Arcadi Espada
[El Mundo, 23 de abril de 2008]
Mariano Rajoy no ganará las próximas elecciones generales. Eso en la improbable hipótesis de que se presente. En cuanto a Esperanza Aguirre, lo cierto es que sus posibilidades de llegar a presidir el Gobierno de España son aproximadamente las mismas que las de un nacionalista catalán. Por supuesto, los datos empíricos que sustentan estas previsiones son insuficientes y de un peso específico muy relativo si se comparan con el imponente aluvión de sucesos que pueden desencadenarse en cuatro años y que pueden trastocarlas.
Pero a ver si yo voy a ser el único hombre en España que no va a permitirse un desahogo.
Este combate entre Rajoy y Aguirre que se representa cada día en escenarios diferentes, y en especial en este periódico, tiene un patética traza de combate pírrico. Es el adiós amargo de una generación política truncada por la matanza de Madrid. Tal vez nunca podrá demostrarse; pero es una hipótesis razonable suponer que aquel atentado partió por la mitad un ciclo de dominio conservador. El destino natural de Rajoy y Aguirre no era el estar voceándose en medio de las ruinas, como dos personajes de De Chirico, sino el de compartir gobierno, claros y concisos los roles de cada uno. Sin embargo, aleteó el cisne negro.
Cualquiera que aspire a ser el futuro presidente del Gobierno por el Partido Popular tiene estos días como obligación principal desaparecer de la escena; o al menos la de instalarse, circunspecto, en el margen. Rajoy y Aguirre desprenden un fúnebre aroma a pasado que amenaza la carrera de cualquiera que se acerque. Sólo hay que ver cómo ha envejecido Soraya Sáenz de Santamaría en dos semanas. Naturalmente todo ello es injusto. Rajoy fue durante toda la chapucera legislatura del presidente Zapatero una referencia de sentido común y de sentido de Estado, que es lo mismo. Esperanza Aguirre ha contribuido decisivamente a hacer de Madrid un lugar en el mundo, e incluso ha mandado abrir las tiendas en domingo, que es la auténtica revolución de España, país de gremios. A los dos, sin embargo, les ha faltado identificar con precisión su tiempo. Les ha faltado, quién lo habría de decir de la derecha, realismo. Aún es probable que Rajoy perciba algo de todo esto y convierta su triunfo congresual en una plataforma para el cambio generacional; pero no lo presagian los jaleos que lo aclaman como candidato para el doce y para lo que venga, ni tampoco la ebriedad de victoria que le acometió como un virus en Elche. En cuanto a Aguirre es extraño que haya llevado su discrepancia con el alcalde de Madrid hasta un rojo pasión impropio de aristócratas. Corre el riesgo de que las ideas que reclama para el proyecto político popular queden en su caso reducidas a una: impedir que su ontológico enemigo llegue a nada en esta vida.
Porque la única pregunta pendiente en el desolado paisaje popular es a qué generación pertenece el actual alcalde de Madrid.
(Coda. “Los Príncipes sagaces, en la confusión de las cosas, aumentan la autoridad y ganan mayor poder”. Juan Alfonso de Lancina, Comentarios políticos.)
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