Lunes, 31 de Marzo de 2008

La degradación de la política (I)

Jorge Marsá

En el artículo publicado aquí hace un rato, habla Alfonso González Jerez de degradación política en Canarias. Es la conclusión, y creo que acertada, que extrae el periodista del debate de la pasada semana en el Parlamento. Y para mí que es la misma que puede y debe sacarse de otro debate: el que ha tenido lugar en Lanzarote a cuenta de la información del diario El País sobre la corrupción urbanística insular.

El nivel de la discusión ha resultado en verdad penoso; pero desgraciadamente, revelador. Grima da ver a un partido político, al PSOE, sosteniendo que la publicación en el principal periódico de este país de la equiparación entre Lanzarote y Marbella en nada daña la imagen turística de la Isla y que, incluso, puede resultar beneficiosa. Algo serio pasa en una organización cuando piensan que se puede soltar a la opinión pública semejante estupidez y, encima, hacerlo como si ellos no tuviera ninguna responsabilidad en lo ocurrido. Fenómeno tan preocupante, aunque no tan indecente, como el hecho de que algunos, que jamás mostraron escándalo por el asalto a la legalidad urbanística vigente –CC, PIL, PNL, PP, Aetur, Asolan y la Cámara de Comercio–, exhiban ahora con descaro su indignación ante la ciudadanía por la publicación de una información que saben absolutamente cierta.

Y sí, lo que ocurre es que la degradación de esas organizaciones humanas parece haber tocado fondo… por ser optimistas. O parafraseando a González Jerez, que quizá esté ya Lanzarote “inventando su particular vía –tampoco tan original ni tan nuestra– para la desaparición de la política como empresa participativa y deliberativa de transformación social”. Aunque creo que también esta posibilidad peca de optimismo si a nuestra Isla se refiere.

Se ha insistido en estos días en que Lanzarote no es Marbella. No obstante, se echa de menos que no se haya ido un poco más allá, que nadie haya tenido a bien explicar cuáles son las diferencias de fondo que distinguen a personajes como Jesús Gil, José Antonio Roca o Julián Muñoz de los que en la Isla tiene cualquiera en la mente: Dimas Martín, Honorio García Bravo, Juan Pedro Hernández, José Francisco Reyes… ¿Qué no todos los de aquí han entrado aún en la cárcel?

También a mí me parece que hay alguna diferencia entre Marbella y Lanzarote… pero es de grado. No descarto que las penas de prisión tuvieran que ser mayores para los de allí que para los de aquí, o que las cantidades de dinero que corrieron por allí superen a las de aquí; no lo descarto porque no lo sé. No obstante, existe una diferencia que sí me resulta obvia: el hecho de que el foco de los medios de comunicación se situara en Marbella obligó al poder político, al autonómico y al central, y al aparato policial y judicial a dejar de mirar hacia otro lado ante semejante escándalo. En Lanzarote, no había tal escándalo, hasta que el foco… Ahora, que escandalizados sobran, sólo falta que el Gobierno de Canarias deje de ser cómplice, que el Gobierno de España ponga los medios para que la policía pueda hacer su trabajo y los jueces puedan darse por enterados y que la Fiscalía deje de hacer como si no tuviera nada que hacer –aunque a veces se contentaría uno con que se limitara a hacer eso–. Con el poder político insular nadie cuenta para hacer limpieza, con ninguno de los dos sectores: ni con el que se distingue por su implicación, ni con el que lo hace por su incapacidad.

Ahora bien, si al fondo de la cuestión nos referimos, entonces cuesta encontrar la diferencia entre Marbella y Lanzarote. Porque ambos lugares se caracterizan por la corrupción urbanística generalizada que ha provocado la estrecha imbricación, legal e ilegal, entre el poder político y un grupo de empresarios dedicados a la promoción y construcción de hoteles o viviendas.

Desconozco el detalle de la trama marbellí, pero en Lanzarote, salvo a algún fiscal y poco más, a nadie se le esconde que trama corrupta hay, que experiencia tienen, porque llevan actuando desde hace años con casi total impunidad (apenas un par de leves condenas… que muchos cumplirían encantados a cambio del beneficio obtenido), que los nombres de los protagonistas son tan conocidos como los de sus yates o el de su abogado, y que, en efecto, están indignados. Es de esperar que tengan motivo. Es de esperar que acabe por llegar a la Isla el Estado de derecho… y limpie su dañada imagen.