Lunes, 31 de Marzo de 2008

Razones para el pesimismo

Alfonso González Jerez

[Diario de Avisos, 30 de marzo de 2008]

Nadie esperaba nada distinto a lo visto y escuchado esta semana en el Parlamento de Canarias. Y sin embargo el pleno sobre el estado de la nacionalidad (una expresión particularmente estúpida y campanuda) ha nutrido las razones para un profundo pesimismo sobre la salud democrática de las instituciones canarias, la dinámica política en el Archipiélago y la gestión de los asuntos públicos. Al menos es lo que le ha ocurrido a un servidor.

Las fuerzas políticas parlamentarias han despreciado sin ambages la obligación del debate político. La imprescindible neutralidad de la Mesa de la Cámara ha quedado claramente malherida. El Gobierno confunde objetivos, métodos y estrategias y denota una galopante incapacidad para encarnar un proyecto político mínimamente convincente. La oposición ha renunciado a presentar alternativas porque cree bastarle con un incendio mesiánico de descalificaciones, desprecios e insultos. Las condiciones que han llevado a la actual situación de degradación parlamentaria y por ende política, de la cual son responsables los tres principales partidos del Archipiélago, podrían sintetizarse en cuatro factores estructurales:

1. La prolongación en el poder de Coalición Canaria, facilitada por la normativa electoral aprobada en 1996 con la abstención (no el voto en contra) del PSC-PSOE. Son quince años ininterrumpidos en el control de la administración autonómica, pero para los más olvidadizos cabe recordar que varias de las fuerzas fundadoras de CC, las de la provincia occidental (ATI, API, la Agrupación Herreña de Independientes), forman parte del Ejecutivo regional desde 1987. Como Coalición Canaria se ha construido como organización política desde y para el poder, sus crisis y querellas internas han impregnado la imagen de los sucesivos gobiernos de los nacionalistas canarios. La ruptura de Román Rodríguez y los suyos, con una Nueva Canarias satelizada por el PSC, y la presencia casi testimonial en Lanzarote, desvirtúan la dimensión regional de Coalición y acentúan su perfil de proyecto comandado desde Tenerife. El fantasma del pleito insular, irresponsablemente espoleado por algunos sectores y dirigentes del PSC de Gran Canaria, vuelve a posarse tenebrosamente sobre la política de las islas.

2. La decisión de la cúpula de CC (plenamente legítima) de elegir como socio de Gobierno al Partido Popular, pese al rotundo éxito electoral del PSC el pasado mayo y, especialmente, contradiciendo la supuesta doctrina coalicionera de pactar en Canarias con la fuerza política que gobierne en España. Se trata de una decisión de carácter estratégico y básicamente dictada por el objetivo de conservar la Presidencia del Gobierno y una participación mayoritaria en el Ejecutivo, pero de la que no está ausente ni un antisocialismo tenaz- el aventado durante años por Paulino Rivero - ni la utilización de la relación con el Gobierno español como espacio para una confrontación que a veces no carece de una cabal justificación, pero a la que se ha recurrido, en los meses previos a las elecciones generales, para muscular el discurso nacionalista y potenciar la desvaída imagen del Ejecutivo. Los resultados están a la vista.

3. La candidatura presidencial de Juan Fernando López Aguilar, ex ministro de Justicia, y su ascenso a la secretaría general del PSC-PSOE. Por primera vez a los socialistas canarios se les imponía desde Ferraz el candidato a la Presidencia del Gobierno autonómico. Desde un notable desconocimiento del partido (que no se ha preocupado de subsanar) y de la política regional (que tiende a ver como una anomalía teratológica respecto a la Península) Juan Fernando López Aguilar, un doctrinario químicamente puro, se impuso la misión imposible de alcanzar la mayoría absoluta y no lo consiguió. Ha transformado su supino desprecio a CC en un estilo político mimetizado, convencida o resignadamente, por los dirigentes del PSC, y después de ver su triunfo electoral sin materialización política, ha insistido en la crítica jupiterina como estrategia única, frontal e invariable. Lo suyo es armar y sostener una Gran Causa General contra Coalición Canaria y su apéndice, el PP, o viceversa, según convenga. El líder socialista no quiere tanto ganar como haber ganado. Los que insisten en que López Aguilar no se ha preocupado en presentar alternativas -centrándose en demonizar al Gobierno de Rivero y su sostén parlamentario- no comprenden que sus anhelos no están en la política regional, sino en el regreso veloz a la Villa y Corte, como ha demostrado en apenas ocho meses y una escasísima labor parlamentaria. Por eso mismo, igualmente, López Aguilar no quiere comprender que la mayoría absoluta es imposible en Canarias pero, además, es indeseable, incluso para el mismo PSC, que con 31 diputados recibiría todas las hostias imaginables desde fuera y desde dentro de la Cámara. López Aguilar representa, para el PSC, la renuncia al realismo político, con sus crueles exigencias de acuerdos, pactos y urgentes reformas internas, y su sustitución por una fantasía, pretendidamente moralista y regeneradora, que solo es útil como columna de mármol para que el secretario general del PSC siga peroratando. Si es desde un Ministerio, mejor.

4. La ausencia en la Cámara de partidos minoritarios (otra consecuencia del feroz régimen electoral) que dinamizan la vida parlamentaria, estimulan acuerdos o disidencias, matizan posiciones de los grandes grupos y sirven de nodos de comunicación entre propuestas y posiciones distintas y distantes.

El Parlamento y la política regional en general sufren, por lo tanto, de una situación de bloqueo que amenaza con enquistarse indefinidamente, mientras las organizaciones empresariales manifiestan escaso entusiasmo por las medidas y proyectos económicos del Ejecutivo, los sindicatos se manifiestan desoídos y descangallados y Gobierno y oposición son incapaces de encontrar consensos para situar y debatir en la agenda política la mayoría de los asuntos realmente decisivos: las relaciones con la Unión Europea -ignorada palmariamente en el debate de esta semana-, la reforma del sistema de financiación autonómica -Rivero y López Aguilar se limitaron a señalar que el otro no sabía ni entendía nada al respecto-, el futuro de la educación pública, la formación profesional y las universidades canarias, el destino de la ley de directrices de ordenación y la moratoria turística, los cambios normativos y reglamentarios para dificultar la corrupción política, los transportes y el suministro energético del Archipiélago, el devenir de la frustrada reforma del Estatuto. El descrédito del Parlamento y de los partidos políticos (más allá de las filias y fobias de sus respectivas hinchadas) es cada vez más intenso y quizás irrecuperable. El sistema democrático chirría en una sociedad civil progresivamente más insatisfecha, despectiva y dimisionaria. Yo me he hartado de políticos sin gracia y de políticos graciosos, de santones iracundos y de malos cínicos que creen que jamás se agotará la sopaboba, de políticos que solo saben pegar y de políticos que se pegan a la gente. Deja de pegar de una vez para lucir musculito. Y tú no te me pegues tanto, que me asfixias.

La iniciativa para desatascar esta situación tabernaria y maloliente debería corresponder al presidente del Gobierno en un doble sentido: reactivar o recuperar el diálogo con el Gobierno central, imprescindible para los intereses generales de este país, y ofrecer un principio de diálogo para el debate de una agenda política a la oposición socialista, explorando acuerdos de mínimos para los proyectos políticos y legislativos de los próximos tres años. Todo menos seguir sufriendo este insoportable simulacro de debate político que en la semana que termina ha tenido su exhibición más burda, mezquina y estúpida, este paripé inconsecuente e irresponsable, esta intolerable cacofonía de berridos, chulerías, insultos, pedanterías mesiánicas y exaltaciones del refranero del pueblo engalanado de farolillos pringosos. Si no es así, Canarias estará inventando su particular vía -tampoco tan original ni tan nuestra- para la desaparición de la política como empresa participativa y deliberativa de transformación social. Quedará la gestión de lo público decisivamente mediatizada por los intereses particularistas de los más fuertes y el Parlamento como parque temático de opciones e ideologías meramente virtuales.

(Coda: “El pesimismo es hoy un deber civil”, Norberto Bobbio, Autobiografía).