cuestionarse si era o no perjudicial para la sociedad, hasta que un día en una misma tarde tuvo que medir el trazado del mar a una pequeña casita donde vivía el señor más arrugado que había visto nunca y la distancia del mar a un lujoso hotel de mármol rojizo que ensombrecía la playa.
Se extendió en ambos casos 59 veces. Pero su medición no pareció ser interpretada de la misma manera. Mientras a uno le daban 15 días para desalojar la vivienda, a los otros les hablaban de presentar alegaciones y otros trámites que alargarían el hipotético proceso de demolición. La cinta métrica no comprendía nada. Si su medición decidía sobre el futuro de esas edificaciones, ambas deben correr la misma suerte pensaba una y otra vez. Inquieta y molesta se dirigió a su jefe y le pidió una explicación. Éste le dijo:
-“Hija mía, no eres tú sólo la única vara con la que se miden las cosas”
Los políticos son los maestros de la ambigüedad, condición que la llevan hasta sus últimas consecuencias en la elaboración de las leyes “ad hoc”.
Esta situación nos conduce a situaciones variopintas, como las expresadas en el artículo.
Yo propongo que Costas tire todo lo que esté en el dominio público sin excepción. Las casitas de pesacadores son tan molestas como lo puede ser un hotel. Igual que me molesta que las tumbonas de la playa o los chiringuitos me impidan el paso o me obliguen a buscar otro sitio donde poner la toalla, me molesta que fabriquen a menos de 200 metros de la costa (ciudadanos o empresarios). No es cuestión de mediciones, sino de normas que hay que cumplir.
precioso cuento .lleno de realidad ,gracias clara
ES CIERTO, LA PLAYA GRANDE DE PTO DEL CARMEN SOLO ES UN CIELO DE SOMBRILLAS, Y TUMBONAS, NO PUEDES PONER LA TOALLA EN SITIO ALGUNO, TODO ES DE AYUNTAMIENTO, ES EL DUEÑO DE LA PLAYA, ESO ES INAUDITO, NO PUEDE SER, ESO ES DE TODOS Y PARA TODOS, LA PLAYA ES DISFRUTE DE TODOS Y LA ARENA TAMBIEN.
Se me han puesto los pelos de punta pensando en esa pobre cinta métrica. ¿está ahora en el paro o sigue haciendo lo que muchos, es decir, trabajar contra su conciencia para pagar la hipoteca?