Jorge Marsá
Han tenido que pasar unos cuantos años, y unas cuantas cosas, y tuvo que aprobarse la Directiva de la vergüenza de la Comisión Europea sobre los inmigrantes, para que los ojos de algunos parezcan haberse abierto, para que se hayan decidido a utilizar el término que mejor define la actuación política de José Luis Rodríguez Zapatero: “oportunismo”. Así terminaba el editorial de ayer del diario El País titulado “Europa sin izquierda”:
Desde una óptica estrictamente española, además de la simple derechización habría que hablar de oportunismo: lo que aconsejan las tácticas demoscópicas se ha querido convertir en estrategia, ocultándoselo a los ciudadanos.
En efecto, se ha intentado ocultar a los ciudadanos lo que supone en realidad esa Directiva: “Europa ha creado una categoría inferior de seres humanos”. Así lo explica el europarlamentario socialista italiano Claudio Fava. Y se ha intentado ocultar a los ciudadanos la auténtica posición del Gobierno de Zapatero: “El Gobierno socialista español presionó para endurecer la ley”. Así lo cuenta Manfred Weber, europarlamentario popular y ponente de la Directiva. Lo que no ha habido forma de ocultar es que la mayoría de los parlamentarios socialistas europeos votaron en contra de la Directiva, mientras que los socialistas españoles no tuvieron empacho en apoyar semejante ataque a los derechos humanos.
La Directiva de la vergüenza ha dejado al aire las vergüenzas del socialismo español. Lo que no puede evitar la desvergüenza con la que el presidente del PSOE, Manuel Chaves, trataba de justificar lo injustificable el sábado en su artículo “Europa ante la inmigración”:
En esa dirección, la directiva de retorno recientemente discutida en el Parlamento Europeo supone un paso importante en el camino hacia la armonización de las legislaciones nacionales y, en contra de algunas interpretaciones, ofrece más garantías, mirando a la Unión en su conjunto, a los ciudadanos extranjeros. Y, desde luego, algo que debemos tener presente es que cualquier política de retorno debe contemplar todas las garantías jurídicas y el respeto escrupuloso de los derechos humanos de todos los afectados por estas decisiones.
El PSOE de Zapatero ha dejado claro que ni ideario ni principios, ni en lo más básico. Sólo faltaba la gracia del secretario de Organización del partido, José Blanco, que publicaba ayer El País:
Los principios ideológicos de Rajoy son como los de Groucho Marx, que dijo: “Éstos son mis principios. Si no le gustan tengo otros”.
La vergüenza ha caído sobre el PSOE, y no afecta exclusivamente a sus dirigentes: a Zapatero, a Chaves, a Blanco o a los eurodiputados que cumplieron la orden. No, el oprobio contamina a todos aquellos afiliados del partido que no tengan el valor de hacer lo que hicieron Josep Borrell y Raimon Obiols en el Parlamento Europeo: defender sus principios y, en consecuencia, dejar clara su oposición a la Directiva de la vergüenza.
Es de esperar que entre los socialistas de la Isla haya quien conserve aún la vergüenza y muestre su oposición ante tamaña desvergüenza. Y como es de esperar… pues esperaremos por ellos.
Socialista de verdad
11:31 | 24 Junio 2008 | Permalink
Tu crees que alguien como Manolo Fajardo Palarea, que es tan socialista como Aznar, le importan los inmigrantes… ellos no dan negocio. Con secretarios generales así, ser de PSOE es como ser una …….
oscar bermejo
14:36 | 24 Junio 2008 | Permalink
Mucha dependencia, mucha igualdad, mucha alianza de civilizaciones (¿la han metido en un armario?), mucha abolición de la pena de muerte en el mundo mundial, pero con las cosas de comer no se juega. Estaría bien que López Aguilar o el eurodiputado Manolo Medina nos contaran el escrupuloso respeto a los derechos humanos de la directiva.
pablo quintana
19:41 | 24 Junio 2008 | Permalink
¿será por eso, por saberlo de antemano por lo que se han dado tanta prisa en aprobar el campo de concentración de Tahiche?
Jorge Marsá
19:59 | 3 Julio 2008 | Permalink
Coger el toro por los cuernos
J. M. RUIZ SOROA
[El Correo, 3 de julio de 2008]
E s una iniciativa inaceptable porque divide a la sociedad vasca, dice Rodríguez Zapatero. ¿Y si no la dividiera tanto, y si existiera una mayoría sustancial de vascos a su favor? Es una propuesta indigna porque no hace sino dar razones al terrorismo de ETA. ¿Y si ETA no existiera? ¿Qué invocaríamos entonces para oponernos al nacimiento de un nuevo sujeto político soberano? ¿La Constitución y punto?
Mucho me temo que el planteamiento crudamente soberanista ha llegado a nuestros lares y lo ha hecho para quedarse largo tiempo. En esto tiene razón Ibarretxe, se ha abierto una cuestión que no va a ser tan fácil cerrar. No basta con invocar los tiempos de Josu Jon y deplorar su destierro. Tampoco creo que vaya a bastar con jalear una posible victoria de Patxi López en las próximas elecciones. Porque incluso si el Gobierno de Euskadi cambia de manos en el más próximo futuro, lo cierto es que la mayoría del nacionalismo vasco le ha cogido gusto a la vía autodeterminista hacia la soberanía y no la va a abandonar en un futuro previsible. El profesor Arzalluz despreció en su momento la autodeterminación como «una virguería marxista», pero no parece sino que hoy todos los sabinianos se han vuelto marxianos. Lo cual plantea a los estadistas españoles (y supongo que alguno deberá de quedar entre nuestros actuales líderes políticos, tan livianos y tacticistas) la cuestión de cómo lidiar a largo plazo con esta vía.
De acuerdo, de momento la tramposa iniciativa del Parlamento vasco nace ya frustrada, no es sino un aborto. Pero no conviene dejarse engañar por el fracaso de este parto prematuro. Vendrán otras propuestas, otros intentos, y no parece que la democracia española se pueda limitar a hacer de don Tancredo una y otra vez sentándose sobre el argumento de que ‘la Constitución no lo permite’. Porque una Constitución se puede usar de muchas formas y para muchos fines, pero desde luego no para servir de dique insuperable a una voluntad popular firme, reiterada e intensa. Para eso no vale la Constitución so pena de degradarla a algo así como ‘una cárcel de pueblos’.
Lo que nos lleva obligadamente a la única salida democrática que puede arbitrarse para este tipo de situaciones: la de la ley. Regular normativamente una situación compleja y difícil es el primer paso para encauzarla y, por tanto, para resolverla. Desde luego, es el paso necesario para terminar con uno de los peores defectos de la situación sociopolítica actual, el de que un pronunciamiento referendatario sobre el futuro de la relación entre el País Vasco y España sea colectivamente percibido como un auténtico fetiche. Un fetiche que reviste para unos la cualidad de mito (el mito de la autoidentificación final de los vascos) y para otros el de tabú innombrable (admitir la posibilidad de que la ciudadanía vasca se pronuncie es tanto como reconocer el derrumbamiento español), pero que en cualquier caso lleva a la alienación política. Si lo regulamos entre todos, es decir, si ponemos negro sobre blanco en una norma jurídica las condiciones, requisitos y efectos de una decisión de este tipo, habremos terminado de golpe con un mito y un tabú. Veámoslo.
Derecho de decisión
En primer lugar, está bastante claro que no puede regularse en forma razonable alguna lo que aquí y ahora se llama ‘derecho de decisión’, precisamente porque su carácter inconcreto y ambiguo impide cualquier traducción del mismo a criterios operativos. Si de lo que se trata es de la forma en que Euskadi va a permanecer dentro de España, es obvio que esa forma no pueden decidirla los vascos solos. Quien quiere formar parte de un todo está necesariamente obligado a aceptar que las reglas de pertenencia y funcionamiento de ese todo las fijan entre todos sus componentes. Podrán discutirlas, negociarlas, razonarlas de una u otra forma (más simétricas o más diferenciales) pero al final tendrán que decidirlas entre todos. Lo que significa que los vascos nunca podrán razonablemente alegar que quieren decidir ‘ellos solos’(el adjetivo es esencial al argumento) cómo se sitúan dentro de España. Podrán exigir irse de ella, como veremos, pero no quedarse en ella ‘a la carta’. Existe el divorcio por causa unilateral, sí, pero nadie ha oído hablar del matrimonio por decisión de uno solo. Ésta es, precisamente, la trampa de la pregunta nacionalista, pues pregunta sobre ‘el derecho a decidir de los vascos’, cuando lo que en realidad está planteando es ‘el derecho a decidir de los vascos solos’. Y hay un abismo entre ambas formulaciones.
Lo que ha de regularse, entonces, es la forma en que una parte del territorio hoy español podría validamente secesionarse e independizarse del conjunto. O, dicho de otra forma, cómo atendería la democracia española a una demanda seria, intensa y persistente de independencia, de forma que una vez constatada su existencia procedería a modificar la vigente Constitución para aceptar el desmembramiento de un nuevo sujeto político soberano. Sobre este punto existe hoy ya un suficiente acervo de doctrina politológica que nos puede orientar, cuyo contenido se define por las reglas de claridad, negociación y conservación de la calidad democrática.
La claridad exige una mayoría cualitativa (no meramente cuantitativa) a favor de la secesión, tal como el Tribunal Supremo de Canadá señaló: «Se trata de establecer una evaluación cualitativa de una voluntad libre de ambigüedad, tanto en los términos de la pregunta como en la medición de los apoyos que recibe». Y para lograr esa cualidad son precisos planteamientos nítidos y terminantes en las preguntas, así como respuestas no menos contundentes (la mayoría del censo electoral parece un requisito mínimo). Pero la claridad exige también la previa deliberación tranquila y la posibilidad de expresión pacífica de todas las opiniones, lo que excluye desde el inicio un proceso secesionista concurrente con el terrorismo o con sus efectos, dado que no cabe mayor factor de emborronamiento de la voluntad colectiva que el terror.
La claridad exige también que una vez iniciado el proceso secesionista no pueda reconvertirse en uno de consecución de una mayor autonomía. Es la única forma de impedir el uso estratégico e irresponsable de la reivindicación secesionista, un uso típico de situaciones como las actuales catalana y vasca. El chantaje de la independencia sólo podrá desaparecer cuando quien lo ponga en marcha sepa que, inexorablemente, el proceso terminará en un referéndum de secesión. Se trata de una cuestión lo suficientemente seria y dramática para muchos como para proscribir la irresponsabilidad en su uso: no vale el ‘o me da usted una posición de privilegio o me voy’, sino sólo el ‘esto es lo que hay y si quiere puede irse’.
Igualmente exige la regla de la claridad el establecer plazos mínimos de repetición de los procesos. Por ejemplo, no parece excesivo un plazo de veinte años para poder reiniciar un proceso de este tipo cuando el anterior no haya producido el resultado secesionista perseguido.
Calidad democrática
La regla de la conservación de la calidad democrática es muy sencilla y evidente, por mucho que sea una de las más ignoradas y silenciadas por los nacionalistas. En esencia, dice que un proceso de secesión nunca puede conllevar una pérdida neta en la calidad de la democracia que se vaya a practicar en el territorio escindido, de forma que el nuevo sistema debe ser, por lo menos, tan democrático como el anterior. Ésta es una exigencia que incluye también, ‘last but not least’, el que las minorías nacionales existentes en el nuevo país (territorializadas o no) ostenten el mismo nivel de autogobierno político, cultural y lingüístico de que las anteriores minorías gozaban en el anterior. Incluido, desde luego, el de iniciar un proceso de secesión si son mayoría clara en una parte del nuevo país. Nuestros nacionalistas han dado ya ejemplos señeros de que no piensan respetar este tipo de exigencias: por ejemplo, la mayoría nacionalista del Parlamento se negó a reconocer derecho ninguno a las minorías culturales existentes en el pueblo vasco al tramitar el llamado plan Ibarretxe (art. 11-2-f), aduciendo que «el pueblo vasco es único y carece de minorías». Ominoso presagio del monolitismo con que ciertos demócratas entienden el pluralismo y que, de momento, les inhabilita para reivindicar razonablemente la secesión.
Un proceso para regular en España estas cuestiones puede a primera vista antojarse quimérico: por un lado, faltan estadistas capaces de reconocer su necesidad y, sobre todo, de asumir su impulso. Por otro, no es éste el mejor momento para hacerlo. Pero también es verdad que todos los momentos futuros serán peores. Si se hace con tiempo y reflexión el efecto de una regulación razonable de la posibilidad de secesión será higiénico, pues evitará demandas y forcejeos autodeterministas irresponsables y confusos en el futuro. Naturalmente, a corto plazo siempre parece preferible la ambigüedad y las soluciones para ir tirando una generación más; el peor vicio de los políticos es el de contemplar los problemas desde la óptica de las próximas elecciones y fiarlo todo a los nuevos repartos de las cartas del poder que surjan de ellas. Por eso precisamos de estadistas.
Fernando Marcet
21:09 | 3 Julio 2008 | Permalink
Extraordinario el artículo del señor Ruiz Soroa. Lo más sensato, razonado, objetivo y, desde mi punto de vista, acertado, que he leido sobre el asunto vasco en mucho tiempo. Sin tendenciosidad ni tremendismos, solo aplicando la más elemental lógica democrática. Ojalá lo lean quienes tienen que leerlo y cale la idea, porque, en efecto, por ahí creo que deben ir los tiros en cualquier intento de secesión que se pretenda acometer en el futuro.
0. La decisión de autodeterminación puede corresponder a una sola de las partes, pero si hablamos de un nuevo marco asociativo entre naciones, pueblos o lo que sea, esto requiere tener en cuenta todas las partes implicadas.
1. Teniendo lo anterior claro, es necesario que el proceso de independencia, si es verdaderamente esto lo que se plantea, se encuentre con un escenario previo libre de amenazas terroristas o de cualquier otra índole que garanticen la libertad del debate y de la elección final por parte de quienes tienen que tomar una decisión tan importante para su futuro.
2. Es preciso no utilizar la independencia como una amenaza para obtener beneficios, sino siendo consecuentes con que lo que se pide es realmente lo que se desea.
3. Garantizar que la independencia final, si se obtuviera, no resultaría en un escenario democráticamente mucho peor que el anterior.
Jorge Marsá
10:59 | 5 Julio 2008 | Permalink
Sin corbata y a lo loco
IGNACIO CAMACHO (ABC)
«Anudarse bien la corbata es el primer paso importante que un hombre debe dar en la vida»
(Oscar Wilde)
AUSENTE de ideas como la mayoría de variantes del pensamiento débil, el zapaterismo trata de construir lenguajes con los gestos y de enviar mensajes a través de los detalles, que siempre son más fáciles de decodificar que los razonamientos. El último de estos guiños de gestualidad ha sido el traje sin corbata del ministro Sebastián, que no trataba de expresar la clásica rebeldía social o inconformista del sincorbatismo -heredero contemporáneo del sansculottisme jacobino-, ni siquiera una nueva estética del desenfado, sino de envolver un recado ecologista, vinculado al nuevo mantra del cambio climático, el ahorro energético y tal. Por eso Bono, que es un socialista del plan antiguo, chapado en las convenciones y siempre dispuesto a dejarse notar, le mandó una corbata con un ujier, como hacen los maîtres de Zalacaín o de Horcher con los clientes de atuendos informales. Bono tiene cara de arzobispo y preside la Cámara como quien oficia una misa solemne; al fin y al cabo, el Congreso viene a ser como la catedral de la democracia, y requiere un boato, un respeto, una dignidad, un protocolo. En el fondo, lo que quería Bono era chinchar y robarle el protagonismo escénico al ministro posmoderno, iris de los ojos de Zapatero, además de demostrarle quién manda en esa Casa, como los leones que orinan para delimitar su territorio.
Con su look desalicatado, Miguel Sebastián quiere imponer en el Gabinete el «casual wear», que empezó en los noventa en las oficinas de la Costa Oeste americana, allá por Seattle y Sillicon Valley, donde los empresarios de la burbuja tecnológica marcaban distancias estéticas y hasta ideológicas con el agresivo «yuppismo» encorbatado de la anterior década. La idea es positiva si no se desmadra, porque va a ser difícil establecer fronteras y delimitar qué vestimenta procede y cuál no en según qué circunstancias. Al subir la temperatura de los edificios oficiales -medida sin duda razonable en el habitual frenesí de despilfarro de aire acondicionado-, y autorizar el compensación el relajo indumentario, se corre el riesgo de que los funcionarios acaben yendo a trabajar en camiseta y calzones cortos, sin descartar que los sindicatos revindiquen la informalidad en el vestir como derecho laboral. Quizá no esté lejano el día en que veamos a un ministro -o ministra, claro- en chanclas, como ya se vio en su día a la secretaria de Estado Leire Pajín. Todo esto tiene la importancia que tiene, o sea, relativa, pero el relativismo es precisamente uno de los ejes del discurso zapateril, en el que a menudo se sustituye lo sustantivo por lo simbólico, lo doctrinal por lo accesorio, hasta reducir la política a una simple puesta en escena. Como metáfora supone una tentación en medio del debate sobre el alcance de la crisis económica y las soluciones que aporta la socialdemocracia de diseño: el Gobierno, en vez de apretarse el cinturón, se afloja la corbata.
Gustavo R.
11:47 | 7 Julio 2008 | Permalink
Con nuestros votos imbéciles
JAVIER MARÍAS (El Pais)
Uno de los mayores peligros de nuestro tiempo es el contagio, al que estamos expuestos más que nunca –en seguida sabemos lo que ocurre en cualquier parte del mundo y podemos copiarlo–, y en unas sociedades en las que, además, nadie tiene el menor reparo en incurrir en el mimetismo. Y a nadie, desde luego, le compensa ser original e imaginativo, porque resulta muy costoso ir contracorriente. Es el nuestro un tiempo pesado y totalitario y abrumador, al que cada vez se hace más difícil oponer resistencia. Y así, las llamadas “tendencias” se convierten a menudo en tiranías.
Una muestra reciente de esta rendición permanente ha sido la aprobación por aplastante mayoría, en el Parlamento Europeo, de la “directiva de retorno” para los inmigrantes ilegales. Es ésta una directiva repugnante, llena de cinismo y falta de escrúpulos, que a muchos europeos –pero ay, no a los bastantes– nos ha hecho sentir vergüenza de pertenecer a este continente. Como si se tratara de una parodia de Chaplin o Lubitsch, el ponente y promotor de dicha directiva ha sido un eurodiputado alemán del Partido Popular Europeo, Manfred Weber, que apareció en televisión muy ufano de su vileza y vestido de tirolés, cuando a nadie se le oculta qué clase de gente se viste así, todavía, en su país y en Austria. A este individuo grotesco le han dado la razón y sus votos no sólo sus correligionarios franceses (a las órdenes de Sarkozy), italianos (a las de Berlusconi, Bossi y Fini, notorios e indisimulados racistas), polacos (a las de los nacional-católicos gemelos Kaczynski), españoles (a las de Rajoy y sus flamantes “moderados”) y demás, sino también un buen puñado de eurodiputados socialistas, incluidos dieciséis de los diecinueve que España tiene en la Cámara (a las órdenes de Zapatero). Yo no sé con qué cara se atreverán el Gobierno y el PSOE, a partir de ahora, a proclamarse justos y democráticos y humanitarios, puesto que con sus votos propugnan que se “retenga” durante año y medio –año y medio– a un inmigrante ilegal cuyo único delito haya sido entrar clandestinamente en un país europeo huyendo del hambre, la guerra y la desesperación. Y asimismo propugna que los menores puedan ser enviados sin garantías a cualquier país, aunque no sea el suyo de origen. Todos sabemos lo que espera a esos críos: en algún punto del trayecto, una red de traficantes que, con el visto bueno de los europeos, se los llevarán a donde les parezca para utilizarlos como les plazca: esclavos, objetos sexuales, combatientes, donantes involuntarios de órganos. Y esto se producirá mientras los gobernantes europeos, con la mayor hipocresía, dicen preocuparse cada vez más por los riesgos que acechan a nuestros menores.
Durante años se ha hecho la vista gorda con los inmigrantes ilegales. Se los ha explotado como mano de obra barata, casi gratuita, y se ha callado convenientemente que eran necesarios para nuestras economías y para que cubrieran los puestos de trabajo que los europeos –ya muy señoritos– se niegan a cubrir. Queremos que alguien recoja la basura y barra las calles, cuide de nuestros abuelos enfermos y de nuestros niños malcriados y consentidos, ponga los ladrillos de las cien mil construcciones vandálicas que han propiciado la corrupción de los alcaldes y la codicia de los promotores inmobiliarios, se ocupe de las faenas más duras del campo y limpie nuestras alcantarillas. Nosotros no estamos dispuestos a ensuciarnos las manos ni a deslomarnos. Que vengan esos negros, sudacas y moros a servirnos, esos rumanos que no tienen donde caerse muertos y que se prestarán a cualquier cosa, más les vale. Les daremos cuatro cuartos y asunto liquidado. Ahora, sin embargo, nos hemos hecho muy mirados con los cuatro cuartos, porque hay “crisis”. Hemos visto que algu¬nos de esos inmigrantes delinquen –como si no delinquieran algunos españoles, italianos, alemanes o franceses de pura cepa– y, contagiados por Berlusconi y sus compinches –los cuales nunca han delinquido, por cierto, no se entiende por qué tienen tantas causas abiertas que los incriminan–, empezamos a pensar que todos esos inmigrantes son unos criminales. Y, como lo pensamos, aprobamos una directiva que los convierta en tales por el mero hecho de existir y haber osado pisar suelo europeo. Se los detendrá hasta año y medio, y sin asistencia judicial, como si fueran presos de ese Guantánamo contra el que los europeos aún nos atrevemos a clamar. Mientras tanto, ese propio Parlamento, quizá en previsión de la próxima escasez de mano de obra foránea y barata, permite también que nuestra jornada laboral alcance las sesenta e incluso las sesenta y cinco horas semanales. Algo nunca visto ni tolerado desde 1917. Y añaden hipócritamente: “según el libre acuerdo entre contratadores y contratados”. ¿Libre acuerdo? Todos sabemos también lo que ocurrirá. El empleador le dirá al empleado: “Usted trabajará sesenta horas. Si no le gusta, es libre de no aceptar, pero yo no voy a cambiar mis condiciones”. ¿Y qué creen que contestará el empleado, en una Europa en la que el empleo es precario y en la que se lleva decenios convenciendo a la gente de que se hipoteque de por vida para comprar un piso de mierda que habrán construido esos negros y sudacas a los que toca detener y expulsar? No me extrañaría que de aquí a poco los europeos tengan que envainarse su señoritismo y que volvamos a verlos barriendo calles, sólo que durante diez horas al día, seis días a la semana. Esta es la repugnante Europa que construimos, con nuestros votos imbéciles.
Jorge Marsá
11:33 | 8 Julio 2008 | Permalink
El disfraz científico de la homeopatía (I)
ESTHER SAMPER
[Soitu.es]
¿Quién no ha oído hablar de la homeopatía? Es la disciplina mágica disfrazada de ciencia de más rabiosa actualidad. Desde el declive de las pulseras magnéticas, no ha existido en España un fraude sanitario de proporciones tan gigantescas como la homeopatía.
La población en general, sin un conocimiento básico de sus fundamentos, se encuentra con farmacias que venden remedios homeopáticos y médicos (una minoría) que les aconseja, lo que lleva a una percepción válida de la homeopatía.
Pero nada más lejos, la homeopatía se ha demostrado ineficaz en innumerables ensayos clínicos. Mítica fue la portada del Lancet de hace unos años con “El fin de la homeopatía” donde se hacía un llamamiento a los médicos para que fueran honestos con sus pacientes ante la falta de eficacia de la homeopatía tras repasar más de 100 ensayos clínicos. Y más llamativa fue la decisión de Suiza que, tras muchos años de estar incluida la homeopatía en la cobertura de seguros médicos (desde 1999), terminó siendo eliminada de ellos en 2007 ante la evidente ausencia de efectos que no fueran en el bolsillo.
Y la cosa no queda ahí. No sólo esta terapia carece totalmente de base científica sino que si sus principios fueran ciertos, la química, la biología y la física como las conocemos estarían completamente equivocadas. Y aún hay más, si los principios de la homeopatía fueran ciertos, moriríamos inmediatamente al beber cualquier trago de agua que contuviera alguna molécula dañina ultradiluida o si tuviéramos la mala “suerte” de que el agua del grifo hubiera memorizado los contaminantes por los que pasó antes de ser potabilizada.
Suena paradójico que precisamente la homeopatía, cuyos principios son filosófico-metafísicos y se asientan en unos conocimientos anticuados de hace siglos que contradicen a los descubrimientos y conocimientos científicos más actualizados, trate de disfrazarse de científica. Veamos a continuación cuáles son sus principios, sus argumentos y cómo se contradicen con la ciencia y la realidad:
1) La enfermedad es un desequilibrio de la Fuerza Vital
La enfermedad se produce por una alteración energética invisible que afecta primero a la mente y después a los órganos. Según este principio de la homeopatía, si te resfrías no es culpa de un virus, sino que en origen es culpa de una alteración energética que ha hecho que fueras proclive a la infección de un virus y por eso te has resfriado.
Discusión: Ni que decir tiene que la “Fuerza Vital” es un concepto filosófico sin ninguna evidencia de su existencia. A estas alturas de la medicina, cuando cada vez más se conocen las causas concretas de las enfermedades, es sencillamente estúpido acudir a entes filosóficos como la fuerza vital para explicar las enfermedades. Una idea que no difiere mucho de cuando nuestros antepasados en la prehistoria veían caer un rayo y pensaban que era culpa de los dioses. De hecho, este principio de la homeopatía se formuló antes del descubrimiento de numerosas causas concretas de enfermedades. Pero como la homeopatía es un dogma y no ciencia, no se ha eliminado este principio.
2) La Ley de la similitud o Ley de los semejantes
Lo similar cura lo similar. El tratamiento a dosis infinitesimales con una sustancia que en cantidades normales producirían unos efectos o enfermedades determinadas en una persona sana, puede curar a un enfermo que padezca esos mismos síntomas o enfermedades. Por ejemplo, si tienes una diarrea, el tratamiento indicado es una dosis infinitesimal (diluida numerosas veces) de una sustancia que también provoque diarrea.
Discusión: sólo hay dos tratamientos de la medicina moderna que algunos podrían pasar como ejemplos de la Ley de la similitud:
— Aplicación de vacunas: Donde se inyectan virus o bacterias causantes de enfermedades en pequeñas cantidades (atenuadas o inactivadas) para que el cuerpo actúe contra esos mismos microorganismos en un futuro gracias a la memoria inmunológica.
— Desensibilización progresiva de alérgicos. Exposiciones pequeñas y repetidas a la molécula que provoca la alergia para que la persona deje de actuar en exceso frente a ellas.
Pero hay grandes diferencias con la Ley de la similitud. No se aplican dosis infinitesimales, sino pequeñas dosis. Y su efectividad se debe a las características del sistema inmunológico que tiene una gran capacidad para aprender y memorizar agentes extraños. En el resto del terreno de la medicina, no hay nada que valide o muestre que el principio de la similitud sea cierto, sino justo lo contrario. Si tienes diarrea y tomas algo que provoque diarrea, tendrás aún más diarrea. Si tienes ansiedad y tomas algo que produce ansiedad, tendrás aún más ansiedad.
Resulta llamativo como una disciplina que achaca el origen de la enfermedad en algo tan abstracto como una alteración de la fuerza vital, termina centrando su orientación “terapéutica” en un conjunto de síntomas. Cosa lógica por otro lado puesto que manejar un tratamiento guiándose por la fuerza vital, debe ser algo realmente difícil, me imagino que casi tanto como cazar gamusinos.
3) La ley de los Infinitesimales
Cuanto más diluida esté una sustancia, más potente será su efecto. De esta forma, los preparados homeopáticos se diluyen y diluyen y vuelven a diluir hasta no contener nada o prácticamente nada de la sustancia original diluida. Los homeópatas achacan el efecto entonces a la memoria del agua que es capaz de retener “los efectos” de la sustancia.
Discusión: Para que te hagas una idea, tendrías que beber más de 29.000 litros de una solución “estándar” homeopática (a 30X) para poder llegar a ingerir alguna molécula de la sustancia que se supone que trata tu enfermedad y además, según la homeopatía, curará tu enfermedad. Algo que va en contra de la lógica, el sentido común, la vida cotidiana, la química, la física, la medicina y la inteligencia. Una sustancia tiene mayor efecto cuanto mayor es la dosis. Es algo que puede comprobarse en cualquier fármaco, veneno o sustancia tóxica sobre cualquier organismo (incluido el humano). De hecho, un grupo de personas en Bélgica trató de suicidarse con una mezcla de varios venenos en disolución homeopática (arsénico, belladona, veneno de víbora…) y ninguno murió. Bueno, ni murieron ni tuvieron ningún síntoma.
Precisamente la afirmación de “cuanto más diluida esté una sustancia, más potente será su efecto” lleva al típico chascarrillo escéptico de: “Un homeópata dejó de tomar su medicamento y murió de sobredosis”.
Jorge Marsá
11:37 | 9 Julio 2008 | Permalink
El congreso del PSOE y las tentaciones del PP
Roberto Blanco Valdés
[La Voz de Galicia, 9 de julio de 2008]
Con serlo mucho, lo más llamativo del congreso del PSOE no ha sido su decisión de pasar sobre el problema principal que hoy vive España como quien lo hiciera sobre ascuas. La crisis económica y sus ya desastrosas consecuencias en términos de empleo, crecimiento, precio del dinero o inflación no merecen más atención que esas dos frases, a cual más desafortunada, del presidente Zapatero: que ser optimista es un rasgo de decencia y que quienes denuncian su parálisis no hacen otra cosa que regodearse con la crisis.
Zapatero debería ser algo más prudente, pues millones de españoles recuerdan aún como acusó de ¡antipatriotas! no hace nada a quienes anunciaron -cuando él lo negaba, pleno de optimismo- lo que ha terminado por pasar: que la crisis llegaría y sería del copón de la baraja.
Pero -repito- no es esa manipulación flagrante, que lleva al Gobierno a combatir la crisis económica haciendo propaganda contra la idea de que existe, lo que más sorprende de un congreso cuyo resultado más palpable ha sido el colocar en el primer plano de la agenda del Gobierno un conjunto de medidas de política social (como la ampliación del aborto o la eutanasia) que no fueron incluidas o fueron expresamente rechazadas cuando se elaboró el programa electoral del Partido Socialista. Lo escribía aquí ayer Fernando Ónega: «No fue hace dos años. Ni uno. Fue hace exactamente cuatro meses».
¿Por qué esa quiebra espectacular de su compromiso electoral? Pues porque el PSOE no renuncia a plantear esta legislatura en términos similares a la previa: como una confrontación, cuanto más dura, supuestamente más rentable para él, entre la izquierda y la derecha.
La agenda socialista entre el 2004 y el 2008 buscó obsesivamente colocar al PP en la derecha radical (aquella derecha extrema de la vicepresidenta del Gobierno) para mantener así viva la gran coalición social que, surgida de la guerra de Irak, permitió ganar a Zapatero. El éxito final de esa estrategia fue posible porque el PP entró a todos los trapos con un cerrilismo tal que el PSOE pudo mantener incluso el voto de muchos electores descontentos con su desastrosa política territorial y con el fiasco de la negociación con ETA: ¡todo antes que la vuelta del PP!
Ha sido el anunciado giro al centro de este último -que ahora veremos en qué queda- el que ha forzado esta nueva vuelta de tuerca socialista, cuyo objetivo, no por disimulado, es menos claro: tratar de mantener a los populares presos de su electorado radical. Si Zapatero lo consigue, habrá dado un gran paso para volver a ganar en el 2012. Pese a la crisis, que así desaparecería de la agenda hundida en la nueva galerna ideológica que han proyectado los estrategas de Ferraz.
Jorge Marsá
10:55 | 10 Julio 2008 | Permalink
Obama, «everywhere bonsáis»
HERMANN TERTSCH
[ABC de hoy]
El candidato demócrata a la presidencia de Estados Unidos, Barack Obama, ha decidido entrar en la historia lo antes posible y sus prisas por conseguirlo empiezan a generar quebraderos de cabeza. No sólo en Estados Unidos. A nadie le ha parecido mal que haya decidido que se le queda pequeño el recinto en el que se celebrará la convención de su partido el próximo 28 de agosto en Denver y que pronunciará su discurso de aceptación de la candidatura en el estadio de los Broncos —no es broma—, que triplica el aforo del pabellón que albergará el resto de ceremonias. No parece que vaya a tener problemas para llenar las 75.000 plazas. Hace unas semanas logró reunir a más de 70.000 seguidores en un mitin electoral, hecho probablemente sin precedentes en la carrera de primarias.
Se trata, nadie lo oculta, de emular a John Fitzgerald Kennedy, que aceptó oficialmente la candidatura a la presidencia en 1960 en un acto multitudinario en el Memorial Coliseum de Los Ángeles. Y de galopar sobre las enormes expectativas de revolución interplanetaria que han depositado en su candidatura no sólo los socialistas españoles, con José Luis Rodríguez Zapatero y José Blanco a la cabeza, sino todos los que creen que votar a Obama es votar contra Bush y que muerto éste se acabó la rabia. Obama en la Casa Blanca y «everywhere bonsáis» florecientes. Pero ya hay gente, y no gente cualquiera, que comienza a irritarse con la sobredosis de gestualidad histórica que Obama quiere darle a su campaña y que contrasta con la vacuidad de su mensaje político. Entre ellos se cuenta desde hace unos días la canciller alemana Angela Merkel, a la que han sentado francamente mal los planes de Obama de hacer campaña electoral por Alemania con la prepotencia del poco ducho en relaciones exteriores.
El candidato demócrata norteamericano pretende emular a Kennedy también en Berlín con un discurso ante la Puerta de Brandemburgo, donde JFK pronunció en su día, con el Muro de la Vergüenza en plena construcción, su célebre discurso en el que se proclamó berlinés. «Ich bin ein Berliner», dijo en su día Kennedy, y lo dirá sin duda Obama si tiene ocasión, aunque ya no haya ni muro ni división ni carros de combate soviéticos a unas decenas de metros, como era el caso en 1961. Merkel ha dejado claro que considera fuera de lugar esta gratuita solemnización de la campaña electoral norteamericana en suelo alemán y que la Puerta de Brandemburgo, por su significación histórica auténtica, está a disposición de los jefes de Estado, pero no «in pectore», sino electos y en ejercicio.
Bien está que Obama quiera compensar su notable falta de criterio en política exterior con viajes preelectorales a otros continentes. Y desde luego en Alemania puede estar seguro de tener un recibimiento entusiasta de todos aquellos que, sabiéndolo negro, del norte, antirrepublicano, abstemio, casi feminista y algo así como la consumada antítesis de George Bush, creen que conjurará todos los males del planeta, originados, como todo el mundo progresista sabe, por el tejano maligno. Pero según se acercan las elecciones de noviembre y comienza a perfilarse como una posibilidad real que Obama gane estas elecciones, surgen en muchos rincones las dudas sobre la solidez de las propuestas faldicortas y buenistas del candidato demócrata. Y sobre una especie de arrogancia juvenil y superioridad moral que pregona que pueden ser tan peligrosa como otros aventurerismos de signo contrario.
Jorge Marsá
10:55 | 15 Julio 2008 | Permalink
Censuras y credibilidad
Teresa Cárdenes [La Provincia de hoy]
A mayor gloria de Coalición Canaria, un síndrome de descomposición interna avanza sin remedio en las dos organizaciones políticas más votadas en las Islas a varios meses de que sus máximos dirigentes se sometan a reválida en los congresos regionales del PP y del PSC.
El espectáculo es directamente bochornoso en el Partido Socialista, donde no pasa un día sin que algún dirigente o cargo público organice un espectáculo de casquería retórica, desafío a la dirección o indisciplina pura y dura. Ha vuelto a ocurrir ayer en La Gomera, un predio del eterno Casimiro Curbelo donde no han tardado ni 72 horas en desoír expresamente la condena de Francisco Hernández Spínola a las mociones de censura pactadas con tránsfugas para lanzarse a por otra, la segunda en menos de una semana, en la misma isla.
Marca la tradición política en Canarias que determinadas operaciones de censura den lugar a tremendos aspavientos, con recurso expreso a amenazas de expulsión que luego, pasado el tiempo, acaban directamente en el limbo de los expedientes X. Forma parte de un efecto de desdoblamiento de personalidad que lleva a los partidos políticos a ejecutar en la práctica justo lo contrario de lo que predican en la teoría.
De modo que, si realmente quiere hacer su discurso creíble, más valdría que se esmerara el PSC en demostrar que, en efecto, si tanto le repugnan las dos censuras orquestadas con tránsfugas en San Sebastián de La Gomera y Valle Gran Rey, es capaz de aplicar todo el peso de la disciplina interna, expulsiones incluidas, para hacer valer el principio de la ética en los comportamientos políticos.
Entre tanto, la otra censura de campanillas, la ejecutada hace menos de una semana en La Oliva, le ha venido de perlas a José Manuel Soria para intentar desembarazarse de una de sus peores pesadillas, la que representa el irreductible Domingo González Arroyo en Fuerteventura, lanzado como un kamikaze contra el pacto CC-PP porque sabe que tanto más daño causará a su presidente regional cuanto más erosione la estabilidad interna de la alianza que sustenta al Gobierno.
A fin de cuentas, ésa y no otra es la madre de todas las batallas, donde vienen a coincidir todas las censuras a un extremo y otro de Canarias.
Jorge Marsá
10:40 | 16 Julio 2008 | Permalink
Los ricos también lloran
Roberto Blanco Valdés
[La Voz de Galicia de hoy]
Los nacionalistas se han llevado, al fin, el dato al agua: el Ministerio de Hacienda publicó ayer las balanzas fiscales regionales cediendo a una exigencia de CiU, ERC y el PSC que todos los Gobiernos habían rechazado. Todos menos el de Zapatero, claro está, quien vuelve a demostrar por qué resulta a los nacionalistas más simpático que sus predecesores en el cargo: porque no aguanta sus presiones. ¿Se imaginan a Aznar, a González o a Suárez desautorizando el Manifiesto por la Lengua Común con el desprecio y la demagogia que ha demostrado un presidente para quien el castellano es, de hecho, lengua única, al ser incapaz de expresarse en cualquier otra?
Pero volvamos a esas balanzas con las que Hacienda ha descubierto un gran secreto… que todo el mundo conocía. O al menos todo el que quiera ver en Internet (por ejemplo en la web del BBVA) los diversos cálculos elaborados en los últimos años por grupos de expertos diferentes.
¿Por qué, pues, el empeño del nacionalismo catalán en que se publiquen oficialmente esas balanzas que marcan la diferencia entre los impuestos que pagan los ciudadanos de cada territorio y los servicios, inversiones y transferencias que reciben? Por una razón que nada tiene que ver con la transparencia del sistema, como se proclama falsamente, sino con el objetivo de reducir su solidaridad de modo sustancial: porque, como en aquel culebrón mexicano celebérrimo, «los ricos también lloran».
Digámoslo, por tanto, claramente: la finalidad que se persigue con la oficialización de unos datos que -más allá de sus diferentes versiones- son ya bien conocidos no es otra que la de utilizarlos políticamente para agitar agravios y pasiones y lograr, así, convencer al Gobierno socialista de que debe aceptar cambiar el sistema de financiación de modo que reduzca la solidaridad de un territorio (Cataluña) que constituye hoy su primer granero electoral.
Si el Gobierno cediera a ese chantaje, habría hecho mucho más que entregarse al nacionalismo catalán (incluido, claro, el PSC): habría sentado las bases para dinamitar un sistema que no podría funcionar sin el respaldo de los contribuyentes de Cataluña, de Baleares o, sobre todo, de Madrid, la región que aporta más, con diferencia, a la solidaridad.
Y todo ello -no nos cansaremos de decirlo- al servicio de esa patraña de que son los territorios y no los ciudadanos los que soportan la carga tributaria. Como saben incluso quienes agitan tal mentira, no es así: los impuestos los pagan María, Pedro y Juan, y no Cataluña, Galicia y Baleares. Y solo con la solidaridad entre esos territorios es posible que la haya entre los ciudadanos que pueden mantenerla y los que la necesitan para vivir con dignidad.
flanagan
11:19 | 16 Julio 2008 | Permalink
“…los impuestos los pagan María, Pedro y Juan, y no Cataluña, Galicia y Baleares.”
Parece mentira que algo tan simple como esto les cueste a algunos tantísimo asimilarlo.
Jorge Marsá
10:36 | 18 Julio 2008 | Permalink
Infantilismo patológico
Carmen Merino
[Canarias7 de hoy]
La palabra crisis no está solo proscrita en el diccionario de cabecera al que acude José Luis Rodríguez Zapatero para explicar la situación en la que se encuentra la economía española, entre otras. Crisis es un término del que huyen como agua hirviendo la totalidad de los partidos políticos, como si las personas adultas tuviéramos que creer que en las organizaciones humanas con objetivos políticos nacen, viven, se desarrollan y mueren sin lugar para el conflicto. Como si los torpedos que vemos pasar de un lado a otro de la cúpula celeste de los partidos políticos no fueran sino estrellas fugaces portadoras de buenas nuevas.
Cada vez que un dirigente político intenta negar la evidencia de una crisis en el seno de su organización política, está insultando gravemente a la inteligencia de la ciudadanía. Y, además, haciendo gala de un infantilismo que le deprecia como tal dirigente político. Es preferible un Mariano Rajoy admitiendo su situación y asegurando un pronto restablecimiento de la salud interna, que un Francisco Hernández Spínola lanzado a negar la crisis del PSOE canario, como si taparse los ojos sirviera para que los demás no vieran las vergüenzas que están expuestas.
Pero cuando el infantilismo ya alcanza condiciones de patológico es cuando no sólo se trata de negar la evidencia, sino que además se minusvaloran los propios problemas con el argumento de que los que tienen los demás son aún mayores que los nuestros.
En este sentido, Francisco Hernández Spínola se está luciendo. Porque no solo su partido atraviesa una grave crisis, con independencia de lo que esté pasando en otras organizaciones políticas. También él, como vicesecretario general, está siendo poniendo en cuestión por todos los flancos. Por arriba, porque ha perdido la confianza de Juan Fernando López Aguilar, y por abajo, porque personas como Santiago Pérez han dejado de reconocerle públicamente la autoridad que le corresponde como teórico número dos del partido a tenor de las últimas manifestaciones que hemos visto.
Mandar a callar tampoco es la medicina que resuelve una crisis orgánica. Aunque es cierto que el reposo de la lengua, su uso exclusivo en los órganos del partido, es una medida acertada para contener la propagación de los virus y bacterias.
Pero si se tiene en cuenta que, en los últimos tiempos, en los órganos del Partido Socialista Canario solo se han atrevido a hablar Jerónimo Saavedra –que lo hace dentro y fuera- y aquellos otros que se han envalentonado a base de halagos al nuevo gran jefe, no es de extrañar que el guirigay se monte fuera. A ver quién es el valiente –¿hay alguien ahí, señor López Aguilar?- que le impide a Casimiro Curbelo defender incluso públicamente sus mociones de censura de Valle Gran Rey y San Sebastián de La Gomera.
Jorge Marsá
10:14 | 23 Julio 2008 | Permalink
Balanzas trucadas
Ignacio Camacho [ABC]
¿PERO qué monserga es ésta de las balanzas fiscales? ¿Desde cuándo un Gobierno socialista acepta sin rechistar que los tributos los pagan los territorios y no los ciudadanos? Y aun así, ¿cómo se pueden dibujar aduanas tributarias en una nación que se supone comparte un mercado y una Hacienda únicos? ¿Habrá también balanzas comerciales autonómicas? ¿Y de cuotas de Seguridad Social? ¿Y cómo demonios las medimos? ¿Habrá que volver a los aranceles internos como parte de la recuperación de la memoria histórica?
Vamos a ver; si una ciudadana de Badajoz, que recibe por vía directa o indirecta transferencias de renta procedentes de Cataluña o Madrid, se compra una blusa en Mango, empresa textil catalana… ¿esa transacción en qué balanza se apunta? Cuando la sanidad pública andaluza adquiere sus materiales a fabricantes catalanes o madrileños y los paga con fondos aportados por dichas comunidades, ¿se cuenta ese dinero como pago o como ingreso de quién? Si un gallego subvencionado adquiere un electrodoméstico Fagor, fabricado en una autonomía protegida fiscalmente por concierto, o un mueble valenciano, ¿genera déficit o superávit fiscal? ¿Y si un parado andaluz ingresa su subsidio de desempleo en la Caixa? ¿En qué comunidad se pagan los impuestos de la producción de energía en la central extremeña de Almaraz? ¿Con qué balanza pesamos el intercambio cotidiano de millones de euros circulantes por los mecanismos de nivelación interregional?
Además, cualquiera diría, oyendo a los nacionalistas, que su contribución al presunto superávit fiscal de las regiones más pobres es voluntaria, y hay que agradecerla como si fuesen donativos a una ONG. Oiga, yo no conozco a nadie que pague tributos de buena gana. Se paga porque lo dice la ley, y se paga lo que dice la ley; ni más ni menos, aunque a todo el mundo le parece mucho. Se llama solidaridad, progresividad fiscal, y es un sistema imperfecto pero más o menos justo de redistribución de la renta. Entre personas, no entre territorios, y según cuánto ganan, no según donde viven. A ver si nos enteramos todos de una vez: los catalanes, los extremeños, los andaluces o los baleares tienen derecho a la misma educación o a la misma sanidad no porque sean catalanes, andaluces o extremeños, sino porque son españoles. ¿A que parece claro? Pues algunos no lo quieren ver. Porque no les interesa.
Y hablan de las balanzas porque la solidaridad se les antoja un peso. Porque desean que el Estado deje de invertir en Almendralejo, Bailén o Carballiño para que invierta más en Olot, Tarrassa y Hospitalet. Que sus impuestos financien sólo o preferentemente sus propios servicios y sus aspiraciones de «construcción nacional». Que se rompa el equilibrio igualitario en virtud del cuál se pagan las necesidades de los que tienen menos con los impuestos de los que ganan más.
Que ése sea el designio de los nacionalistas tiene su lógica. Aislacionista e interesada, pero lógica. Pero… ¿a qué lógica responde que los socialistas cedan a la pretensión de trocear, segmentar o desarticular la igualdad de todos los ciudadanos aceptando unas balanzas trucadas?
flick
13:46 | 23 Julio 2008 | Permalink
¿A qué lógica, dice? La lógica de los votos. ¿Te parece poco? Está Zapatero como para no reirle las gracias a cualquier cosa que se les ocurra a los catalanes. Hoy por hoy ZP está gobernando en España gracias a los resultados que obtuvo en Cataluña. Esos votos hay que cuidarlos, porque son los más volátiles. Estrategia, ganar elecciones ¿no era eso la política?
Jorge Marsá
12:37 | 24 Julio 2008 | Permalink
Aluniza como puedas
Luis Alfonso Gámez
[El Correo]
Millones de personas no se creen que Neil Armstrong, Buzz Aldrin y otros diez hombres pisaron la Luna entre 1969 y 1972. El ingeniero espacial y escritor James E. Oberg calcula que en Estados Unidos hay un 10% de incrédulos y, hace dos años, una encuesta entre universitarios del país revelaba que el 27% duda seriamente de que las cosas ocurrieran como las cuenta la NASA. Para toda esa gente, los alunizajes se rodaron en un estudio de cine porque las imágenes son demasiado nítidas, no se ven las estrellas, las banderas ondean y, si de verdad el hombre hubiera llegado a la Luna, habría seguido viajando al satélite.
Resulta chocante, ciertamente, que hoy tengamos problemas para que un puñado de hombres vuelvan sanos y salvos de la Estación Espacial Internacional, cuando se encuentra a sólo 400 kilómetros de altura, una milésima parte de la distancia de la Tierra a la Luna. ¿Cómo se explica que el transbordador espacial corra peligro de desintegrarse durante la reentrada en la atmósfera y que con ninguna cápsula Apollo pasara algo parecido? Muy sencillamente, responden los incrédulos: el proyecto Apollo fue un montaje, y las naves caían al Pacífico, en realidad, desde un avión.
Cielo sin estrellas
La teoría de la conspiración fue formulada en 1974 por Bill Kaysing en su libro We never went to the Moon (nunca fuimos a la Luna). Empleado de Rocketdyne, la firma que desarrolló los motores del cohete Saturno 5, decía que la farsa empezó a urdirse cuando la NASA se convenció de que no iba a poder poner a un hombre en el satélite antes de que acabara la década de los 60, en contra de lo anunciado por John F. Kennedy ante el Congreso de EE UU el 25 de mayo de 1961. El engaño había culminado con la simulación de los seis alunizajes en unas instalaciones cercanas a Las Vegas. El autor de We never went to the Moon sostiene que hubo quien intentó contar la verdad y lo pagó con la vida, como Virgil Grissom.
Cuando el astronauta a quien debe su nombre el más popular de los forenses descubrió lo que se tramaba en los pasillos de Washington, decidió hacerlo público. Por eso murió, junto a Edward White y Roger Chaffee, en el incendio del Apollo 1 en la torre de despegue el 27 de enero de 1967. Otros siete astronautas que fallecieron en accidentes de tráfico y aviación entran también dentro del grupo de víctimas mortales de la conspiración. Para Kaysing y sus partidarios, las pruebas de que todo fue un montaje están en los miles de fotos tomadas en el satélite, en cuyo cielo no se ve ni una estrella -”¿Estrellas? ¿Dónde están las estrellas?”, se pregunta en su libro una y otra vez- y en donde la bandera estadounidense ondea, algo imposible en un mundo sin atmósfera.
Santiago Camacho, uno de los miembros del equipo de Cuarto milenio, ha sido uno de los principales promotores en España del fraude de los alunizajes. En su libro 20 grandes conspiraciones de la Historia (2003), sostiene que Maria Blyzinsky, astrónoma del Observatorio de Greenwich (Reino Unido), no se traga la historia de la NASA por la falta de estrellas en las fotos. En Greenwich dicen lo contrario. “La cita es falsa. Maria no sabe de dónde ha salido; pero no representa de ningún modo la postura oficial del observatorio ni su punto de vista personal. El personal del Real Observatorio de Greenwich dedica mucho tiempo a refutar afirmaciones de los promotores del fraude lunar y de otros pseudocientíficos”, indicó a este periódico hace tres años Robert Massey, astrónomo jefe del centro.
Silencio en masa
La conspiración lunar es fácil de desmontar. Para empezar, hay un par de argumentos demoledores que nada tienen que ver con la ciencia: el del silencio ruso y el de la falta de pruebas. ¿Cómo es que los soviéticos no denunciaron el engaño? ¿Es posible que el departamento de efectos especiales de la Casa Blanca engañara al Kremlin y en Moscú optaran por callarse y no denunciar las malas artes de los capitalistas? Además, en pleno apogeo del programa Apollo, la NASA tuvo en nómina a 35.000 personas, y otras 400.000 trabajaban en empresas y universidades contratadas, demasiada gente a mantener callada en un país donde sale a la luz hasta lo que el presidente hace con una becaria en el Despacho Oval.
Aunque en las fotos parezca lo contrario, ninguna bandera ondea en la Luna: todas cuelgan de una varilla horizontal que parte del extremo superior del mástil. Que el cielo no esté salpicado de estrellas se debe a lo mismo por lo cual no se ven durante la transmisión nocturna de un partido de fútbol. Las cámaras estaban programadas con un tiempo de exposición muy corto para que las fotos no se velaran debido a la intensa luz del Sol y su reflejo en la superficie lunar; el brillo de las estrellas era, por el contrario, demasiado débil para impresionar la película. No se ven, de hecho, estrellas en las imágenes de ninguna misión tripulada de la Historia.
Los astronautas trajeron 382 kilos de piedras lunares que geólogos de todo el mundo han autentificado como tales, y dejaron en el satélite espejos láser que se han utilizado para medir la distancia entre los dos mundos mediante rayos láser. Por si eso no fuera bastante, a pesar de cómo lo presentan algunos autores, Kaysing no sólo nunca fue empleado de la NASA, sino que tampoco tuvo nada que ver con el proyecto Apollo. Es cierto que trabajó en la compañía Rocketdyne, pero como bibliotecario, porque era licenciado en Filología Inglesa. Además, dejó la empresa en 1963, antes de que se implicara en la conquista de la Luna, que fue una costosa carrera militar que se abandonó una vez que hubo un ganador y el perdedor admitió el resultado. Las cápsulas ‘Apollo’ eran de un solo uso y por eso, aunque más primitivas, eran más seguras a la hora de la reentrada que los actuales transbordadores, y algunos astronautas murieron en los años 60 en accidentes de aviación porque eran pilotos de pruebas.
El docudrama
Operation Lune (2002): Película con formato de documental en la que Henry Kissinger, Christiane Kubrick -viuda del cineasta- y Donald Rumsfeld afirman que los alunizajes fueron un montaje. Es una broma del canal Arte francés. A la venta, en inglés y francés.
Jorge Marsá
10:53 | 25 Julio 2008 | Permalink
Alternativos
Arcadi Espada
[El Mundo de hoy]
Se sorprende el mundo del camuflaje de Karadzic. Mi sorpresa es que lo llamen camuflaje. Se hacía pasar por curandero. Un genocida disfrazado de curandero han dicho los periódicos. El camuflaje era bueno, porque era inexistente. No todos los curanderos son genocidas; pero es indudable que todos los genocidas son curanderos. El llamado Dragan David Dabic se daba a la llamada “meditación holística”. ¡Como si fuera nuevo en su vida! Todo nacionalismo es un holismo. Y no hay nada más integral que la limpieza étnica. La insistencia en el camuflaje y en la posibilidad de que Karadzic se hiciera pasar por otro sólo obedece al aura y al buen rollo que en nuestro mundo desprende lo alternativo. Incluidos los casos, por supuesto, en que la alternativa es el mal. Los seres humanos tienen una muy llamativa concepción del perfeccionamiento y la felicidad.
Un lugar especialmente ennoblecido del pensamiento (sic) alternativo afecta a lo que suele entenderse por filosofías orientales. A mi juicio lo mejor que puede decirse de ellas es que después de muchos siglos siguen siendo, por fortuna, alternativas; y que ojalá lo sean por mucho tiempo. La posibilidad de que se conviertan en paradigma da temblores holísticos, y de ahí mi considerable preocupación estupefacta ante lo que ha sido una de las grandes noticias del verano, en la medida que el verano y sus relatos suelen estar teñidos por la alucinación. Hace días, y en medio de la silenciosa aceptación general, el director general de Tráfico, Pere Navarro, presentó el llamado “casco budista portador de paz” para uso de moteros, asegurando que contribuiría a reducir los accidentes de carretera. El señor Navarro, impertérrito, expuso sus fundamentos: “Se necesita un poco de ayuda de la filosofía oriental para conducir una moto”. Entre los innumerables centros de interés de la noticia destacaba también la puntualización de un Lama implicado: “Los monjes budistas no vendemos cascos, sino que los dotamos de valor añadido”. Es muy exacto, y define muy bien el mundo alternativo. Por un lado están los cascos (¡los cascotes! dirían los deconstruccionistas, siempre orientales) del paradigma occidental: hierro y plexiglás, fibra de vidrio, carbono, y no sé cuantas groseras aplicaciones de la tecnología occidental. Y luego el valor añadido, que consiste en pintarlo de rojo y azafrán.
Hay que observar escrupulosamente la fisonomía de los márgenes alternativos. La huida de Karadizc. La evidencia de que el hombre más razonable del nacionalismo vasco, Juan José Imaz, era un consumado jugador astrológico, que echaba las cartas en las reuniones gubernamentales. El casco del director de Tráfico, de rojo y azafrán. La gran tragedia de la muerte de Dios es que su aura ha estallado en billones de insidiosos pedazos.
(Coda: “El doctor Dragan David Dabic prometía curarlo casi todo con una ‘limpieza de aura”. María Ramírez. El Mundo, 23 de julio)
Jorge Marsá
11:10 | 26 Julio 2008 | Permalink
Laicismo sí, pero «daquela maneira»
Roberto Blanco Valdés
[La Voz de Galicia]
El nacionalismo gallego celebrará hoy, como desde hace muchos años, el Día da Patria. Las autoridades de la Xunta -o, al menos, las de la parte contratante socialista- conmemorarán, igual que durante las tres últimas décadas, el Día de Galicia. Y la corporación del Ayuntamiento de Santiago participará, según es ya tradicional, en los actos oficiales del Día del Apóstol.
Hoy contemplaremos pues, de nuevo, una escena a la que estamos muy acostumbrados: la de un alcalde socialista (ahora Bugallo, Estévez antes y durante un largo período de tiempo) postrándose de hinojos en los bancos de honor de la catedral compostelana y haciendo, como delegado regio, la ofrenda ante el Apóstol.
Habrá quien entienda esa conjunción entre religión y socialismo como una muestra de mutua comprensión y habrá quien la considere una promiscuidad intolerable entre el «opio del pueblo» y las izquierdas. Como se imaginarán, yo tengo al respecto mi opinión, pero no es tal el asunto que ahora me interesa.
No, lo único que quiero es destacar la incoherencia -¡y la tomadura de pelo!- que supone proclamar en un congreso la necesidad de avanzar hacia lo que el PSOE llama últimamente la profundización en el laicismo, y mantener, como si tal cosa, la participación de muchos cargos socialistas (presidentes y consejeros autonómicos, alcaldes y concejales) en actos religiosos en los que su presencia resulta absolutamente prescindible.
Subrayaré, para evitar equívocos, que nadie podrá atribuir a Bugallo ahora -o a Estévez antes- tal incoherencia, pues si el primero se mostró contrario en el reciente congreso del PSOE a la supresión de los funerales de Estado y a la profundización en el laicismo, no recuerdo que el segundo echara jamás los pies por alto para criticar lo que, como alcalde, hacía año tras año.
No puede decirse lo mismo del nuevo equipo que lidera Zapatero, o de esas Xuventudes Socialistas de Galicia que exigen un «compromiso radical» con el laicismo: uno y otras podrían impulsar en tal sentido un paso de gigante recomendando vivamente que todos los cargos institucionales del PSOE dejasen de asistir, en calidad de tales, a celebraciones religiosas: ¡Fuera procesiones, ofrendas, mantillas y peinetas! ¡Y fuera bastones de mando y pendones de ayuntamientos y diputaciones gobernadas por la izquierda!
Eso sería lo que exigiría la seriedad en la defensa de una posición en la que se cree de verdad. Lo otro -lo de ahora- es una muestra más de ese oportunismo populista que todo lo fía a la mera propaganda y que no cree necesario sostener, con lo que se hace cada día, lo que se proclama únicamente para convencer a los ingenuos y mantener a los parciales en perfecto estado de revista.
Jorge Marsá
11:30 | 28 Julio 2008 | Permalink
El carisma de Barack Obama
Martín Prieto
[El Mundo de hoy]
Tras ganar las elecciones por mayoría absoluta, José María Aznar dijo a sus colaboradores: «Ya veréis como ahora empiezo a tener carisma». Se burlaba así de quienes le reprochaban no ser carismático y obtuvo más poder pero no el calor de las masas, y desarrolló el peor gobierno de sus dos mandatos. Carlos Sastre no tiene carisma, como no lo tuvo Indurain, y sí lo tuvo el tercermundista Federico Martín Bahamontes. El carisma no es el éxito, ni el acierto, es un nimbo que te envuelve y te hace ciegamente atractivo a las gentes que te quieren tener. Desde Julio César en las Galias, tiene mucho que ver con la manipulación y la mercadotecnia.
Barack Obama acaba de demostrar en Francia y Alemania su carisma. A los berlineses les ha embobado. Es un falso negro redibujado por la mezcla de sangres. Afroamericano con adolescencia asiática y con la sospecha de haber recibido el islam en una madrassa indonesia, lo que le hace misterioso. Propugna el cambio, que desde Felipe González no se sabe lo que es, pero que todo el mundo desea como palabra tótem. Pone los huevos en distintas cestas y a los israelíes les dice que Jerusalén es capital judía indivisible, y a los palestinos que habrá que negociarlo. Con su verbo tranquilo y fluido no improvisa nada, todo lo lee en paneles traslúcidos. Pero triunfa la obamanía.
Se le nota la sombra de John Fitzgerald Kennedy, un carismático genético programado para lo que fue, y que intentó invadir Cuba y lo hizo en Vietnam tras asesinar a los católicos hermanos gobernantes Ngo Dinh Diem y Ngo Dinh Nhu. Los demócratas son intervencionistas en política exterior, como demuestra la Historia que no ha leído la progresía, y los republicanos aislacionistas, como el pobre Bush que aún no se ha repuesto de las Torres Gemelas y del Eje del Mal que se le aparece en la alcoba de Lincoln. McCain puede ser más seguro para el orden internacional que Obama, precisamente porque sigue hablando de Checoslovaquia y pone una frontera entre Irak y Pakistán. A los republicanos les pasa lo que a Zapatero: no les gusta la política internacional.
La izquierda española cree que el Partido Demócrata es una reserva de indios socialistas, y, por tanto, primos hermanos. Todo lo dieron al señor Kerry y así les fue. Pepiño Blanco acudirá con corte de vicesecretario a la convención demócrata que sancionará el carisma de Obama. Sólo le gana a McCain por dos puntos, y hay mucha América profunda que no piensa votar a un negro aunque sea de diseño. Como Pepiño, no aventuro el resultado «para no interferir en la política interna de EEUU».
Jorge Marsá
11:53 | 29 Julio 2008 | Permalink
Subversión olímpica y cuento chino
HERMANN TERTSCH
[ABC, 29-07-08]
AUNQUE de gustos siempre se puede discutir, sí parece poco discutible que el estadio olímpico de Pekín, construido para estos Juegos por el arquitecto suizo Jacques Herzog es un edificio colosal y un monumento arquitectónico impresionante. El régimen chino ya lo ha convertido en el símbolo de la nueva China, como la Gran Muralla lo es de la antigua. A las críticas que ha recibido por prestarse a diseñar y ejecutar esta magna obra para la dictadura china el arquitecto ha respondido que «sólo un idiota habría dicho que no». En eso estamos de acuerdo. No creo que existan muchos arquitectos capaces de rechazar este proyecto para un estadio deportivo por consideraciones morales. Otra cosa habría sido recibir el encargo de Pekín para hacer una nueva red de campos de prisioneros en China, aunque también para ese encargo, con mucha mayor obra -no quepa duda-, se habrían prestado muchos, y muchos sólo habrían protestado después de perder en el concurso. No digo yo que Herzog fuera uno de ellos.
Lo que ya irrita y no poco de las largas e inteligentes explicaciones que da el arquitecto suizo en una larga entrevista en el semanario alemán «Der Spiegel» es el intento de presentar su implicación en esta obra en un acto a favor de los derechos humanos. Asegura que la construcción «es un espacio público en el que es posible la vida social, y ésta no puede ser fácilmente controlada o vigilada» y «tiene por tanto algo subversivo», explica. Y concluye que por eso considera «que el estadio es una especie de Caballo de Troya». Hombre bendito, pues mire, tampoco es eso.
Estaba claro que el boicot a unos Juegos Olímpicos en una potencia que emerge con la inmensa fuerza de China era inviable además de irrazonables. Los que en su día, no hace mucho, se lo plantearon con motivo de la represión habida en el Tíbet han retornado al discreto silencio y estarán allí, en las tribunas o aplaudirán los Juegos como el que más. China no viola hoy más los derechos humanos que cuando se le otorgaron los JJOO y si su actividad internacional, en activa defensa de criminales notorios como el régimen de Al Bahir en Sudán o el de Robert Mugabe en Zimbabwe, el de los Castro en Cuba u otras satrapías del mundo, es porque tiene de nuevo más presencia en el exterior y los criterios morales le son perfectamente ajenos en sus relaciones comerciales y políticas. La franqueza de China no es precisamente encomiable, pero sí contrasta mucho con la hipocresía a la que el realismo, la avidez y la cobardía inducen una y otra vez a las democracias occidentales.
Nadie sabe cuánto cambiará China con estos Juegos Olímpicos, que suponen un hito de presencia y atención extranjera en cinco mil años de historia china. Lo que está claro es que China no será nunca lo que los occidentales llaman «occidental» y que los derechos, las inquietudes, las libertades y la vida de los individuos seguirán teniendo un valor absolutamente subordinado cuando no residual si chocan con los intereses de lo que el estado considera la colectividad. Eso no quiere decir que no se deban denunciar las atrocidades allí con la misma energía que se deben denunciar en pequeños países que las democracias sí podrían cambiar radicalmente. Las esperanzas de que la libertad económica llevara a todos los rincones del mundo las libertades democráticas occidentales se han revelado una efímera quimera. Quizá porque si hubo en algún momento la posibilidad de que ese sueño se cumpliera, el mundo occidental careció del coraje o el interés necesario. Luego hagamos lo posible por convivir sin grandes complicidades. Y sin intentar vender lo que suele ser negocio, o puede que incluso arte o deporte, como actos liberadores.
Jorge Marsá
11:15 | 30 Julio 2008 | Permalink
Recto
Arcadi Espada
[El Mundo de hoy]
La ironía sirve para llevar al lector al borde del precipicio y hacerle ver cómo serían las cosas si las cosas fueran lo contrario de lo que son. Por ejemplo, la portada de la revista New Yorker (paradigma de la prensa «liberal», socialdemócrata), que muestra a Obama en la intimidad del salón de su casa. El lleva vestido islámico, y ella, que recuerda a Angela Davis, la mítica pantera negra, va tocada con una ametralladora. Ambos cierran el puño y se dan el ok. En la chimenea está quemando una bandera de los Estados Unidos de América. La intención es tan obvia que da pudor enunciarla: mira esta caricatura que los derechistas han hecho de Obama. Pues bien: los primeros en protestar han sido los miembros de la oficina de Obama. La portada da una idea equívoca del candidato, eso es lo que han dicho. Temen que el público vea en Obama, literalmente, a un terrorista. La opinión de Obama ha recibido un cierto apoyo de la ciencia presunta. Leo que una psicóloga de Harvard (repítase: Har-vard), Mahzarin Banaji, plantea la posibilidad de que el cerebro humano asocie los pares Obama/terrorista al margen del contexto (en este caso del New Yorker y su intención clamorosa). ¡Naturalmente que es muy probable que el cerebro haga eso! Es precisamente a partir de esa característica que el fenómeno irónico puede proyectarse. La ironía apura hasta el fondo el delirio de la asociación cerebral para desnudar radicalmente la realidad. Sin esa tosquedad cerebral, la elegancia irónica no tendría ninguna posibilidad. Hay ironía porque hay lenguaje recto.
El problema, cada vez más grave, es que el lenguaje recto lleva camino de convertirse en obligación escatológica. Literalmente en bullshit, que es, literalmente, mierda de toro, o caca de la vaca, como la bautizara Santiago González; y metafóricamente, palabrería. Es decir, un discurso desprovisto de forma, puramente cagado, y que Dios me perdone. A la desaparición de la ironía, incluso de la ironía más naïf, meramente publicitaria, están contribuyendo, en primer lugar los políticos y su timorata necesidad de ponerse delante de la opinión, antes que de encabezarla. También las llamadas minorías. El último ejemplo ha sido el de Nike, obligada por gays a retirar un anuncio de zapatillas, porque la foto reclamo mostraba el salto de un jugador de básquet. Tal era el salto que le ponía el pelotón en la boca a su adversario. Mientras, irónico, el publicista decía, temiéndoselo: «That ain’t right» («No es correcto»). Por si las dificultades fueran pocas se añade la de internet y la lectura basura. La red es el desierto del lenguaje irónico, porque la ironía requiere algo más que surfeo: hay que meter el cuerpo. Cualquiera que escribe corre el riesgo de que sus opiniones irónicas se reboten en miles de ecos rectos y, en consecuencia, repulsivos.
No hay mal que por bien no venga: al fin hemos comprendido qué era y qué iba a suponer la neolengua orwelliana.
(Coda: «¿Puede ser la gente neurológicamente incapaz…? http://blog.wired.com/wiredscience/2008/07/psychologist-br.html)
Jorge Marsá
11:08 | 1 Agosto 2008 | Permalink
Ah, las metáforas
SANTIAGO GONZALEZ
[El Mundo de hoy]
A veces -cosas del secarral informativo propio de la estación- deviene en asunto nacional la última gilipollez que se le ha ocurrido a un concejal de Izquierda Unida (ICV) de Torredembarra, un uomo cualunque que ha colgado en su blog un falso anuncio del Gobierno de España, con el lema S.O.S. Extremadura needs you.
Se trataba de una petición que él suponía irónica para apadrinar a dos «nens extremenys», dos niños desharrapados y tercermundistas que podrían haber sido figurantes en Los olvidados, un homenaje a Luis Buñuel en el 25º aniversario de su fallecimiento.
No era el caso. Se trataba de una crítica, dizque humorística, al resultado de las balanzas fiscales. Puesto a hacer demagogia, habría sido más inteligente retratar a los niños, limpios y lustrosos, compartiendo ese ordenador que la Junta ha comprado a cada dos escolares con el dinero que expolian a Cataluña. El pobre Suñé quizá no sepa que niños como los de la foto puede encontrarlos más cerca, en el barrio barcelonés de La Mina, y que a veces los mares del Sur, la otra cara de la luna y de la prosperidad, se encuentran a unas pocas paradas de metro de la casa de uno, tal como describió Vázquez Montalbán en la mejor novela de Carvalho.
Unos días antes del 23-F, Carmelo Garitaonaindía, un profesor de la UPV que había militado en ETA durante el franquismo, publicó un artículo en El País, «ETA, mátalos; pero a todos», con una lista, minuciosa hasta el absurdo, de los enemigos del pueblo vasco; tantos, que aconsejaba el exterminio de toda la población: «Aunque haya alguno que quizá no haya hecho o no haga nada contra Euskalherría, sin duda tuvo alguna vez un pensamiento diferente del vuestro para alcanzar esa Euskadi socialista, euskaldun e independiente que proponéis. O para evitar que lo tenga».
Era, evidentemente, un sarcasmo que estuvo a punto de costarle un disgusto. Un fiscal celoso entendió el artículo en su sentido literal e instruyó unas primeras diligencias por si el autor pudiera haber cometido un delito de apología del terrorismo.
El concejal Lluís Suñé fue cabeza de lista de ICV por la circunscripción de Tarragona en las elecciones del pasado 9 de marzo. El es una prueba concluyente de la selección negativa de la especie política. El primer candidato del Partido Comunista por Tarragona en las elecciones del 15 de junio de 1977, fue Josep Solé Barberá, un abogado brillante, un tipo culto e inteligente, que había sido fundador del PSUC y defensor en el proceso de Burgos, y que en aquellos comicios salió elegido diputado.
El concejal Suñé, que ha pedido disculpas porque no quería ofender, es que no comprende las metáforas. El PSOE de Extremadura, que se ha puesto campanudo para acusarle de «posible utilización pornográfica infantil para fines políticos», tampoco. Aquí se entienden mejor los insultos. A veces, incluso pretendemos cobijarlos en el derecho a la libertad de expresión.
En esta Babel simpática, la pederastia es una acusación política con futuro, como antes lo era el terrorismo. Ministra ha habido que ha hablado de «terrorismo medioambiental» sin descomponer la figura, y en la España de la igualdad que regenta la ministra Aído unos cientos de progres nostálgicos fueron al Alcázar de Segovia a oír a Joan Baez, que volvió a cantar El preso número 9, la apología más brutal de la violencia de género jamás cantada, que se llevó los aplausos más fuertes del repertorio: «Los maté, sí señor, y si vuelvo a nacer, yo los vuelvo a matar. Padre, no me arrepiento, etcétera».
En estas fechas, las portadas de los periódicos deberían insertar un aviso: «El género dentro, por el calor». ¡Ah, las vacaciones!
Jorge Marsá
11:18 | 5 Agosto 2008 | Permalink
Los nacionalistas, ¿son tigres de papel?
Luis de Velasco
[La Estrella Digital]
Permítame el lector empezar con una referencia personal. Fui militante del PSOE desde 1976 hasta 1994, en que lo abandoné asqueado de un montón de cosas, desde la corrupción hasta los GAL, pasando por la deriva conservadora (especialmente, aunque no sólo, en la política económica, fuerte con los débiles y débil con los fuertes), ausencia de democracia interna y, en definitiva, conciencia de que no estábamos sólo ante la crisis política de un partido trufado por el oportunismo y el ganar poder a toda costa sino, sobre todo, ante una crisis moral.
Transcurridos todos estos años, echo la vista atrás y nunca, ni en mis previsiones más pesimistas, pude suponer que el PSOE llegaría a los niveles de deterioro político y moral como el alcanzado ahora. Puede parecer grotesco, incluso revanchista, afirmar esto de un partido que sigue en el Gobierno y que cuenta, al menos hoy, con el respaldo de la mayoría del país. Para quienes todo lo miden por el éxito electoral, a costa de lo que sea, eso es suficiente. No lo es para quienes piensan, pensamos, que el PSOE, con Rodríguez Zapatero al frente del Gobierno, está causando daños seguramente irreparables.
Dejemos de lado el tema de la archinegada crisis económica (cuya profundidad y duración va a ser superior a los pronósticos oficiales y que está ya recayendo, diga lo que diga el Gobierno, sobre los más débiles) porque, al fin y al cabo, de ella se saldrá algún día, y centrémonos en temas más permanentes. Concretamente, en la política desarrollada por el Gobierno desde el 2000, basada en alianzas con los partidos nacionalistas, ejemplificada especialmente en el tripartito catalán con el PSC al frente de la manifestación y en el respaldo al Estatut, algo que está demostrando ser, y más lo será en el inmediato futuro (salvo que el Constitucional lo remedie, algo poco probable), una enorme fuente de problemas de todo tipo. Primera prueba de esto es la aprobación, esta pasada semana, por el Gobierno catalán de un nuevo proyecto de ley de enseñanza que, como ha dicho muy acertadamente Antonio Robles, diputado autonómico de Ciudadanos, es una ley para la exclusión, para expulsar el castellano de la escuela catalana. Claramente anticonstitucional y franquista. Mientras, el Gobierno del PSOE, Gobierno de España (como dice ese gracioso estribillo inventado antes de las últimas elecciones), mira para otro lado.
Cuando llegó Maragall, algunos pensamos y dijimos que sería más nacionalista que Pujol. La burguesía ilustrada barcelonesa, el llamado socialismo “caviar”, tenía que buscar su lugar al sol como fuera. Luego han llegado los llamados “capitanes”, los foráneos, con Montilla a la cabeza, y hay que demostrar la pureza de sangre siendo más papistas que el Papa. La Declaración de Principios aprobada en el reciente congreso del PSC proclama a Catalunya “una nación con un territorio, una lengua, una cultura y una historia propias que configuran una comunidad nacional”, y continúa: “Afirmamos que la lucha por el socialismo y por la libertad nacional de Catalunya son objetos inseparables de nuestro proyecto”. Lo del “socialismo” es farfolla. Lo de la “libertad nacional” tiene mayor enjundia. Es un paso más en una clara deriva en la que el Estatut es pieza clave.
No es exagerado afirmar que, sin la base de una absurda ley electoral y, sobre todo, sin el apoyo actual del PSOE y el esperable del PP (las recientes convulsiones en este partido responden simplemente a la cuestión de qué hacer con los nacionalistas), estos partidos nacionalistas serían tigres de papel. Sólo la conversión de estos dos partidos en nacionalistas bis o vergonzantes les da oxígeno a los nacionalistas y les permite ser cada vez menos de papel al tener acceso a los crecientes presupuestos autonómicos. Además del caso catalán, tenemos el gallego y el balear y, en el horizonte más inmediato, el vasco, donde no es descartable, tras las elecciones, un Gobierno PSE-PNV que serviría para dar oxígeno al segundo.
El PSOE, que cada vez parece menos un partido nacional y cada vez más una confederación de franquicias, enfrenta un enorme responsabilidad, mayor que el PP por ser el partido de gobierno. La coyuntura política es cada vez más grave. Si en lo económico no se justifican, al menos hoy, unos nuevos pactos de la Moncloa, en lo político la embestida nacionalista y de sus “clones”, sí justifica un acuerdo entre los dos grandes partidos, acuerdo que incluya desde reformas constitucionales rescatando competencias para el anoréxico Estado, hasta una nueva ley electoral más acorde con eso tan democrático de una persona, un voto.
Jorge Marsá
11:28 | 6 Agosto 2008 | Permalink
Morgan en el Canarias7 de hoy.
Jorge Marsá
11:56 | 7 Agosto 2008 | Permalink
Es bastante generalizada la consideración del historiador británico John Elliott como el más destacado hispanista. Por esa razón tiene interés el pequeño suelto que publica ABC dando cuenta de su conferencia en Santander.
El hispanista Elliott critica a quienes «pretenden construir naciones de manera artificial»
JUAN CARLOS ROJO
SANTANDER. El hispanista John Elliott, catedrático de Historia Moderna en la Universidad de Oxford, alertó ayer en Santander, donde participa en un seminario organizado por la UIMP, de los nuevos problemas que acechan a España. Y entre éstos citó «la creciente polarización que se está fraguando en esta sociedad», la controversia territorial y que «el estrechamiento de miras de ciertos sectores de esta sociedad está rechazando la convivencia con otras partes de la península ibérica». Un camino, señaló, totalmente opuesto al pluralismo y la tolerancia, que el historiador contempla como solución a muchos de los problemas de España. Elliott fue más allá e invitó a superar la «cortedad de miras que lleva al ensimismamiento, consecuencia de ciertas obsesiones culturales y lingüísticas que son más contraproducentes que beneficiosas», que muchas veces están basadas en precedentes históricos artificiales. Y criticó también la arbitrariedad con la que ciertas corrientes «pretenden construir naciones de manera artificial, se olvida la capacidad y necesidad que todos tenemos de poseer varias lealtades». De modo que, a su juicio, cualquier ciudadano pueda reconocer al tiempo su pertenencia a una comunidad autónoma, un país y a Europa.Acompañado por los miembros de la Fundación José Ortega y Gasset, Mira Milosevich y José Varela Ortega, el prestigioso hispanistas quiso recordar a «la gente que quiere rechazar la idea de España» que «había una idea de España casi desde el siglo XV».
Jorge Marsá
10:51 | 8 Agosto 2008 | Permalink
Random House no publicará una novela sobre Mahoma por miedo a ofender al Islam
[El Mundo, hoy]
REUTERS. NUEVA YORK.- La editorial Random House ha retirado la novela ‘The Jewel of Medina’ (’La Joya de Medina’), de la periodista Sherry Jones, por miedo a que pudiera “incitar a la violencia”. El libro cuenta la historia de Aisha, la niña que fue esposa del profeta Mahoma.
‘The Jewel of Medina’, la primera novela de la periodista Sherry Jones, de 46 años, iba a ser publicada el 12 de agosto por Random House, con una gira publicitaria por ocho ciudades, comentó el jueves Jones a Reuters.
La novela cuenta la vida de Aisha, desde su matrimonio con Mahoma -cuando tenía seis años- hasta la muerte del profeta. Jones dice que se indignó al enterarse en mayo que la publicación iba a ser pospuesta de manera indefinida.
“Escribí deliberada y conscientemente, con respeto por el Islam y por Mahoma (…) Me imaginé que mi libro podría ser un puente”, se lamentó la periodista.
El subeditor de Random House, Thomas Perry, señaló en un comunicado que la compañía recibió un “consejo cautelar no sólo de que la publicación de este libro podría ser ofensiva para algunos miembros de la comunidad musulmana, sino de que también podría incitar a la violencia por parte de un segmento pequeño pero radical”.
“En esta instancia decidimos, tras una larga deliberación, posponer la publicación por la seguridad del autor, de los empleados de Random House, de libreros y de cualquier otra persona que estuviera involucrada con la distribución y seguridad de la novela”, explicó Perry.
Venta a otra editorial
Jones, que acaba de terminar una secuela de la novela que repasa la vida de su personaje tras la muerte de su marido, “puede venderle su libro a cualquier otra editorial”, agregó.
La decisión ha generado un gran controversia tanto en los blogs de internet como en los círculos académicos. Algunos lo comparan con casos anteriores, en los que los libros sobre el Islam han tenido una acogida hostil entre algunos sectores radicales.
Jones, que nunca ha visitado Oriente Medio, pasó varios años estudiando historia árabe y manifestó que la novela es una síntesis de todo lo que aprendió.
“Ellos vivieron una gran historia de amor”, aseguró la periodista sobre Mahoma y Aisha, quien con frecuencia es mencionada como la esposa preferida de Mahoma. “El murió con la cabeza sobre el pecho de ella”, dijo.
Jorge Marsá
11:30 | 11 Agosto 2008 | Permalink
Kosovo, sí; Osetia del Sur, no
THIERRY MALINIAK
[El País de hoy]
Como era de prever, los políticos occidentales (la mayoría) aprendices de brujo que apoyaron hace poco con entusiasmo ciego la última fase del desmembramiento de Serbia y la independencia de Kosovo no han tardado en ser testigos de las primeras (que no últimas, probablemente) consecuencias de su irresponsabilidad: los surosetios consideran que si se pueden modificar las fronteras sobre una base étnica en los Balcanes, ¿por qué no en el Cáucaso? Tanto más cuando la ruptura de la situación actual fue obra del Gobierno de Tbilisi, que decidió, sin provocación previa, romper el acuerdo de paz firmado en 1992 e invadir a sangre y fuego una región cuya población no quiere, en su gran mayoría, pertenecer al Estado georgiano. Y todo indica que si no fuera por la contraofensiva, sangrienta también, del Ejército de Rusia, uno de los garantes del acuerdo de 1992, las tropas de Tbilisi habrían ahogado en sangre la resistencia surosetia.
Se podría esperar que los que tanto apoyaron ayer el derecho de los kosovares a invocar la autodeterminación y el derecho a separarse de Serbia, manifestaran hoy las mismas preocupaciones hacia los habitantes de Osetia del Sur. Pero he aquí que no: la gran prioridad ahora es, aparentemente, preservar como sea la integridad territorial de Georgia. Ayer maleables en los Balcanes, las fronteras, en cambio, se vuelven de repente sagradas en el Cáucaso. ¿Por qué estas dos varas de medir? ¿Será porque hay separatistas buenos y malos? Los primeros, los que gozan del apoyo de Occidente y perjudican a los aliados de Rusia: como los kosovares, y los segundos, los que deben ser combatidos porque perjudican a los amigos de Occidente: como los surosetios. Y es que, al contrario de este malo de la película, y encima socio de Moscú, que era Slobodan Milosevic, Mijaíl Saakashvili, el actual presidente georgiano, ha multiplicado las declaraciones favorables a EE UU, ha mandado un contingente de tropas a Irak y quiere integrar a Georgia en el seno de la OTAN. Frente a tal asalto de fidelidad, ¿qué peso puede tener para la mayoría de las cancillerías occidentales la suerte de los habitantes de Abjazia y Osetia del Sur?
En vísperas de que la UE fije (si lo logra) su posición sobre este conflicto, queda la tenue esperanza de que los europeos sean capaces de demostrar al respecto un mínimo de independencia de criterio respecto de EE UU, cuyos intereses en la zona son distintos de los suyos: para Washington, el conflicto, muy lejano, es simplemente un nuevo episodio en su lucha para reducir la influencia de Rusia en los territorios periféricos de la antigua URSS. Y queda, sobre todo, otra esperanza: que los políticos europeos tengan por fin la valentía de ponerse a reflexionar sobre la validez de la estrategia seguida estos últimos decenios en el sureste del continente. Una estrategia que condujo a revisar fronteras invocando oficialmente los grandes principios y los derechos de las poblaciones, pero que se limitaba sobre todo a intentar reconstruir viejas zonas de influencia y a resucitar los viejos fantasmas de la guerra fría. Si tras Kosovo, el derecho de los pueblos a separarse de un Estado en el cual no quieren vivir se ha convertido en nuevo eje de la diplomacia europea, que ese derecho no se reconozca, por lo menos, a la carta.
Jorge Marsá
10:59 | 12 Agosto 2008 | Permalink
La guerra no es como la pintaba el fallecido humorista Gila, pero es cierto que algunas parecen un chiste; cruel, pero de chiste.
Jorge Marsá
11:07 | 25 Agosto 2008 | Permalink
Contra la cadena perpetua
Fernando Savater
[El Correo]
Con motivo de la justificada indignación y repugnancia que ha producido la excarcelación de De Juana Chaos (sin duda legal, aunque no por ello deje de causarnos a muchos íntima desazón), ha vuelto a discutirse sobre la conveniencia de recurrir a la cadena perpetua en caso de delitos especialmente atroces o de delincuentes declaradamente remisos a cualquier forma de enmienda. Es uno de esos debates intrínsecamente reaccionarios en el sentido literal del término (siempre expresan una ‘reacción’ visceral y atávica ante un suceso del presente), similar al felizmente olvidado de la pena de muerte (esperemos que los cariños olímpicos con Pekín no nos contagien ninguna nostalgia del verdugo, allí tan activo). Para alivio de algunos -entre los que desde luego me cuento-, todos los partidos, incluso los más conservadores, han rechazado esta medida punitiva, resistiéndose como es debido a las presiones de los ‘hooligans’ mediáticos que nunca faltan. Pero los más quisquillosos -entre los que también, ay, tengo que incluirme- no hemos dejado de sentir cierta inquietud al ver que el argumento generalmente utilizado para tal rechazo es la inconstitucionalidad intrínseca de la cadena perpetua… y ningún otro. Porque hay bastante más que decir, moral y políticamente, sobre este asunto.
Para empezar, esto: que puede haber disposiciones legales y sociales que sean constitucionalmente aceptables y que sin embargo resulten indeseables desde una concepción ilustrada y humanista de la convivencia que merece la pena defender parlamentariamente. Ni siquiera basta con decir que tal o cual medida legal es ‘antidemocrática’, porque hay algunas vigentes en países democráticos que pueden seguir repugnando a la conciencia de muchos ciudadanos demócratas: por ejemplo, la pena de muerte, vigente en Estados Unidos, el mayor -aunque no más inobjetable- sistema democrático del planeta. La democracia es un método y la constitución, un marco estable pero no inamovible: ni una ni otra pueden sustituir el debate político sobre lo que conviene hacer; al contrario, lo suponen y lo exigen. No se trata de que España deba dictar lecciones a los demás países sobre estos temas, pero tampoco hay que resignarse a imitar lo que hagan otros, por mucho pedigrí histórico que tengan. El argumento de autoridad perdió vigencia al finalizar la Edad Media y no parece momento oportuno de resucitarlo, tal como está el mundo…
Y, desde luego, los oportunismos y equivocaciones de algunos gobernantes de izquierdas no nos obligan a abjurar de todos los avances progresistas en materia penal, desde Beccaria hasta hoy. El principal de ellos ha sido abolir los castigos ‘irreversibles’, como la pena de muerte o la cadena perpetua, porque identifican sin enmienda posible al criminal con su delito y niegan no ya la perfectibilidad moral de la persona que ha delinquido sino su elemental derecho a una segunda oportunidad en la sociedad, tras haber purgado la condena merecida. Esta disposición generosa no se debe a que menospreciemos la gravedad del delito sino a que valoramos al máximo la dignidad del ser humano, presente incluso en quienes de manera más oprobiosa la olvidan y pisotean. Poner un límite al castigo, tan alto como sea debido, indica la voluntad social de no exterminar al semejante, sean cuales fueren sus culpas. Porque ésa es la condición trágica en la que nos movemos: que los peores son sin embargo semejantes de sus víctimas y de todos los demás. Y la libertad que ellos emplean para el mal -por lo cual pueden y deben ser penalizados- es también terrible e inseparablemente hermana de la que nosotros esperamos, con esfuerzo a veces angustioso, utilizar mejor. No puede intentar liquidarse absolutamente la suya sin condenar también de forma inapelable la nuestra.
Por supuesto, nada de lo dicho implica adoptar una actitud timorata o resignada frente a las atrocidades que cometen algunos seres humanos. Hay medios legales para combatirlas, sobre todo si se los aplica sin trampas ni oportunismos politicoides. Ahora existe en nuestra legislación un máximo efectivo de cuarenta años de reclusión para los peores delitos y la vigilancia judicial debe impedir que quienes rechazan toda forma de enmienda explícita se beneficien de reducciones automáticas de su condena por cualquier subterfugio. Es un derecho del reo el no arrepentirse de su delito y es una obligación de la sociedad tratarle en consecuencia, negándole cualquier recorte de su condena, cuya aplicación siempre debe ser lo más individualizada que resulte posible. Cuando sea excarcelado, también hay formas de proteger a sus víctimas de su proximidad indeseada y desde luego debe vigilarse con el mayor celo que no realice apología de su crimen o proselitismo para que otros incurran en él. Si por tal causa se siente ‘perseguido’, deberá resignarse a esa incomodidad: es parte de la reciprocidad social que los demás nos sintamos también ‘perseguidos’ por su disposición asesina, de la que en uso de su libertad no quiere abjurar. Y si hay que tener pocas contemplaciones con su posible exhibicionismo delictivo, aún menos deberían tenerse con quienes le jalean, le arropan o le ensalzan: lo que más ofende a las víctimas, si no me equivoco, no es la mera presencia en la calle del excarcelado que ha cumplido su pena sino la beligerancia a su favor de quienes pretenden que otros reproduzcan sus fechorías.
En una palabra: las penas que combaten el delito deben tener también una dimensión ‘pedagógica’, no sólo para el delincuente sino para el resto de la sociedad. Tienen que reforzar y explicar el prestigio de la decencia cívica, que no se basa en la rabia -por humanamente comprensible que sea- sino en la aplicación humanista de la justicia. ¿Alarma social? Sí, es verdad, a veces la aplicación de las leyes por jueces no tan comprensibles como quisiéramos puede llevar a la alarma social. Pero quizá sea el sistema mismo de la administración de justicia, sus métodos y los medios de que dispone los que debieran alarmarnos ante todo. A mí, por ejemplo, me escandaliza mucho más el caso de un inocente que se pasa trece años encarcelado por un error judicial y luego es puesto en libertad sin mayores explicaciones que la revulsiva imagen del indeseable De Juana vagando por el mundo. De modo que no bajemos la guardia ni nos dejemos arrastrar por interesados y vociferantes torbellinos.
Jorge Marsá
10:57 | 26 Agosto 2008 | Permalink
Cada vez menos Obama
HERMANN TERTSCH
[ABC, Martes, 26-08-08]
ES cierto que en los últimos tiempos el Kremlin no le hace precisamente favores al candidato demócrata a la presidencia norteamericana y que la invasión rusa de Georgia es en gran medida responsable de que Barack Obama haya perdido en un mes una ventaja de entre siete y diez puntos frente a John McCain. Ayer, al comenzar la Convención Demócrata en Denver, los sondeos coincidían en que los candidatos a la Casa Blanca están empatados en la intención de voto. La espectacular y sangrienta salida del armario del nuevo imperialismo moscovita no cuadra en absoluto con el mensaje de Obama que viene a achacar prácticamente todos los males del mundo a la actual administración norteamericana. No le benefició al candidato demócrata que la noticia de la invasión le sorprendiera de vacaciones en Hawai. Y quizás menos aún que su primera declaración pública al respecto, mientras degustaba un helado, fuera una letanía de simplezas y obviedades sobre la necesidad de buscar soluciones diplomáticas a las crisis y sobre las virtudes del diálogo.
Pero la crisis del Cáucaso y la escalada de tensión entre Rusia y la OTAN no son suficientes para explicar por qué Obama, que se antojaba imparable tras su victoria sobre Hillary Clinton en las primarias demócratas, se ve ahora alcanzado por McCain, un candidato gris que comete considerables errores y carga con todo el lastre de la administración Bush. Una de las causas de este paulatino agotamiento del «fenómeno Obama» está sin duda en la división en el seno del Partido Demócrata. Durante los preparativos de la Convención ha quedado en evidencia que la hostilidad hacia el candidato por parte de algunos sectores de los partidarios de Clinton, lejos de desaparecer, ha cristalizado en un movimiento abstencionista cuando no partidario del candidato rival. Pero más allá de los incondicionales del aparato Clinton, los observadores detectan otro grupo de militantes demócratas que podría ser aun más peligroso para Obama. Apoyaron en un principio con entusiasmo el «fenómeno Obama» pero, según se acerca la fecha electoral, comienzan a temer a un presidente Obama. Todo indica que están agotados de grandilocuencia y buenismo, de sus parientes pobres africanos y sus esperanzas de armonía. Cada día están más impacientes por escuchar medidas y planes concretos.
Lo que parece claro es que entramos en una campaña electoral norteamericana a «cara de perro» en la que será Obama quien gane o pierda las elecciones. Porque sólo hay un paso desde las dudas sobre la capacidad o el temor al aventurerismo del candidato demócrata y la resignación a una presidencia de McCain, un político republicano poco republicano, sólido e informado, crítico con Bush y que previsiblemente, por su edad, no ejercerá más que un mandato. Para contrarrestar esta amenaza, el señor Obama tendrá que ser cada vez menos lo que decía ser. Los líderes del «I´ve got a dream» («he tenido un sueño») son necesarios. Pero si están secuestrados por sus sueños y no dejan que la realidad se los modifique -o incluso impida- se convierten en un peligroso poder que intenta imponer sus anhelos a los ciudadanos y divide al país entre quienes los comparten y quienes se niegan a ello. La democracia norteamericana nunca lo ha permitido. También en esto radica su grandeza. Difícilmente llegará a presidente en EEUU alguien que diga majaderías como «Os prometo que el poder no me cambiará». Si gana Obama será porque se obliga y le obligan a cambiar. Será menos Obama. Y eso es bueno.
Jorge Marsá
11:02 | 26 Agosto 2008 | Permalink
Retrete
Enric González
[El País de hoy]
Los retretes públicos solían cumplir una doble función, fisiológica y psicológica. Además de facilitar la evacuación de fluidos y sólidos, el retrete ofrecía un espacio liberatorio: las paredes se llenaban, con el tiempo, de dibujitos obscenos, poemas escatológicos e insultos tremebundos. La literatura y el dibujo de retrete llegaron a adquirir ciertos cánones, fueron objeto de tesis universitarias y durante muchos años constituyeron una vía de desahogo (adicional) al creador, y entretenimiento (más o menos repulsivo) al conjunto de los usuarios.
Quizá es una impresión personal errónea, pero el graffiti de retrete parece estar desapareciendo. Cabe deducir que, como otras actividades, ha sucumbido ante las nuevas tecnologías y los nuevos apetitos del consumidor. Los antiguos artistas de retrete se congregan ahora en los medios digitales. Muy especialmente en las secciones de comentarios. Como el retrete, proporcionan al artista anónimo un espacio a la vez íntimo y público. Los lectores potenciales son, sin embargo, muchos más, y por tanto debe ser también más gratificante el exabrupto liberatorio.
Los medios digitales pueden censurar los comentarios ofensivos. Es lo más frecuente y tiene como objetivo proteger la dignidad del propio medio y la de los usuarios. Pero la censura resulta frustrante y, en último extremo, estéril. Cuando, por la razón que sea, no hay censura, los resultados asombran. Dejemos de lado la ortografía y la sintaxis, que para el caso son irrelevantes. Vayamos a la esencia y tomemos como ejemplo un medio muy respetable, la edición digital de Abc, el día del accidente aéreo. En el espacio ofrecido a los lectores para comentar la noticia de la tragedia y expresar sus condolencias brotaron primero supuestas conspiraciones (”ha sido ETA con un misil tierra-aire, lo dice la radio”), luego bramidos antigubernamentales, y finalmente, obscenidades a secas.
En la era de la incredulidad, lo más disparatado puede acabar siendo, paradójicamente, lo más verosímil. Sospecho que la vieja literatura de retrete está convirtiéndose en fuente de información fiable para una parte de la sociedad: debe de tener su público, porque ya aflora en las portadas y las emisiones de algunos medios tradicionales, con firma y rúbrica.