Para nuestra desgracia, hemos terminado por asumir como normal el hecho de que los políticos a los que votamos nos mientan. Esa parece ser la razón de que los medios de comunicación se hayan abstenido de escribir que la vicepresidenta del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega, mintió al desautorizar al ministro de Trabajo, Celestino Corbacho, y al afirmar que el Gobierno “mantiene exactamente la misma política de inmigración”.
No, señora. Zapatero nombró ministro a Corbacho precisamente para que cambiara la política de inmigración. Y el nuevo ministro lo dejó bien claro en cuanto fue nombrado y declaró que la política de inmigración de Caldera estaba “amortizada”. Por supuesto, la Vicepresidenta lo sabe perfectamente, por eso lo primero que le recriminó a Corbacho fue: “No hay que decir esa frase”. Se hace, pero no se dice.
El Gobierno decidió cambiar la política de inmigración, y asumir la del PP, y Corbacho se ha dedicado a ello desde el primer momento. Resulta lógico, por tanto, que se haya convertido en el ministro preferido de la oposición en el Parlamento, y que el PP haya sido la única organización que ha alabado la propuesta del Ministro. Porque con esa medida se vuelve a la tradicional política conservadora de luchar contra la inmigración “ilegal” y, a la par, impedir que se pueda inmigrar legalmente a este país.
La cosa estaba tan clara que el rechazo a la propuesta de Corbacho fue casi unánime (hasta el portavoz del PP, González Pons, que la apoyó, tuvo que reconocer que “llama la atención que se cierre el grifo de la inmigración legal dejando como única puerta para entrar en España la de la inmigración ilegal”). Y fue tan generalizado y tan sonoro el rechazo, que Zapatero y Fernández de la Vega han dado marcha atrás. Y claro, al ministro de Trabajo le ha tocado hacer su trabajo: cargar con la culpa. Y para ello ha acudido al truco de siempre: “algo debí decir mal, uno nunca es perfecto a la hora de explicarse”.
En efecto, nos tratan como si fuéramos…
Amén, como si fuéramos………………………………………..
Acabe la frase, señor Marsá, como si fuéramos… jilipollas. Con todas las letras.
Solo somos votantes, solo tenemos derecho un mínimo día.
que más queremos.
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