Siempre se ha dicho que la cultura no ocupa lugar, que las personas cultivadas son, en general, mejores personas. Y hay muy poca gente que ponga en duda que la cultura constituya una herramienta insustituible para el desarrollo personal en busca de lo que antaño se denominaba la vida buena. Pero alguna hay que tiene sus dudas. Y así comenzaba un artículo publicado el sábado en el suplemento cultural del diario El País, en Babelia:
La ópera ha sido considerada siempre el espectáculo artístico más completo y refinado. Aúna música, literatura y teatro. Para disfrutarla hay que ser una persona cultivada y tener educadas todas las capacidades estéticas. Es necesario, además, poseer una sensibilidad especial. Podríamos decir, por lo tanto, que los amantes de la ópera forman parte de un linaje extraordinario. De una quintaesencia humana. En febrero de 2001, sin embargo, los socios del Círculo del Liceo de Barcelona –quintaesencia de la quintaesencia– decidieron rechazar el ingreso en el club operístico de las diez mujeres que, después de siglo y medio de absoluta hegemonía masculina abolida en unos nuevos estatutos, habían solicitado la admisión. Entre esas mujeres –por si alguien duda de sus méritos– estaba Montserrat Caballé. Es decir, los seres más sensibles, los que se conmovían hasta el retorcimiento del alma con la música de Verdi, con la voz doliente de María Callas o con las quejas de amor de Madame Butterfly, se comportaban en la vida real como gañanes de taberna.
El artículo del escritor Luisgé Martín, “¿Leer sirve para algo bueno?”, tiene su gracia, y siembra algunas dudas sobre ciertos lugares comunes en lo que a la lectura y la cultura se refiere.
Entre los oficiales del Führer había gente de amplio bagaje cultural y refinado sentido estético…