Fernando Marcet Manrique
Circula por internet la teoría de que los seres humanos hemos sido manipulados por entes alienígenas reptilianos desde tiempo inmemoriales. Es una teoría sociológicamente digna de estudio, porque afronta de lleno parte de la fenomenología inexplicable de nuestro mundo, tratando de dar respuesta, aunque sea absurdamente, a una de las preguntas más desconcertante de todos los tiempos, cual es: ¿por qué somos tan cabrones?
Y cuando digo cabrones, lo digo con la boca llena, pues expreso exactamente lo que deseo expresar, consciente de que pocos vocablos serían tan adecuados como el que he usado.
Obviamente, para que nadie se lleve a engaño, me incluyo a mí mismo en dicha catalogación. Y es que parece difícil, desde la razón, encontrar una respuesta lógica a tanto daño infligido recíprocamente, a tanta miseria tolerada institucionalmente. ¿Qué clase de ser, teniendo consciencia de ello, pondría en peligro su propia subsistencia y la de su progenie con guerras suicidas o el abuso obsesivo de los recursos disponibles? ¿Qué clase de ser intelectualmente apto sería inmune a las catástrofes y hambrunas que suceden a unos cuantos cientos de kilómetros bajo el absurdo paraguas del patriotismo? Como estas actitudes no se sostienen, no ya desde la moral sino desde la pura intelectualidad, bajo ningún punto de vista, algunos tiraron por el camino de en medio argumentando que unos seres verdes nos quitaron o nos pusieron algo en nuestros genes, causa última de que seamos como somos. Otros, antes, hablaron del pecado original. Influencias demoníacas, perversiones religiosas…, teorías no faltan, incluyendo los sesudos análisis académicos.
Como sea, tampoco se puede negar que nuestra capacidad para realizar actos extraordinariamente desprendidos o para amar sin condiciones es un hecho. Un hecho que hace todavía más incomprensible lo anteriormente mencionado. La historia de Jekyll y míster Hyde es una realidad en todos y cada uno de nosotros, sin que hayamos todavía averiguado los mecanismos exactos que llevan a unos a reprimir una faceta más que otra, o a ser selectivos a la hora de expresarlas. Algunos despliegan sin tapujos a su Hyde mientras conducen, otros cuando se enfrentan a personas de aspecto extranjero. Otros, como el llamado monstruo de Amstetten, van mucho más lejos.
Sólo hay un elemento al que agarrarnos en este aparente caos. Una norma que pocas veces tiene excepción. Hyde llama a Hyde, igual que Jekyll llama a Jekyll. Una cadena de favores, un regalo inesperado, un gesto amable, puede sacar lo mejor que llevamos dentro, del mismo modo que una sucesión de bofetadas o de insultos probablemente nos haga capaces de lo peor. Fenómenos como el nazismo nos han enseñado que somos extraordinariamente vulnerables a las circunstancias ambientales en lo que a la predominancia de nuestro Hyde se refiere.
Ese, si hay alguno, debe ser el secreto, propiciar que en nuestro entorno, Hyde nunca llame a Hyde, algo complicado en una sociedad basada en la competición y el éxito individual. Una sociedad en la que la distinción entre el ellos y el nosotros es norma fundamental. El ambiente lo es todo, el caldo de cultivo en el que nos desarrollamos nos hace ser lo que somos. Si un reptiliano, por alguna estúpida razón, hubiera querido convertirnos en esto, no habría necesitado ponernos o quitarnos genes, habría bastado con hacer como los belgas hicieron con hutus y tutsis, separarnos entre moros, de esta línea para acá, y cristianos, de acá para allá. Entre chinos, de aquí para allí, y mongoles, de acá para allá. Entre españoles, de aquí para allí, y franceses, de allá para acá. Hyde se alimenta fundamentalmente de las carencias empáticas, de nuestra incapacidad para ponernos en el lugar de los demás, y los artificios identitarios, tanto a nivel colectivo como individual (sé tú mismo y demás eslóganes norteamericanos), son genuino abono antipático.
cris
16:09 | 15 Mayo 2008 | Permalink
Montequieu decia ” La democracia debe guardarse de dos excesos: el espíritu de desigualdad, que la conduce a la aristocracia, y el espíritu de igualdad extrema, que la conduce al despotismo.”
” No me importa la desigualdad porque no soy envidioso. Me importa la pobreza.”