Jueves, 26 de Junio de 2008

Quiero ser famoso

Clara Beltrán

Desde ese “¡Mama, yo quiero ser artista”, al “Mamá, yo quiero ser famoso!” han pasado unos cuantos años. Los suficientes como para que la esencia de esa Conchita Velasco ilusionada con su supuesto talento musical, también se haya desvanecido en pro de un disloque juvenil que confunde talento con oportunismo, el ir a la moda con la ordinariez y el sacrificio con las diez flexiones que hacen en la hora de gimnasia.

En este curso que ya hemos cerrado con huelgas y desestabilización en Canarias, tampoco hemos logrado incidir en la enseñanza de habilidades sociales y de competencia personal. El miedo a la responsabilidad y a la decisión está muy presente en las cabezas de nuestros hijos, que en muchos casos, siguen pensando que la fórmula más rápida y corta hacia el éxito la traza un programa de televisión y el fenómeno “friki”.

No es desajustado decir que el éxito se ha convertido en un bien de consumo, en un elemento tangible, en teoría, al alcance de cualquiera. Así el lado impuro del triunfo, donde residen la vanidad, el lujo, el poder y el dinero es ahora el más llamativo. El otro, el de las aptitudes y actitudes, el de la genialidad y la entrega, parece demasiado aleatorio y difuso para quien considera que estas cualidades no son indispensables para rozar la gloria.

El hecho más exacto de esto es que no hay que ser talentoso para ser popular, basta una descarga permanente de estímulos publicitarios para creer que no importa la materia prima, sino la campaña de marketing. De esto también existen sobrados ejemplos en los llamados concursos de talento (Factor X, OT o Fama) donde se ha tenido que mezclar el “reality” con las dotes artísticas de los participantes, porque como dice el publicista Risto Mejide se venden mejor los yogures azucarados. Es decir, sin aderezo emocional que estimule la empatía, no hay venta. Lo que interesa es crear productos que se adapten a todas las circunstancias del mercado.

Los que quieren mirarse al espejo y parecerse a Paris Hilton o a Darek, son los nuevos herederos de una decadencia incalculable que desgraciadamente no imita sólo estilos, sino que también absorbe comportamientos con una frivolidad tan perniciosa que es preferible creer que se trata de una moda pasajera. Pero, no es así, porque los nuevos “gruppies”, en su imposibilidad de hacer otra cosa distinta de la que hace la mayoría, arrastran consigo el triunfo de la incompetencia.

La globalización, las nuevas tecnologías y los medios de comunicación han permitido que el querer ser famoso, de lo que sea y como sea, se haya convertido en un fenómeno de masas. Al fin y al cabo, la mediocridad está más extendida que el refinamiento y la lógica. Tal vez, también porque la lógica es menos fácil de digerir que la imagen, que es algo muy maleable y flexible, y que ahora encuentra, gracias sobre todo a Internet, baratas y rápidas formas de expansión.

Leí hace unos días que la cultura decadente no quiere decir cultura despreciable, sino sólo cultura llamada a morir, exenta de porvenir. Pero, Internet gran foco y altavoz de esta cultura de masas, de este sueño americano tecnificado, o la propia televisión, encaminada a llamar la atención constante del espectador, no parecen tener los días contados. Todo lo contrario, han encontrado un nuevo yacimiento publicitario basado en vender la conquista del éxito a través del mecenazgo de los mass-media.