En Madrid están de Feria del Libro y, como es natural, se habla del futuro del libro. El sábado era Jorge Herralde, uno de los más celebrados editores de este país –y hay motivos–, el que daba muestra de no enterarse de lo que se le viene encima: “Se muestra optimista sobre el futuro del libro en soporte papel. ‘Gutemberg inventó un objeto perfecto que perdurará’, dice”. Y el domingo era la novelista Almudena Grandes la que repetía el mismo cuento: “Las nuevas tecnologías no afectarán a la literatura ni al libro como objeto”.
No son pocas las personas del gremio del libro que consideran que literatura y libro son prácticamente sinónimos. Y hasta se comprende que así lo piensen quienes por trabajo y afición dedican casi todo su tiempo a leer novelas. Ahora bien, no debería extrañar mucho que a estos especialistas de la ficción les cueste tanto entender lo que pasa en el mundo real, incluso aunque sea algo tan evidente como que ese “objeto perfecto” que idolatran tenga sus días contados, que es simplemente cuestión de tiempo, y de no mucho, que las empresas de informática acaben por perfeccionar el soporte electrónico que convierta en marginal el invento de Gutemberg.
No es que crea que la literatura no es en ocasiones una herramienta que ayuda a comprender la realidad que nos rodea, que a mi juicio lo es, sino que me parece obvio que mal la comprenderán aquellos que la tienen por única herramienta, aquellos que piensan que con tirar de novelas y experiencia propia andan sobrados. Siempre me ha llamado la atención que se tenga por cultas a las personas cuya cultura se limita a las letras, las artes y la música, a las que no hay conocimiento científico que les suene y que a duras penas son capaces de leer un ensayo sobre sociología, economía…
Sin embargo, los hay que no se cortan ni un poquito. Un grupo de amigos nos regalamos el sábado nuestra dosis de discusión, en la que uno de los presentes descalificaba sin sonrojarse a uno de los grandes del pensamiento del siglo XX, a Karl Popper, y ofrecía recambio que estimaba ciertamente superior: Mark Twain. No es que el decimonónico humorista estadounidense me parezca un escritor despreciable, ni mucho menos, pero francamente… sostener que el mundo político y social en el que vivimos se comprende mejor leyendo Las aventuras de Tom Sawyer que La sociedad abierta y sus enemigos…
Mayor gracia aún tenía el motivo que el amigo más destacaba: se negaba a leer a Popper, y orgulloso, porque consideraba que sus obras estaban mal escritas o mal traducidas. Esta preferencia por la forma en lugar de por el fondo de lo que se escribe no resulta infrecuente entre aquellos para los que la cultura es poco más que la literatura, pero en este caso semejaba ya excesiva: “Si me encuentro un anglicismo en un texto, dejo de leerlo inmediatamente”. No puede sorprender, por tanto, que tan extremada sensibilidad con la gramática acabe provocando una ignorancia digna de consideración en muchas materias. ¿Cuántas lecturas no se perderá el colega si no puede resistir ni un anglicismo?
Pero a mi amigo no le pasaba sólo con el mundo en general, sino también en el terreno más personal. Porque llegó un momento en el que la conversación derivó por el sendero de las relaciones entre hombres y mujeres y… vuelta a Mark Twain, y a la experiencia personal. La literatura y yo. Y el más absoluto desprecio para todo aquello que hayan podido aportar a la materia antropólogos, psicólogos y sexólogos.
En fin, que hay gente que piensa que, para comprender el mundo y a los que en él habitamos, nada como la ficción. Y nada más que la ficción.
Mira si los hay con la cabeza llena de pájaros que no pueden leer por una falta!!!
Para comprender el mundo, no, pero tal y como ésta el mundo, casi mejor la ficción para evitarse la depresión que la realidad provoca. La salud, lo primero.
Yo también pienso que el libro es un objeto perfecto que no morirá nunca, porque los que amamos los libros no lo dejaremos morir. Leer en la pantalla del ordenador es fatal.
Si se refieren a Miguel angel Deleon hoy vuelve a rajar en su reportaje de “Crónicas” contra los que usan anglicismos etc. Es un kamikace. Una vez comparó en una revista al cabildo con un puticlub, y como el presidente hizo un pleno para obligarlo a disculparse o sino se querellaban contra él, acabó pidiendo perdón, pero a las prostitutas por haber hecho esa comparación. Le da lo mismo ocho que 80.