Viernes, 20 de Junio de 2008

El triunfo del periodismo sectario

Fernando Marcet Manrique

No tenemos más remedio que reconocerlo así. El periodismo en España definitivamente ha escogido el partidismo como fórmula de supervivencia. No sabemos si fue primero el huevo o la gallina; si el sectarismo periodístico fue consecuencia de una realidad social previa, o si por el contrario fueron ellos los principales precursores de la actual polaridad irreconciliable. En cualquier caso, las cosas están como están, y están así tanto si hablamos del panorama estatal, del autonómico o del insular.

A nivel nacional los tres periódicos más vendidos, con diferencia, son El País, El Mundo y el ABC. El primero, pro PSOE; los otros dos, pro PP. Lo sabemos y no nos escandalizamos, pues los mismos periódicos tampoco se molestan en disimularlo. Al contrario, ellos intuyen que cuanto más descarado es su partidismo, más posibilidades tienen de engatusar a los votantes de los partidos mayoritarios para que compren uno de sus ejemplares. Igual que el diario Sport se congratula de celebrar las victorias del F.C. Barcelona, y el As las del Real Madrid, los rotativos generalistas han adoptado la misma estrategia en el ámbito político. Es una estrategia de mercado perfectamente estudiada y consciente, cuyo objeto es, básicamente, vender más ejemplares.

En Canarias, el periódico más vendido es El Día, seguramente el más sectario de todos los que se distribuyen en el archipiélago (exceptuando circulares de los propios partidos políticos). Sin embargo El Día no siempre fue tan radical en sus editoriales. Del mismo modo que no siempre fue el periódico más vendido de Canarias. Ha sido en los últimos años cuando su director, José Ramírez (señor Burns para sus fervientes admiradores de Canarias Bruta), descubrió el filón de lo sectario, y desde entonces ha explotado al máximo el invento. La ecuación no podría ser más simple: a mayor sectarismo, ventas más jugosas. Es por eso que la radicalidad de los editoriales de El Día ha ido en directa proporcionalidad respecto al aumento de su tirada.

Canarias 7 y La Provincia, en este sentido, han reaccionado algo tarde, pero poco a poco recuperan el tiempo perdido –a la fuerza ahorcan– , y hoy por hoy ya quedan pocas dudas de cuál es la opción política que cada uno de estos periódicos ha escogido para iniciar su nueva andadura sectaria.

En Lanzarote, como no, los hermanos Coll ejercieron de privilegiados visionarios, no en vano supieron adaptarse, con tanta inteligencia como escasez de escrúpulos, a la coyuntura mediática. Coalición Canaria fue su elección, y desde entonces sus ventas no sólo no disminuyen un ápice, sino que mejoran ejercicio tras ejercicio, lo cual es un incentivo para ahondar en su parcialidad, ya de por sí recalcitrante. Aunque todavía no llegue a los límites casi sobrenaturales de Pepín Ramírez, el visto bueno de Jorge Coll va camino de convertirse en todo un referente de lo que es y significa hacer periodismo moderno, o periodismo editorialista, que dirían los amigos del eufemismo.

Información y opinión no se pueden distinguir a la hora de hacer radio. Así fue como trató de justificarse Jiménez Losantos ante el tribunal que le juzgaba por calumnias e injurias a Gallardón. Y yo, por una vez, estoy de acuerdo con el energúmeno radiofónico. E incluso iría más lejos: ni a la hora de hacer radio, ni a la hora de hacer periodismo en general. Al menos hoy por hoy en cualquier lugar de España.

Ante la necesidad de mejorar las ventas, el periodismo se ha visto obligado a elegir entre objetividad y tendenciosidad. Y ello al margen de los empeños naturales por parte de las fuerzas políticas. Si los clientes no toleraran la parcialidad periodística, por mucho que los partidos presionaran, compraran o manipularan, jamás existiría dicha parcialidad. Y mucho menos de forma tan evidente. Así pues, no cabe hablar tanto de bajada de pantalones ante el poder político, como de evolución natural en la relacion periodista-cliente.

La tesis que se ha impuesto, acompañada de argumentos crudamente neoliberales, es que los potenciales compradores de periódicos no quieren información objetiva. Ellos van buscando otra cosa. Van buscando noticias que reafirmen sus convicciones; narraciones y perspectivas que les hagan sentir que sus ideas son las correctas, que sus valores vitales son los adecuados.

El periodismo hizo un estudio de mercado y esto fue lo que averiguó: los ciudadanos no quieren alguien que les ofrezca realidades objetivas, lo que quieren es poder comprar una realidad hecha a medida, una realidad prefabricada que se ajuste a sus convicciones. Así es como triunfó el sectarismo y murió la esencia periodística con su grandilocuente ética, hoy reducida a preguntas de examen en facultades universitarias igual de grandilocuentes e igual de tristemente arcaicas.