Jueves, 19 de Junio de 2008

Sexualidad y sensualidad

Manuel Brito

Empecé a sospechar que la chibichanga servía para algo más que para orinar cuando, allá cuando chinijo, vi por primera vez a la muchacha del Capitán Trueno en las revistas de machanguitos de la Editorial Bruguera. Ahora leo que en el cine va a encarnar el papel de la dulce Sigrid una pibita de plástico salida de las teleseries de la caja tonta a la que los más osados llaman actriz, y que otros aún más osados tienen como la mujer más guapa de España, en la ignorancia de que nada hay menos sensual ni sexual que un rostro manufacturado y un basto busto de silicona. Te lo regalo. Para encarnar un papel tan carnal hay que tener carne, como la propia palabra indica.

Sensual y sexual es siempre la prosa de Rosa Belmonte, una abogada que ha renunciado a los hábitos y que ha terminado felizmente trocada en deliciosa columnista: “Como ni siquiera reconozco el término jueza no voy a discutir por un quítame allá esas miembras, ni sobre el presunto fin del Ministerio de Igualdad (o del Concepto, como diría Arcadi Espada), aunque estoy cada vez más convencida de que se trata de un Ministerio de Distracción. Una especie de maligno Plan B (de Bibiana) para mantenernos entretenidos mientras sube el pollo y la bilirrubina”.

Leo en el avión la entrevista que publica El Mundo con Gore Vidal, considerado como el mejor ensayista norteamericano del siglo XX. El autor más destacado de la izquierda gringa se las sabe casi todas, no sé si por pensador o por homosexual: “Los republicanos le montaron el impeachment a Clinton porque alguien le hizo una mamada, y ahora nos falta valor para destituir a Bush por violar sistemáticamente la Constitución americana. Vivimos en un país que da miedo”. Y que teme lo sexual, en efecto, aunque sea el mayor productor de porno malo del planeta. Estuve en Washington cuando los hechos y doy atónita fe de la escandalera que se montó y de la nube de periodistas llegados de todo el mundo vigilando durante días los alrededores de la Corte Suprema, como si dependiera todo el futuro de la Humanidad de un acto tan humano y en ocasiones humanitario como es la felación (palabra que el Microsoft Word no reconoce; chúpate esa). Tócate las haches de la hipocresía y la doble moral. Así se escribe la Historia, con estos renglones tan torcidos y retorcidos.

Los detalles escabrosos sólo me interesan cuando están contados con la gracia y la femenina mala uva de Rosa Belmonte (“La quiero, la quiero”, que diría Francisco Umbral): “A Boris Becker los gemidos de las tenistas le parecen sexuales e inapropiados. Vale que suenan pelín sicalípticos (pese a que el intervalo es demasiado espaciado y lleva añadido el nada coital golpe de la bola), pero aquí priman los oídos sucios del rubio tonto al que robaron el semen. Algo así como la mirada sucia de Los Serrano. Lo de que haya pedido su prohibición no deja de ser una manera de hablar. Pero si podemos pedir que se prohíban ruidos, yo me pido que se impida dormir en los aviones a los tíos que roncan. Si quisiera escuchar eso me habría casado”. Razones.