El fin de la izquierda

Fernando Marcet Manrique

Algunas veces me pregunto cómo sería el mundo si todos colaboráramos desinteresadamente los unos con los otros. Cómo sería si fuéramos incapaces de dañarnos mutuamente, tanto física como psicológicamente; cómo sería si en vez de agruparnos en territorios que compiten entre sí, entendiéramos el planeta como un único país al que hay que venerar y proteger de forma global, y no sólo por pedacitos. Y no crean que me lo pregunto de una forma retórica, dando por sentado que un mundo así sería magnífico. Me lo pregunto desde un punto de vista lo más aséptico posible, tratando de discernir si no tendemos hacia este modelo porque nuestra esencia natural es contraria a tales corrientes, o si por el contrario se debe a alguna razón de tipo coyuntural. Me planteo, incluso, si acaso no sería esta una utopía con más peligros ocultos y desventajas de las aparentes. Y cuando lo hago éstas son más o menos las conclusiones a las que llego:

Desde muy antiguo hemos sido educados en la competición como fundamento de nuestras vidas. El único modelo social que abogaba por la colaboración sin ambages quedó muy pronto en entredicho cuando se topó con individuos que no se resignaban a ser meros engranajes de un aparato estatal frío y machacante, además de por otras razones. Enfrentamos nuestras dos miradas antagónicas, pelearon a muerte entre sí y acabó imponiéndose la Gran Competidora: El capitalismo.

Asumimos que competir era lo nuestro, nuestra razón de ser casi última, y adaptamos la estructura de nuestras ciudades y de nuestras sociedades en general a la competición pura y dura. Desde entonces nos gobiernan partidos que compiten entre sí, a su vez integrados por individuos que compiten por gobernar los partidos. Competimos los ciudadanos todos, opositando por puestos de trabajo, evaluando nuestros esfuerzos con notas académicas que nos comparan con el resto. Compiten nuestros Estados, contra ellos mismos y contra otros Estados, obligados a crecer año tras año sin importar la capacidad del medio ni la de quienes hemos de generar ese constante superávit. Compiten las empresas y compiten sus directivos, compiten sus productos y compiten sus clientes por llevarse el mejor precio.

No obstante, en medio de tanta competición, todavía quedó un rescoldo de la antigua guerra entre visiones. No parece que vaya a durar mucho más, pues salta a la vista que poco a poco va diluyéndose en un mundo regido por reglas que le son francamente hostiles. Aquí, en España, lo llamamos “la izquierda” y, como digo, apenas pervive entre tanta competición.

La izquierda, desprovista de las exageraciones iniciales y del fanatismo al que todos tendemos a poco que nos den un himno y una bandera, quiso ser muro de contención. Quiso poner freno a un sistema que sin querer nos obligaba a devorarnos los unos a los otros por impostura estructural. Pero a la izquierda poco a poco se le fue olvidando las razones de su propia existencia. Primero, los partidos políticos se adueñaron del concepto, y luego entraron a competir blandiendo una espada, la de la solidaridad, hace mucho inútil de pura herrumbre. ¿Cómo estar años luchando y forcejeando sin llegar a olvidar que no es la lucha y el forcejeo el fin sino el medio? Supongo que es un imposible. El caso es que a la izquierda se le olvidó que sus fundamentos eran los de la solidaridad, unos fundamentos radicalmente opuestos a los de la competición pura. En su lugar, empezó a esgrimir un concepto mucho más difuso, al que llamó “progresismo”, tan biensonante como inocuo.

No sabemos qué será la izquierda a partir de ahora. Aunque algunas ideas nos hacemos. Un logo bonito, una sonrisa en la tele, un eslogan llamativo. Ya nadie se plantea poner freno a la competición. Ya nadie piensa que sea necesario colaborar en vez de competir.

La visión competidora del ser humano se ha impuesto sin paliativos, alcanzando todos y cada uno de los aspectos de nuestra existencia. El opuesto radical suponía la homogeneización del individuo y su supeditación al partido estatal, garante insoslayable de la igualdad impuesta; y ésta era, indudablemente, una aberración con pocos parangones. Pero es que nuestra tendencia actual nos lleva por derroteros no más halagüeños. Diferentes, pero igualmente terribles. Competir sin tino nos lleva al fin de la solidaridad como concepto, la indiferencia, cuando no la alegría ante el sufrimiento de los otros –a los que siempre veremos como adversarios, jamás como amigos–, y la pérdida definitiva del norte cuando la gente que no sea capaz de sufragar los costes de su propia subsistencia empiece a morir en nuestras calles sin que a nadie le importe lo más mínimo.

Publicado el 25 de junio de 2008 a las 9:00 am en 'Política'.

3 Comentarios

  1. 13:06 | 25 junio 2008 | Permalink

    Yo sí creo en la izquierda y hoy en día más que nunca, el proletariado de hoy le llamamos mileurista pero seguimos estando en la misma posición , manteniendo a los burgueses que hoy son la banca y las multinacionales pero la lucha sigue siendo la misma aunque los sindicatos hayan perdido el norte la lucha continua y las desigualdades siguen existiendo y mientras existan las desigualdad existirá la izquierda.

  2. 19:21 | 26 junio 2008 | Permalink

    Chacho vajate de la luna, no seas tan bohemio.
    habla de mas realidades y menos ciencia ficción.

  3. 21:05 | 9 julio 2008 | Permalink

    ” El pesimista se queja del viento; el optimista espera que cambie, el realista ajusta las velas.”