Martes, 17 de Junio de 2008

Un fenómeno extraordinario

Jorge Marsá

Aún no he visto ningún partido de la Eurocopa de fútbol. No porque no sea aficionado a este deporte, sino porque las fases de clasificación de los grandes torneos me resultan aperitivos un poco insípidos, así que me pondré a la tarea cuando llegue el momento de los platos principales. Sin embargo, tengo ya leídos unos cuantos artículos en estos días sobre las maravillas del fútbol, y los que vendrán sobre las del deporte en general cuando nos acerquemos a la olímpica cita de agosto.

A lo que parece, y parece en tantas ocasiones, las competiciones deportivas tendrían la notable virtud de promover la amistad entre los pueblos, que dicen los más cursis, o al menos la de permitirnos expresar de forma pacífica la enemistad entre los pueblos –o entre las ciudades, o entre los barrios–. En el artículo “Tregua futbolística nacional”, publicado también en este blog, el columnista del diario El País Patxo Unzueta resaltaba este benéfico efecto de la competición futbolística europea, hasta el punto de afirmar que “la utopía de una identidad europea que no ha creado el proyecto de Constitución de la UE (y mucho menos el festival de Eurovisión) podría acercarse por vía futbolística”. Y tan balsámico y extraordinario efecto vendría provocado porque “la agresividad étnica que todavía emana de los estadios es asunto de adolescentes, biológicos o de mentalidad”, es decir, asunto marginal o en proceso de convertirse en tal. Estamos de enhorabuena.

Dos días después leía el artículo de Miguel Ángel de León titulado “Opio del pueblo”. El columnista de Crónicas de Lanzarote se sorprende de que “a estas alturas del siglo XXI, algunos andan preguntándose todavía si será cierto que el fútbol entontece a las masas y embrutece al más pintado”. Estoy de acuerdo en que resulta del género bobo responsabilizar al fútbol del entontecimiento que puedan o no sufrir las masas, o Perico de los Palotes. Sin embargo, creo que alguna duda existe sobre si el fútbol en particular o la competición deportiva en general ayuda a algunos, siquiera un poco, a embrutecerse.

En realidad, la duda es si hay base cierta sobre la que apoyar criterios como el que, con la radicalidad que acostumbraba, esgrimía George Orwell: “El deporte serio nada tiene que ver con el juego limpio. Se halla estrechamente ligado al odio, la envidia, la fanfarronería, el desprecio por las reglas y el placer sádico de contemplar la violencia”.

Y para mí que hay base para afirmar lo que afirma Orwell. Y la experiencia que nos muestra la frecuencia con la que el enfrentamiento entre dos equipos de fútbol puede ir acompañado del enfrentamiento violento entre sus respectivos aficionados puede contribuir a esclarecer las ideas. Pero han sido sobre todo los psicólogos sociales, por medio de múltiples experimentos y los consiguientes estudios, los que nos han proporcionado esa base para relacionar el odio y la violencia grupal con las competiciones deportivas.

Así se entiende el asombro de Stuart Sutherland, del autor de un libro, Irracionalidad. El enemigo interior, en el que se recopilan muchos de esos experimentos de los psicólogos: “es extraordinario que muchos sigan creyendo que el deporte competitivo mejora las relaciones entre las nacionalidades o los grupos a los que pertenecen los equipos rivales. Tal vez esta falsa creencia se deba a las connotaciones de la palabra ‘juego’, que indica algo que no hay que tomarse en serio”.

En efecto, “es extraordinario”. Pero también la pasión por el fútbol es extraordinaria. Y “cegados por la pasión”, algunos no ven, o prefieren no ver, determinadas manifestaciones que acostumbran a producirse cuando esa pasión se desata.