Martes, 10 de Junio de 2008

Una universidad de tercera

Jorge Marsá

El debate sobre el emplazamiento del posible campus universitario de Lanzarote retorna a la actualidad informativa. De una forma que Clara Beltrán estimaba ayer, y con razón, cómica (“Arrecife no pasa la PAU”). Porque parece un puro chiste tanto que los partidos hayan sido incapaces de tomar una decisión después de cinco años como el cambio de postura de los socialistas, que donde entonces decían Arrecife, dicen hoy que lo que diga el PIL, esto es, Tahíche. Sin embargo, llama la atención, hoy como ayer, que nadie se plantee la posibilidad de que lo mejor fuera que ni en un sitio ni en el otro, que quizá la sociedad lanzaroteña no gane nada con esa infraestructura educativa.

Precisamente ahora se debate en el ámbito universitario sobre las consecuencias de los excesos descentralizadores de las últimas décadas. La obsesión por “lo nuestro”, que tan profundamente parece haber enraizado en la sociedad española, ha provocado que hayan surgido universidades por doquier. Se acercaba la enseñanza superior a los ciudadanos, nos decían. Hoy se cuestiona toda la colección de universidades de segunda que han brotado en el país, la calidad de la enseñanza que proporcionan, el dinero que nos han costado y el interés de mantener tan costosas instituciones.

La universidad española se ve incapaz de competir en el escenario internacional con las mejores. Pero si la calidad de la enseñanza impartida resulta cuando menos cuestionada en los centros con mayor solera y medios, qué decir en las universidades de segunda. Pues bien, en Lanzarote se apuesta otra vez por dedicar importantes fondos públicos para que nuestros jóvenes disfruten de una educación universitaria de tercera. Porque sólo de tercera podrá ser la enseñanza que aquí se imparta, porque sólo los profesores que no tengan acceso a la de primera y segunda recalarán en una institución universitaria tan marginal como la que se construya en Lanzarote. Y lo mismo ocurrirá con los alumnos: los más brillantes, y que puedan permitírselo, saldrán de la Isla en busca de una educación superior de mejor calidad. Y en busca de “contaminarse” en lugares de mayor tradición y vida cultural que esta pequeña Isla. La verdad, resultaría estúpido que renunciaran a esa “contaminación” que constituye uno de los aspectos importantes de la vida universitaria.

El caso es que sufragar los gastos de residencia y algunos viajes anuales de todos los jóvenes lanzaroteños que estudiaran fuera, en universidades de primera o de segunda, resultaría bastante más barato que costear la construcción y, sobre todo, el mantenimiento de las escuelas universitarias en Lanzarote que les ofrecieran esa educación de tercera, y un páramo por lo que respecta a las actividades culturales que debemos considerar complementarias para la formación de un universitario.

Pues sí, es estúpido. Pero suena bien eso de luchar por “lo nuestro”, de acercar la universidad a los ciudadanos. Lástima que tenga que ser a costa de “los nuestros”, de la calidad de la enseñanza universitaria que recibirán “los nuestros”, de las experiencias de las que se privará a “los nuestros”. No obstante, por supuesto que habrá beneficiados en la Isla: los políticos, los burócratas y los profesores podrán presumir de Universidad y, lo que es más importante, dispondrán de una institución y de cuantiosos fondos públicos para su servicio y el de los suyos. Todo sea por ellos. Y todo sea para ellos.