Lunes, 31 de Marzo de 2008

Paisaje constructivo

Gara Arredondo

Una nube quiebra la montaña, mientras el silencio donde laten las entrañas de las cosas se ha apoderado del grupo. Me acaba de bajar por la garganta un poco de trascendencia al contemplar este atardecer. ¿Por qué nos encontramos tan a gusto en la naturaleza?-se preguntaba Nietzsche. Y respondía: porque la naturaleza no tiene opinión acerca de nosotros. En esta despreocupación he logrado centrar un pensamiento: ¿puede ser el paisaje pedagógico?, ¿qué he aprendido de las encrestadas rocas volcánicas y los polvorientos colores de las montañas?

Ahora sólo se me ocurre una palabra: quietud. El paisaje de esta isla me ha obligado en muchas ocasiones a guardar el reloj en el bolsillo y a serenarme.

No estoy de acuerdo con algunas voces que dicen que la hosquedad de la ciudad crea ciudadanos díscolos, incapaces de vibrar con lo que les rodea, absorbidos por el paso marcial de la masa, miopes ante los contrastes urbanos. Pero sí creo que podría ser cierto eso de dime el paisaje que te rodea y te diré quién eres. En este sentido, creo que el paisaje de Lanzarote me ha higienizado. Al menos, en mi actúa como una navaja de afeitar vicios. Me ha desprovisto de toda rigidez y me ha hecho más flexible.

Ahora que lo analizo creo sinceramente que el paisaje de Lanzarote es la virtud de este pueblo (“Tú eres mi mejor yo”, sería el eslogan turístico).

Sigo hipnotizada por la caída del sol con el deseo de que se congele el tiempo. Un ansia infinita de permanencia me invade. El grupo de excursionistas se dispersa… y la magia se pierde por el horizonte.