Viernes, 20 de Junio de 2008

Universidad o realidad

Gabriel Lavado

La reivindicación del campus universitario lanzaroteño ha aparecido de nuevo, alentada por el Ayuntamiento de Teguise, que ha pujado frente a Arrecife poniendo sobre la mesa 400.000 metros cuadrados de suelo. El debate sobre galgos y podencos ha comenzado otra vez. Y como siempre que esto sucede, lo sustancial va pasando a un segundo plano, a un tercer plano, a un cuarto plano… En mi modesta opinión, la pregunta es, ¿qué beneficios reportaría a la isla una iniciativa semejante? Los planteados hasta ahora me resultan claramente discutibles, y a ensañarme con alguno de ellos dedico estas líneas, con la esperanza de abrir algún debate.

El principal vendría a ser que un campus, aún de dimensiones modestas, supondría un cierto revulsivo para la vida económica, social y cultural de la isla. Este argumento no es rebatido por casi nadie, ni siquiera por muchos de aquellos que no muestran ningún entusiasmo por la idea. La premisa viene a ser “siempre es mejor hacer algo que no hacer nada”. Falso.

Empezando por el aspecto económico, ¿de qué ventajas estaríamos hablando? Atinando más la pregunta, ¿alguien cree que el principal problema para resultar competitivos y eficaces hoy en día en la isla sea la falta de formación universitaria? Hace ya un par de generaciones que los jóvenes de Lanzarote pasan en un generoso porcentaje por la universidad y lo que sucede con muchos de ellos es bien conocido para quien tenga ojos: o terminan desempeñando profesiones sin relación con sus estudios previos, o acaban por olvidar prácticamente todo lo aprendido por falta de uso, al terminar su recorrido realizando tareas para estúpidos en alguna administración. Es más que sabido que sobran universitarios y faltan más tozudos con ideas propias (con título universitario, mejor). Que son, al fin y al cabo, los que pueden tirar del carro de una sociedad.

Que las mismas administraciones públicas que en la isla se han dedicado durante todos estos años a fomentar la estupidez quieran promover ahora una universidad no deja de resultar paradójico. El enchufismo en las propias administraciones, por una parte, está provocando que millones de euros invertidos en formación se hayan tornado papel mojado y desperdiciado. Y, relacionado con lo anterior, la inutilidad de las mismas administraciones para gestionar lo público ha hecho que en el desarrollo de iniciativas privadas lo de menos en demasiadas ocasiones esté sido el talento, y lo de más las tragaderas de cada cual.

Pero volviendo al principio, ¿podría servir al menos nuestra pequeña universidad local para producir más flores para los cerdos? Pues no, tampoco. Porque, vamos a ver, ¿dónde están todos esos jóvenes que no estudian una carrera por falta de recursos, con los que tanto se llenan algunos la boca? Esos ejemplos son tan escasos en nuestro entorno que nos saldría mucho más a cuenta pagarles íntegramente sus estudios, dietas y desplazamientos, en buenas universidades, que montarles una universidad al lado de casa. De hecho, esta última opción sería, además de estúpida, discriminatoria, ya que mientras que los menos pudientes tenderían a quedarse en nuestra universidad de tercera, los demás se marcharían a cualquiera de las de fuera. Respecto a cuestiones de nivel, sólo hay que tener en cuenta la realidad: sólo hay que preguntar a los usuarios de las actuales facultades en la isla.

Por último, y para acabar con otra duda retórica, ¿dónde están esos otros jóvenes que prefieren permanecer toda su vida en la isla, incluso renunciando a la posibilidad de formarse si no disponen de opciones para hacerlo aquí? De estos probablemente habrá algunos más, pero con todo el respeto no creo que sea papel de las administraciones subvencionar la cobardía. Los que en su día nos marchamos sabemos que tanto o más importante para nuestra formación personal fue haber escapado de la isla por unos años, que las horas de estudio invertidas. Y esto aun habiendo cursado en universidades, al menos, de segunda división.