Carmen Merino
[Canarias 7, 26 de junio de 2008]
Se acabó la fiesta. José Luis Rodríguez Zapatero comparecerá ante el Congreso de los Diputados a petición de todos los grupos de la oposición parlamentaria para explicar las medidas adoptadas por su Gobierno para atajar la crisis. En realidad, el presidente será sometido a un tercer grado económico y social por parte de la totalidad de la Cámara, a excepción del grupo Socialista que, incomprensiblemente, no ha secundado la iniciativa unánime del resto de los diputados con independencia de su adscripción política o territorial. ¿Será tan solo porque le han cogido la delantera? ¿O es que creen los socialistas que pueden seguir ocultando algún tiempo más la crisis económica? Inútil. La crisis ya se ha hecho carne. Y no sólo en el bolsillo del ciudadano, que curiosamente siempre es el primero en enterarse. También en el escenario político donde, por primera vez desde hace muchos años, son los socialistas los que se quedan aislados del resto del espectro parlamentario.
Si es incomprensible que el Gobierno de Zapatero no haya sido el primero en tomar la iniciativa para explicar la situación económica a los diputados y a los españoles, también resulta difícil de explicar que los electores hayan renovado recientemente la confianza a un Gobierno cuya política ante la incipiente desaceleración consistió en repartir unas cuantas dádivas en efectivo para uso discrecional de los votantes justo antes de la convocatoria a las urnas. Difícil de explicar, digo, porque a la población se le suele suponer una inteligencia colectiva que supera con creces a la de sus concretos gobernantes.
Aquellas dádivas, los cheques bebés y las medias pagas, se suman hoy a la por fin sensata llamada a la austeridad en las cuentas públicas y al debe de un superávit que en los últimos primeros meses del año ha minorado en un 80%. ¿Nos estamos comiendo los ahorros? Por supuesto, y además a marchas forzadas.
Cuando queríamos caña, nos dieron peces. Ahora ya es tarde y la cuestión se reduce a cuántos empleos serán capaces de conservar para permitirnos que, por nuestros propios medios, podamos seguir pescando lo poco que la mar da. Con unas arcas estatales en el límite del equilibrio, ya son pocas las alegrías efímeras o, lo que es más serio, las ayudas necesarias que cabe esperar de José Luis Rodríguez Zapatero. A no ser que esté dispuesto a endeudar España para mantener el tipo, el suyo, algo que tampoco es de extrañar si se recurre a la historia reciente de otros gobiernos socialistas.
Arrojado sí que lo es. Porque cuando el fantasma de la crisis ya ululaba en el panorama económico mundial, prefirió hacer uso político del superávit dejado por los Gobiernos del PP, aunque sólo fuera por la causalidad de la coyuntura, en lugar de promover inversiones estratégicas de cara al mantenimiento de los precios y del empleo. De aquellos barros, estos lodos. Y siempre tomándonos por bobos.
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