Viernes, 25 de Abril de 2008

Distorsiones cognitivas

Luis Arencibia Verdú

Una de las principales dificultades que se encuentran las personas deprimidas para salir del pozo es la distorsión de la realidad. Cuando las cosas van mal, es difícil asumir que no suele haber recetas mágicas ni caminos cortos, de entrada porque aceptar que las soluciones requerirán un proceso más o menos largo supone asimilar la necesidad de una organización, de cierta clasificación de prioridades, de toma de decisiones a veces complejas… justamente el tipo de cosas para las cuales alguien desganado se ve incapaz.

Lo normal para cualquiera que haya vivido una situación similar es ceder en un momento u otro a la tentación del autoengaño. El planteamiento absurdo de fondo vendría a ser “bastante jodido estoy yo como para dedicar esfuerzos al sentido común”. Y un par de formas habituales de esta pereza mental vendrían a ser la negación de las propias limitaciones y la confusión de los medios con los fines. Probablemente todos hemos intentado en alguna ocasión huir hacia delante echándonos sobre los hombros más tareas o responsabilidades de las que podíamos asumir, y también nos hemos empecinado absurdamente en algo que suponíamos nos iba a proporcionar bienestar cuando de facto lo que nos producía era aburrimiento o estrés, sin caer en la cuenta de que bastaba con probar otros medios para poder conseguir el fin perseguido. Cualquiera de nosotros podría haber sustituido a Woody Allen en aquel diván cuando un psiquiatra con cara de aburrimiento le decía aquello de “usted pretende que el mundo se adapte a su visión distorsionada de la realidad”

Haciendo una extrapolación, y asumiendo que nuestra sociedad insular está depre, no se escapa ésta de engendrar sus propias distorsiones cognitivas –que es como técnicamente se llama al asunto-. Por ejemplo, muchos se creyeron –y aún habrá quien se lo crea hoy en día- que éramos una especie de referente mundial en cuanto a sostenibilidad, cuando la realidad y sus cifras nos ponían justamente en el bando contrario. Pero bueno, a nadie le desagrada que le regalen los oídos y el término vino para quedarse, aunque fuera en forma de boutade, de floritura para ornamentar iniciativas políticas y partidas presupuestarias.

Hay una permisa fundamental del marketing: si tu producto tiene alguna ventaja real sobre la competencia, tira de la razón. Si no, tira de la emoción. Nuestras distorsiones cognitivas aportan su granito de arena a nuestra, al parecer, maltrecha economía… Y este mismo principio está presente en la competición política, para empezar porque las sociedades representadas suelen ser más emocionales que racionales, y tanto más cuanto más deteriorados estén los mecanismos existentes para que impere la razón, a saber: normas justas de cumplimiento obligatorio, selección de los mejores para asumir las diferentes responsabilidades públicas, mecanismos para la compensación de las desigualdades… Acerca del estado de este tipo de cosas en nuestra isla sobran los comentarios.

Paseando por las aceras vacías y sin vida de Tahíche, pienso que mal vamos en cuanto a salud mental colectiva al recordar el comentario de una vecina de este pueblo en contra del centro de internamiento para personas inmigradas: “no queremos gente deambulando por nuestras calles”. Sobre todo teniendo en cuenta que las puertas de esta especie de prisión estarán tan cerradas como las de los chalets que veo pasar uno tras otro junto a mí.