Aitor Cabrera Barrera
Hasta la celebración del reciente congreso de los populares, no parece que hayamos estado en disposición de decir aquello de “después de Aznar”. Desde el traspaso de poderes tras los dos mandatos del PP, la alargada sombra de Aznar ha estado presente en la vida del partido, tanto, que en ningún momento Rajoy ha podido manifestarse tal cual lo sintiera o las circunstancias le hubieran obligado. Su criterio quedaba condicionado a las directrices del partido, que era lo mismo que decir que lo que dictara Aznar. De las circunstancias, un tanto de lo mismo.
La obligada dependencia del Jefe no nos ha permitido vislumbrar algún rasgo propio de Rajoy, más allá de la sosería de la que hace gala, aspecto éste que comparte con Zapatero, pero al que debe aconsejar un equipo más hábil. No parece que uno tenga más cabeza que el otro, pero instalados en el gobierno y en lo del miedo a la derecha, ahí andan los otros, incluso haciendo uso de ciertos grados de embuste en la última campaña electoral. El segundo debate previo a las elecciones, tras el empate inicial, tenía un claro ganador, y objetivamente ese parecía el PP.
Hay un antes del Congreso, el después está por definirse y lo dicta la brecha que el propio Rajoy ha abierto con su mentor. Un desmarque necesario que propicia un acercamiento a la población y una huida, de momento prudente, de las posturas rancias tradicionales. Es una constatación el hecho de que el PP engloba un amplio espectro de población que bascula entre el centro y la extrema derecha, pero es bien cierto que en el arco que abarca el péndulo, la propia derecha se ha ido moderando en sus posturas, y haciendo uso de las ventajas de lo que otros aprobaron –divorcio, aborto, matrimonio homosexual–, derechos a los que ninguno estaría ahora dispuesto a renunciar. Tampoco al diálogo con los nacionalistas, con los que de manera general el PP se mostró tan extraordinariamente intransigente, ha sido una postura que estuviera instalada en todos los militantes ni cargos públicos. Corresponde, tras un largo periodo de permanencia en el lado derecho del barco, repartir la carga y estabilizarla para evitar que la nave zozobre. Ésa parece la instrucción que ha dado Rajoy, y es, en ese momento, cuando se podría afirmar que éste es el personaje para un “después de Aznar”. Dirigido, obediente y disciplinado hasta ahora, pero sin mostrar carta propia alguna y, o mostraba su juego, o se ponía en su casa.
El cúmulo de despropósitos de sus oponentes del PSOE les ha llevado a opinar de la vida interna del partido desde todos los frentes, demostrando quizás que la eventual fortaleza del PP es un signo de su propio debilitamiento y un riesgo de perder el gobierno en las próximas generales.
El “verso suelto en el poema” del PP, que es Esperanza Aguirre, da una muestra del cierto aire fresco que empieza a correr. Siempre se podría cerrar la ventana, pero eso es lo menos deseable.
Su comentario