Alguien dijo una vez que una sociedad sólo es sostenible cuando puede satisfacer sus necesidades sin disminuir las posibilidades de las generaciones futuras. Otro, vino a decir algo parecido cuando dijo que la propiedad de La Tierra es de las generaciones futuras, quedando, para nosotros las presentes, únicamente su uso y disfrute. De ello habla también la Unesco y yo, hasta hace poco, siempre creí que esa máxima estaba muy presente en las decisiones que tomaban nuestros políticos. A la vista de la realidad es evidente que no han pensado mucho en ello últimamente, ni dentro ni fuera de España, nuestros políticos. Así, pensando poco en las generaciones futuras, la actual ley de Educación recorta las horas asignadas a dibujo, artes plásticas y audiovisuales, y al Gobierno de Canarias como medida brillante frente a la crisis, no se le ocurre mejor cosa que recortar aún más en horas y calidad, asignando las pocas que quedan a profesores de otras materias ya contratados. Imagino al ocurrente cerebro de la consejería razonando de esta guisa: “total… para perder el tiempo pintando boberías cualquiera vale, así todos estos van al paro y nosotros nos ahorramos algo”. Lástima que no pensaran en bajarse el sueldo, el mismo que se subieron en marzo pasado en tan desproporcionada y subrepticia manera.
No obstante, es posible que a algunos les parezca acertada la medida y a otros poco menos que baladí, pero, ¿se han parado a pensar cuantos arquitectos, delineantes, pintores, diseñadores, rotulistas o escultores de hoy descubrieron su camino en aquellas clases de dibujo y artes plásticas de cuando eran niños, gracias, sobre todo, a la dedicación y el amor que en ellas ponían sus profesores? Quien no recuerda, de pequeño, aquellas libretas inmensas con el discóbolo griego en la portada donde nos hacían pintar bodegones, cuidar la incidencia de la luz o la sombra de la manzana, y jarrones con margaritas, y castillos fastuosos, y calles rectas que se perdían en el infinito y cipreses que se alejaban y letras en relieve para aprender a dibujar la perspectiva; quien no ha construido figuras con trabas de tender la ropa, quien no ha pintado murales con manos a siete colores. Claro que, la mayoría, de mayores, ni pintamos ni diseñamos ni proyectamos casas… ¿a dónde van a parar esas clases? Quiero pensar que a esa parte no mesurable que hace de cada persona un ser distinto y único que se descubre a sí mismo a cada paso, cuando es todavía un niño. Quiero pensarlo, pero como no soy psicólogo ni educador ni pedagogo a uno fui a preguntarle.
Al parecer, los niños, incapaces de dominar con soltura el lenguaje, se expresan emocionalmente en sus dibujos. El dibujo es para un niño su primera gran obra, su primer gran tesoro creativo. En lo que pinta el niño se descubre y habla sobre sí mismo: los trazos, los colores, su manera de gesticular, las reacciones ante determinadas imágenes. El dibujo, en el niño, es psicomotricidad, es expresión de emociones, sentimientos y sensaciones, es lectura y es escritura, es confianza en sí mismo, es creatividad, es formación de su personalidad, es madurez psicológica, es comunicación con los demás y consigo mismo.
Pienso en ello y veo lo que están perdiendo nuestras generaciones futuras; pienso en los veinte años de gobierno que llevan los mismos aquí, siempre a la cabeza en fracaso escolar en el país: con decisiones como ésta empiezo a comprender por qué. Nuestros hijos, las generaciones de niños canarios que pasado mañana tendrán que decidir no “pintan” nada para la generación que hoy manda. Coyuntura propicia, enquistado conflicto con el profesorado, recorte en humanidades en todos los ciclos, y ahora cargan también contra los pocos reductos que aún quedaban ajenos al calculo, a la técnica y al mercado en la enseñanza. ¿No será que sus hijos van hoy a colegios e institutos privados donde la crisis ni se asoma, y mañana irán a universidades que no son ni la de La Laguna ni la de Las Palmas? Sinceramente, no lo sé, sólo digo, a quienes quieran oír: por favor no permitan que nuestros niños dejen de pintar.