Jueves, 24 de Abril de 2008

Pensar globalmente: patriotas necesarios

Fernando Marcet Manrique

Piensa globalmente, actúa localmente. A bote pronto, este lema lo mismo podría aplicarse a un ecologista que a un banquero. Lo mismo a un político que a un misionero católico. Lo mismo a un punk antiglobalización que a un alto cargo corporativo. Si lo piensan, todos ellos tienen una buena razón para pensar globalmente, aunque sus motivaciones sean muy diferentes. Y es que en la primera parte de la frase recae todo el peso de la misma.

Actuar localmente ya lo hacemos todos. El don de la ubicuidad es infrecuente entre la especie humana, así que no nos queda mucho más remedio que ceñir nuestros actos al ámbito de influencia que buenamente podemos copar. Un ámbito que pocas veces excede el propio núcleo familiar y laboral.

Bien es cierto que las nuevas tecnologías nos permiten sobrepasar los viejos límites geográficos, pero con ello lo único que hemos conseguido es trastocar el concepto de lo “local”, trascendiendo territorios para buscar convecinos que, aunque separados por cientos o miles de kilómetros, siguen constituyendo en cierto modo “localidades” tan cerradas como las tradicionales.

Independientemente de los intereses que tengan algunos para pensar globalmente, mencionaré yo el único interés que verdaderamente nos atañe absolutamente a todos. Sin excepción. Y pido retener la palabra “interés”, pues precisamente de eso estamos hablando. De interés.

Pensar globalmente es hoy por hoy un imperativo. Un imperativo tan categórico como pueda serlo cualquier otra cosa que se les ocurra. Derechos humanos, moral universal…, lo que sea que se les pase por la cabeza, nada es tan importante para todos los que habitamos este planeta como empezar a tomar conciencia de la pequeña balsa en la que andamos subidos.

Salvar la Tierra, de eso estamos hablando. Salvar nuestra verdadera casa. Nuestra verdadera nación. La única por la que deberían sentir reverencia quienes tan necesitados están de referencias que idolatrar. ¿Quieres una patria para homenajear? ¿Necesitas un “nosotros” para abrazar? Aquí tienes tu patria, es el planeta en el que vivimos. Aquí está tu “nosotros”, compuesto por todos y cada uno de los habitantes del planeta.

Sí, nuestro planeta. No el mío porque yo sea así un poquito especial; sino el de todos, por el simple hecho de que todos nacimos, vivimos y dependemos de él. Nosotros somos ese “nosotros”. Nosotros, todos nosotros. No nosotros los lanzaroteños, ni nosotros los canarios, ni nosotros los no se qué… todos. Nosotros. Respiro hoy el aire exhalado por un habitante australiano ayer. Y mañana mi aire insuflará vida a un recién nacido en América. Esta es mi tierra, esta es mi patria. Este es mi ámbito de decisión. Esta es mi realidad singular. Y a ella rindo pleitesía, y ante ella juro, y me arrodillo, y lo que haga falta. Pero no a ninguna otra. No a un pedazo. No a un trocito que cuatro locos pretenden desgajar, como si realmente pudieran hacer tal aberración.

Nadie, jamás, conseguirá proteger un trozo del planeta, por muchas veces que se engañen llamando a ese trozo “patria”. Por mucho que finjan que el mundo no va más allá de sus cuatro fronteras mal puestas, al final la realidad les golpeará en las narices. Y tan duro será el golpe como estúpidos y ciegos fueron ellos por no preverlo.

Y no es que sobren los patriotas. Al contrario, el mundo necesita de los patriotas como en ninguna otra época antes. Necesita de ese espíritu combativo y desprendido capaz de arriesgar incluso la propia vida en aras de una causa que sobrepase al propio individuo. Sí, necesitamos a los patriotas. Pero patriotas que defiendan la única patria que vale la pena defender. La única que no necesita memoria histórica, porque la historia y ella son la misma cosa. La única que no necesita de fronteras artificiales, porque el cielo es rotunda aduana. La única que no se preocupa de identidades ni de idiosincrasias, porque todo lo habido y por haber nació desde ella. La única que no quiere oír hablar de rancias tradiciones, porque su tradición, la fundamental, consiste nada más y nada menos que en dar vida. Una tradición que nosotros estamos poniendo en peligro y que por primera desde que existimos tendremos que demostrar si merecemos.

Hoy, como nunca, nos interesa pensar globalmente. Nos interesa vislumbrar el planeta como ese pedazo de tierra que nos da vida y necesitamos, aunque ello demande esfuerzos que muy pocos estamos dispuestos a hacer. Esta guerra, como todas las guerras, exige sacrificios. El enemigo somos nosotros mismos, pero eso no la convierte en irreal. Más al contrario, si alguna vez hubo una contienda que valió la pena librar, es ésta. De ella saldremos más fuertes y unidos que nunca. O, simplemente, no saldremos.