Aitor Cabrera Barrera
Al empresariado local, Lanzagrava, Hormiconsa, Grupo Marcial, Spínola, y otros, no se les conoce una conciencia desprendida en cuanto a contribuciones para llenar algunos de nuestros vacíos culturales o sociales como comunidad. Padrinazgo, mecenazgo, o esponsorización, no parecen términos al uso en sus estrategias comerciales, que lo son. Eso, o realmente lo llevan con tal discreción que no nos enteramos. Pero dudo que de ser así no lo sepamos, porque las obras anónimas no desgravan.
En ese marco, entre la población circula un comentario por el cual las empresas Rosa dan dinero para causas varias, algo social, deportes, y otras contribuciones filantrópicas. El motivo último no lo conocemos, si realmente se debe a un desmedido amor al ser humano o a un golpe de efecto para que corra de boca en boca, sobre todo cuando se hace y se dice aquello de “que no se sepa”. Si no quisiéramos que se supiera, ya sabríamos cómo mantener oculta nuestra identidad. Por cierto, una bodega no parece una obra de generosidad, y cobrar una entrada de diez o doce euros, mucho menos.
Estas cosas deben publicitarse y si de ello se obtiene rendimiento, pues tanto mejor.
Sólo sé que las contribuciones desinteresadas se producen por ahí fuera de una manera más o menos general, y los beneficios para tanto altruismo se miden en prestigio y trascendencia más allá de la vida de quien las realiza (bendita vanidad), además de dignificar al benefactor y a sus herederos.
Por aquí, jugando a brutos, la falta de ciertos grados de civilización y cultura cívica, a lo que nos lleva es a decir que eso de la filantropía es de bobos.
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