Fernando Marcet Manrique
Piensa globalmente, actúa localmente. A bote pronto, este lema lo mismo podría aplicarse a un ecologista que a un banquero. Lo mismo a un político que a un misionero católico. Lo mismo a un punk antiglobalización que a un alto cargo corporativo. Si lo piensan, todos ellos tienen una buena razón para pensar globalmente, aunque sus motivaciones sean muy diferentes. Y es que en la primera parte de la frase recae todo el peso de la misma.
Actuar localmente ya lo hacemos todos. El don de la ubicuidad es infrecuente entre la especie humana, así que no nos queda mucho más remedio que ceñir nuestros actos al ámbito de influencia que buenamente podemos copar. Un ámbito que pocas veces excede el propio núcleo familiar y laboral.
Bien es cierto que las nuevas tecnologías nos permiten sobrepasar los viejos límites geográficos, pero con ello lo único que hemos conseguido es trastocar el concepto de lo “local”, trascendiendo territorios para buscar convecinos que, aunque separados por cientos o miles de kilómetros, siguen constituyendo en cierto modo “localidades” tan cerradas como las tradicionales.
Independientemente de los intereses que tengan algunos para pensar globalmente, mencionaré yo el único interés que verdaderamente nos atañe absolutamente a todos. Sin excepción. Y pido retener la palabra “interés”, pues precisamente de eso estamos hablando. De interés.
Pensar globalmente es hoy por hoy un imperativo. Un imperativo tan categórico como pueda serlo cualquier otra cosa que se les ocurra. Derechos humanos, moral universal…, lo que sea que se les pase por la cabeza, nada es tan importante para todos los que habitamos este planeta como empezar a tomar conciencia de la pequeña balsa en la que andamos subidos.
Salvar la Tierra, de eso estamos hablando. Salvar nuestra verdadera casa. Nuestra verdadera nación. La única por la que deberían sentir reverencia quienes tan necesitados están de referencias que idolatrar. ¿Quieres una patria para homenajear? ¿Necesitas un “nosotros” para abrazar? Aquí tienes tu patria, es el planeta en el que vivimos. Aquí está tu “nosotros”, compuesto por todos y cada uno de los habitantes del planeta.
Sí, nuestro planeta. No el mío porque yo sea así un poquito especial; sino el de todos, por el simple hecho de que todos nacimos, vivimos y dependemos de él. Nosotros somos ese “nosotros”. Nosotros, todos nosotros. No nosotros los lanzaroteños, ni nosotros los canarios, ni nosotros los no se qué… todos. Nosotros. Respiro hoy el aire exhalado por un habitante australiano ayer. Y mañana mi aire insuflará vida a un recién nacido en América. Esta es mi tierra, esta es mi patria. Este es mi ámbito de decisión. Esta es mi realidad singular. Y a ella rindo pleitesía, y ante ella juro, y me arrodillo, y lo que haga falta. Pero no a ninguna otra. No a un pedazo. No a un trocito que cuatro locos pretenden desgajar, como si realmente pudieran hacer tal aberración.
Nadie, jamás, conseguirá proteger un trozo del planeta, por muchas veces que se engañen llamando a ese trozo “patria”. Por mucho que finjan que el mundo no va más allá de sus cuatro fronteras mal puestas, al final la realidad les golpeará en las narices. Y tan duro será el golpe como estúpidos y ciegos fueron ellos por no preverlo.
Y no es que sobren los patriotas. Al contrario, el mundo necesita de los patriotas como en ninguna otra época antes. Necesita de ese espíritu combativo y desprendido capaz de arriesgar incluso la propia vida en aras de una causa que sobrepase al propio individuo. Sí, necesitamos a los patriotas. Pero patriotas que defiendan la única patria que vale la pena defender. La única que no necesita memoria histórica, porque la historia y ella son la misma cosa. La única que no necesita de fronteras artificiales, porque el cielo es rotunda aduana. La única que no se preocupa de identidades ni de idiosincrasias, porque todo lo habido y por haber nació desde ella. La única que no quiere oír hablar de rancias tradiciones, porque su tradición, la fundamental, consiste nada más y nada menos que en dar vida. Una tradición que nosotros estamos poniendo en peligro y que por primera desde que existimos tendremos que demostrar si merecemos.
Hoy, como nunca, nos interesa pensar globalmente. Nos interesa vislumbrar el planeta como ese pedazo de tierra que nos da vida y necesitamos, aunque ello demande esfuerzos que muy pocos estamos dispuestos a hacer. Esta guerra, como todas las guerras, exige sacrificios. El enemigo somos nosotros mismos, pero eso no la convierte en irreal. Más al contrario, si alguna vez hubo una contienda que valió la pena librar, es ésta. De ella saldremos más fuertes y unidos que nunca. O, simplemente, no saldremos.
Fernando Marcet
11:10 | 17 Julio 2008 | Permalink
Hay que gobernar la globalización
NICOLÁS SARTORIUS 17/07/2008 (El País)
Cuando los retos y los problemas son globales y los instrumentos para resolverlos son, en esencia, nacionales, su solución es inviable. Si añadimos que mientras las grandes finanzas y multinacionales operan en mercados mundiales, los poderes políticos lo hacen en sus respectivas soberanías, el gobierno del interés general está en precario y, en ocasiones, como la actual, se alcanzan situaciones de desorden. Lo estamos viendo con la crisis financiera ocasionada por las primas basura de Estados Unidos; con la subida espectacular de los precios de los alimentos provocada por múltiples factores, entre ellos, la especulación; los efectos de un cambio climático que nadie es capaz de afrontar en coordinación; la crisis de la energía que golpea al conjunto del sistema, o unos flujos migratorios, cuyo origen radica en las brutales diferencias de desarrollo, y ante los que hace frente cada país como puede, en ocasiones, chocando con los derechos humanos.
Sería ingenuo pretender que pudiésemos contar con un “gobierno mundial” democrático. Ni la ONU, el FMI, el Banco Mundial ni la OMC cumplen ese papel, aunque intenten intervenir, a veces de forma equivocada, para paliar los efectos de la carencia de normas con alcance global. Lo que sí sería factible es ir creando grandes áreas de gobernanza democrática, con libertad comercial y cohesión social, que vayan ganando terreno a la selva en que se ha convertido el mundo económico internacional. Parece que se nos ha olvidado que hubo una época en que, a nivel del Estado nación, imperaba el “dejar hacer, dejar pasar, pues el mundo caminaba por sí mismo”, y ello condujo a conflictos sociales internos y guerras externas. Se comprendió que era necesaria una cierta dosis de intervención de los poderes públicos para corregir los graves desbarajustes que producía el mercado dejado a su libérrima inclinación. Ese fue el gran pacto social y político de la posguerra europea.
En efecto, una parte de Europa comprendió que era necesario unirse no sólo para ser relevante en un mundo interdependiente o evitar los desastres de las guerras, sino porque la única manera de gobernar la globalización es por medio de amplias integraciones en base a instituciones democráticas, libertad de factores de producción y cohesión social. Un ejemplo de cómo se puede abordar la gran cuestión de la gobernanza de la globalización en un espacio determinado que comprende ya a 500 millones de personas. Un gobierno todavía incompleto, pues le falta rematar aspectos políticos, pero que supone un éxito sin precedentes.
Ahora bien, la existencia de la Unión Europea no resuelve los problemas de la administración de lo global. Como resulta una peligrosa quimera creer que una superpotencia -Estados Unidos- podía poner orden en este convulso mundo. A lo que ha conducido esta pretensión es a que Estados Unidos se haya transformado de una parte esencial de la solución en una parte del problema general. Hemos asistido, así, al fracaso de la arrogancia de resolver los problemas por vía unilateral, si bien no hemos podido levantar un eficaz sistema multilateral. La conclusión es que la sociedad de la globalización está sin gobierno y, en consecuencia, todo desarreglo, disfunción, especulación, trapacería o violencia puede encontrar su asiento sin mayor impedimento.
Decíamos antes que pretender hoy un gobierno mundial es utópico. Crear espacios concéntricos de gobernanza ordenada que se puedan coordinar para establecer reglas comunes no lo es. La UE tiene, prima facie, una proyección y dos fronteras. La gran proyección de Europa han sido las Américas, la del Norte y la del Sur. Los europeos nos hemos prolongado en el continente americano y se ha creado un área de lenguas, de cultura, de sistemas políticos y valores, en lo esencial, comunes. Sin embargo, la situación económica y social de una de las Américas se ha quedado atrasada. Debería ser del interés de la UE y de Estados Unidos contribuir a corregir esta grave disfunción, en beneficio de los ciudadanos latinoamericanos y de nuestros intereses estratégicos. El método que ha resultado eficaz es conocido. Junto a los acuerdos de libre comercio, son imprescindibles instrumentos de cohesión social como los fondos de convergencia, para facilitar infraestructuras físicas y educativas que permitan un crecimiento sostenido. Únicamente con tratados comerciales bilaterales o colectivos, siempre desiguales, no se garantiza el crecimiento a largo plazo. El problema es que en América Latina no existen los países “contribuyentes netos” que sí existían en Europa y, en consecuencia, la UE, junto con otros actores relevantes, podría convertirse en ese factor exógeno capaz de trasvasar fondos que permitan a esas economías ir convergiendo con las más avanzadas. En el caso de Europa, fue una magnífica operación tanto para los contribuyentes como para los receptores; de lo contrario, pagaremos el precio de la “no cohesión”.
España, junto con la UE, debería privilegiar un gran proyecto hacia el continente americano que podría dar, como resultado, la creación de un área euroamericana de democracia, apertura comercial y cohesión social con gran peso en la gobernanza global. Un nuevo consenso entre las dos orillas del Atlántico, basado en intereses y valores comunes que equilibrase el actual deslizamiento del eje de la hegemonía hacia el Pacífico. Un buen momento para lanzar una iniciativa potente sería la presidencia española de la UE. No es, desde luego, fácil, como no lo fue en Europa. Es una cuestión de clarividencia, de voluntad política y de liderazgo.
Pero también tenemos dos fronteras, en el Este y en el Sur. La UE, encabezada por Alemania, ha abordado los problemas del este europeo por medio de la última ampliación y los fondos que empiezan a fluir hacia esos países. En el Sur tenemos el Mediterráneo, y detrás, África. En el Mare Nostrum está en marcha el nuevo impulso al proceso de Barcelona -Unión para el Mediterráneo-, a iniciativa del presidente francés, con la legítima intención de liderar el proceso. El reto es ambicioso y los obstáculos todavía grandes: infraestructuras, medio ambiente, energía, seguridad, etcétera. Los obstáculos: conflicto palestino-israelí, Irak, el Sáhara, la integración de Turquía, Líbano, Siria, etcétera. Todos los grandes problemas europeos tienen aquí su proyección, y Francia ha visto, con razón, que convendría hacer en el Mediterráneo una operación similar a la del Este en otras condiciones. A España le interesa este proceso y debería apostar fuerte, sin olvidar el África subsahariana, que exigiría otro tratamiento.
El fracaso de la última cumbre de la FAO en Roma debería abrirnos los ojos. No se acaba con la destrucción de seres humanos -hambre- y de la naturaleza con conferencias y donaciones. Y menos aún con defensivas “alianza de democracias” que conducirían a nuevos bloques. Hay que aceptar un comercio justo en ambas direcciones; asumir que es necesario trasvasar abundantes fondos de convergencia para el bienestar global y dejar de apoyar a autocracias -con petróleo o sin él-, porque son aliados en no se sabe qué guerra. De lo contrario, me temo que, ante las crecientes migraciones, acabaremos violando los derechos humanos. No es la primera vez en la historia que se puede ser una democracia “hacia dentro” y una dictadura “hacia fuera”.