Alfonso Encina
La televisión pasa un anuncio tan del gusto de la Dirección General de Tráfico. Es una campaña de concienciación de lo rico y beneficioso que es aprender otras culturas, otras maneras de ser, sentir y entender. Se ve a una pareja de abuelos en una parada de guaguas. A la señora le llama la atención un negro con un instrumento folclórico (de música) y empieza a hablar con él en un dialecto africano mientras la música africana suena de fondo. El anuncio concluye con una invitación a conocer al otro.
Todo muy bonito.
Conozco a muy pocas personas que no sientan curiosidad y afán de conocer otras culturas, probar otros bocados, vibrar con otras músicas, bailar otros bailes, apreciar el ingenio de otros sistemas económicos agrícolas, ganaderos o de la pesca… Creo que son muy pocas personas. Entonces no entiendo esos denodados esfuerzos por hacernos multiculturales cuando ya lo somos y todo apunta a que el buen rollito sólo acaba de empezar, Internet mediante. Se me escapa la razón que impulsa a inundar papeles y resultar tema recurrente en tertulias radiofónicas y televisivas… “Es que tienen otra cultura”, “el mestizaje es riqueza”, “todas las culturas pueden convivir” y una sarta de simplezas parecidas. ¿Vivo yo en otro mundo?
La televisión está pasando otro anuncio. En éste, figuras del fútbol mundial denuncian el racismo en los estadios de cara a la Eurocopa de junio. “No queremos más uh, uh, uh”, exclaman los hábiles delanteros y zagueros refiriéndose a la tonta imitación de un mono cuando un negro pilla el balón en la media cancha proferido por los melones del fondo sur. Le gritan al negro del Murcia, pero los muy melones deben blanquear a Diarra cuando coge la pelota en el Bernabeu porque a éste no le dicen ni mu.
Cosa parecida ocurre en cualquier cafetería mientras pasan las noticias con el cayuco en Arguineguín. Quien sirve el café procede de África, lo que no la exime de escuchar perlas muy al uso, por lo bajini: “nos están invadiendo”, “la solidaridad tiene un límite”…
No hay problema en que toquen las maracas, se cubran con el burka o recen cinco veces al día mirando al este. No, no lo hay. El problema, como con los melones del fondo sur, es que la insatisfacción crónica tiene lo que tiene. Y un problema mayor, que éste sí que es jodido, procede del manto protector que la sociedad y el gobierno inyectan a la enfermedad. “Eso se cura viajando”, garantizan comprendiendo la melonada en la incomprensión multicultural del sujeto. Un niño blanco golpea a un africano en el cole, sus padres le recriminan su acción, “es como tú, pero de otro color, tiene otras costumbres… pero es como tú… ya verás que cuando te podamos pagar un par de viajes, se te pasa seguro… venga, dale un abracito a tu mamá… te quiero”.
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